Andrómeda-Los Seres Celestiales

Capítulo 27

 

Garsemeo se hallaba dentro de lo que alguna vez fue el templo de Dios. Miraba con ira en donde anteriormente se encontraba “Él Espíritu del Hijo”. Su pulso se aceleraba igual que su respiración. La ira y el odio que llevaba dentro le causaba una gran crisis de ansiedad que le deban ganas de matar a todo su ejército.

Detrás de él, un grupo de ángeles ingresó por el portón provocando un fuerte eco que rebotaba en las paredes. Garsemeo seguía con la mirada al frente sin hacer caso a los recién llegados. Apretó los puños con fuerza, al tanto que sus venas sobresalían de sus brazos.

—¿La encontraron?—preguntó Garsemeo.

Los dos ángeles intercambiaron miradas, esperando cada uno que el otro conteste. Al final, el ángel más delgado fue el que optó por hablar:

—No. Ha desaparecido.

—¡PUTA MADRE!—gritó Garsemeo—¿ESTÁN SEGUROS DE QUÉ FUE ELLA QUIÉN SE LLEVÓ LOS ESPÍRITUS Y NO LA PERRA DE SAREYA?

Los dos ángeles se sobresaltaron con tremendo grito. Él ángel más robusto sabía que le tocaba el turno de hablar:

—Si maestro. Varios fueron testigos de que ella cogió la caja. Nadie hizo nada porque pensábamos que estaba de nuestro lado y lo estaba guardando para nosotros.

—¡Pues han sido unos idiotas!—gritó por fin volteando hacia ellos—. Y eso me incumbe a mí también. Debí suponerlo, esa maldita zorra nunca estuvo de nuestro lado. Su plan siempre fue traicionarnos.

Los dos ángeles no tenían ni idea de que decir o como consolarlo. Sabían que cualquier intento sería en vano. Solo les quedó una cosa por preguntar.

—¿Y qué vamos a hacer Maestro?—dijo él más delgado.

Garsemeo se rascó su alborotada cabellera canosa, al tanto que se mordía el labio de la ansioso que estaba. Todo se hallaba de cabeza. Su plan de crear un nuevo mundo fue interrumpido. Sin embargo, Garsemeo era un demonio muy terco, tanto así que cuando se le venía un plan en la cabeza no paraba hasta conseguirlo, a pesar de que parezca imposible de ejecutar.

Garsemeo se acercó a los dos ángeles y les dijo con un tono autoritario:

—Nuestra misión sigue en pie, pero vamos a cambiar de rumbo.

Acto seguido, manifestó una leve sonrisa burlona.

                                                                           …

Sarahí yacía sentada sobre una gran roca en medio de la nada. No había árboles, solo tierra reseca en cada parte de la zona. Sarahí apretaba con fuerza la caja de los cristales incrustados, en donde los tres espíritus permanecían encerrados. Los ojos de Sarahí se humedecieron mientras contemplaba aquel objeto. Las lágrimas se deslizaban por su piel hasta mojar los pequeños cristales, lo cual, causaba que sus brillos aumentaran y sean más visibles a larga distancia.

—Lo siento—dijo Sarahí, con la mirada perdida.

 

 

 




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