El primer día de clases de primer grado no es un inicio de ciclo lectivo; es un bautismo de fuego. Corría el año 1997, y en las aulas de la Escuela N° 17, allá por Garzón y Lacarra, el ambiente olía a guardapolvo nuevo, plasticola y a pánico infantil. Yo estaba ahí, firme en el frente de batalla, tratando de convencer a treinta criaturitas de que la escuela era un lugar seguro y no un centro de detención.
Todo marchaba relativamente bien hasta que el destino —y la vejiga de la pequeña Pamela— decidieron jugar sus cartas.
A mitad de la jornada escolar, Pamela se congeló. Una marea silenciosa comenzó a expandirse bajo su pupitre. Sí, primer día y ya teníamos el primer "accidente" oficial del año. Por suerte, los dioses de la docencia habían provisto a la escuela de ese santo grial pedagógico llamado "El Roperito de Emergencia", un baúl lleno de ropa donada de temporadas pasadas que salvaba vidas.
Hurgué en el roperito como quien busca un tesoro. El shortcito celeste original de Pamela estaba para el desguace, así que lo cambiamos por la única prenda disponible del talle: una pollera rosa chillón que parecía salida de un videoclip de Xuxa. Pamela quedó chocha con el cambio de look. Crisis de la tarde: superada. O eso creía yo.
La hora de la verdadLlegó el caótico momento de la salida. La puerta de la escuela era un mar de padres ansiosos empujando para recuperar a sus herederos. Yo sostenía firmemente la mano de Pamela, esperando que apareciera su tutor legal.
De repente, un hombre con cara de desconcierto total se abrió paso entre la multitud. Tenía toda la pinta de ser el típico padre primerizo que va a ciegas al colegio. Miraba para todos lados como buscando un paquete que olvidó dónde estacionó.
Me acerqué con mi mejor sonrisa de "sobreviví al primer día" y le pregunté:
—Buenas tardes, ¿a quién busca? —A mi hija... —respondió el hombre, rascándose la cabeza. —¿Y cómo se llama su hija? —Pamela.
Miré hacia abajo, señalé directamente a la nena que tenía de la mano, la cual lo miraba con total normalidad, y le dije:
—¡Acá está! Mire, ella es Pamela.
El hombre clavó la vista en la nena. Después me miró a mí. Volvió a mirar a la nena, deteniéndose minuciosamente en su vestimenta. Su cerebro pareció hacer un cortocircuito analógico, típico de 1997. Finalmente, con una seguridad que rozaba lo filosófico, me soltó:
—No, no... se equivoca. Mi hija salió de casa con un short celeste, no con una pollera rosa.
💡 Nota mental del día: En la facultad te enseñan pedagogía, psicología y didáctica, pero nadie te prepara para tener que convencer a un padre de que la identidad de su hija no está determinada por las leyes de la industria textil.
Tuve que respirar hondo y explicarle que la biología de primer grado es impredecible y que las prendas de vestir, a veces, mutan durante la jornada escolar. Al final se la llevó, supongo que todavía dudando de si se estaba llevando a su hija o a un clon muy bien lookeado.