Anécdotas de... ¿amor?

UNOS OJOS BAJO EL ARBOL

La tarde era clara y calurosa, eran las cuatro y diez de un día de primavera cualquiera. Tras salir de la oficina después de más de un año sin laborar y de haber caminado por diez minutos, un colorido árbol atrajo mi atención. Era una enorme  jacaranda teñida completamente de tonos lilas y morados mismos que tapizaban el suelo en los alrededores de su tronco. A espaldas del árbol se podía apreciar como el sol mientras caía por el horizonte bañaba con sus últimos rayos ambarinos la parte baja de su copa formando un paisaje plagado de tonos lilas y dorados.

Estaba tan embelesado observando aquel regalo de la naturaleza que no me había percatado de la presencia de una mujer que se encontraba bajo la copa de ese árbol cubriendose de los últimos rayos de sol. Parecía impaciente ya que continuamente sacaba un teléfono celular de su bolso, como esperando un mensaje o una llamada mientras daba algunas vueltas sin moverse del lugar donde se encontraba. La observe detenidamente y pude notar su cabello castaño claro y rizado que caía sobre su espalda y llegaba hasta su cintura, una piel blanca en un cuerpo delgado cubierto por una blusa lila, una falda blanca y unas zapatillas del mismo color. Era lógico no haber notado su presencia, su figura delgada y su ropa del mismo tono que el de las flores que tapizaban el suelo en donde ella se encontraba hacían un camuflaje perfecto, de no ser por el rojo intenso de la funda de su teléfono celular tal vez me hubiera perdido la oportunidad de apreciar sus hermosos ojos color miel, ojos que tenían una belleza tan grande que podían apreciarse desde el otro lado de la calle.

Así transcurrieron los días, y en cada uno de ellos pude observarla siempre en el mismo lugar y a la misma hora, eso me permitió notar que su sonrisa también era hermosa y que no había un solo día que no estuviera al pendiente de su teléfono celular, la mayor parte del tiempo estaba atendiendo alguna llamada y solo colgaba para abordar el autobús.

Así pasó casi un mes y esas llamadas se volvían cada día más cortas, y el rostro dulce que ella poseía se tornó serio y frio.

Uno de tantos viernes salí una hora tarde de la oficina debido a trabajo que tenía atrasado. Recorrí el camino de siempre con plena consciencia de que no la vería. Regularmente los viernes se le podía notar más arreglada y permanecía más tiempo bajo el árbol ya que no abordaba el autobús, esperaba a que un auto deportivo negro pasara por ella. Pero me sorprendió verla ahí, no tan arreglada como otros viernes, la observe detenidamente, tenía un pañuelo en la mano y continuamente lo llevaba hasta su rostro. Estaba llorando.

Estaba pensando en que tan prudente seria acercarme y preguntarle si necesitaba ayuda cuando de pronto vi cómo se desplomó de rodillas hasta el suelo envuelta en llanto. Instintivamente cruce la calle casi corriendo y al llegar a ella le ofrecí mi mano para levantarse. Tomo mi mano, se levantó y rápidamente me abrazó sin dejar de llorar. El autobús pasó, ella lo abordó y se fue del lugar sin decirme una palabra.

Llego el lunes, la vería de nuevo pero ya nada sería igual, sentía vergüenza e incomodidad, ya no podría contemplarla en la distancia. Y así pasaron semanas, yo caminaba frente a ella ignorándola, mientras ella pretendía no mirarme. Aunque confieso que antes de llegar frente a ella, y estando a una distancia prudente me detenía a contemplarla por unos segundos, eso me permitió notar un aumento de volumen en sus pómulos, mismos que acentuaban su belleza.

Llegó el invierno, la jacaranda perdió sus flores y aquella mujer se veía tan distinta. Su ropa era holgada y en colores fríos y su semblante parecía demacrado. Me detuve a contemplarla y observe como corrió tras el árbol y después de unos segundos regresó con un pañuelo en la mano que limpiaba sus labios. Me miró justo al mismo tiempo que yo la miraba a ella, y en ese choque de miradas agito su mano en señal de saludo, cruzo la calle y llego hasta mí.

—  ¡Hola!, ha pasado mucho tiempo y no he tenido el valor de agradecerte por aquel abrazo. Realmente lo necesitaba. —   Dijo apenada.

 

Quise decirle que no se preocupara, que no tenía por qué agradecerme, pero antes de que pudiera pronunciar palabra alguna su pregunta me dejo aún más mudo.

 

—  ¿Me acompañarías por un café?, Yo invito. —

 

Asentí con la cabeza y caminamos hasta una cafetería que estaba muy cerca de ahí. Nos sentamos en una de las mesas que daban hacia la calle. Un mesero nos llevó la carta e instantes después regreso a tomarnos la orden.

 

—   Para mí un café turco, ¿y para ti? Por cierto, me llamo Alejandro, mucho gusto. —

 

—  ¡Un latte por favor!, yo me llamo Nancy, el gusto es mío.— 




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