Anécdotas de maestra

El día que la Caviglia fue invadida por los Picapiedras

Hay años que los docentes recordamos por los logros pedagógicos, y otros que recordamos simplemente porque sobrevivimos. El año 1998 fue de los segundos. Tenía a mi cargo primer grado en la mítica escuela colonial de m acosta y Rivadavia . Eran 34 alumnos. Treinta y cuatro almas indomables que convirtieron el aula en una zona de guerra. Las reuniones de padres se sucedían una tras otra, pero el diagnóstico era siempre el mismo: los chicos ganaban terreno y nosotros retrocedíamos.

En medio de este ecosistema indomable estaba Dieguito.

Por esos días, los padres de Dieguito habían tenido otra hija y, para amortiguar los celos del primogénito, decidieron aplicar una técnica psicopedagógica muy peculiar: comprarle regalos. Pero no le compraban autitos ni figuritas. No. Le compraban cosas que desafiaban las leyes de la física y el sentido común.

El arma de destrucción masiva

Una mañana, Dieguito entró al aula arrastrando algo. No era un útil escolar; era un proyectil. Los padres le habían regalado un lápiz azul de tronco de árbol. Cuando digo "de tronco de árbol", no exagero: tenía el largo de un pupitre y el grosor de un vaso de Fernet. Parecía un accesorio de Los Picapiedras o un garrote de ogro medieval de alguna película de fantasía.

El problema es que Dieguito no vio en ese tronco un elemento para aprender a escribir la letra "A". Vio un arma de destrucción masiva.

A los cinco minutos de empezada la clase, el aula era un caos:

Dieguito intentó pegarle al compañero de banco.

Dieguito le revoleó un hachazo al aire a la nena de la fila dos.

Dieguito intentó demoler el pizarrón de un palazo.

Todo lo que se cruzaba en el perímetro de su tronco azul recibía un impacto. Yo me pasé la jornada escolar haciendo cuerpo a tierra y esquivando lo que parecía un entrenamiento de artes marciales infantiles.

El remate de la salida

Llegó el bendito timbre de las cinco de la tarde. Entregué a los 33 alumnos sobrevivientes y me quedé con Dieguito y su garrote. Cuando apareció la madre, yo ya no tenía pedagogía en las venas, tenía pura adrenalina de supervivencia.

—Mire —le dije, tratando de que no me temblara el ojo—, le pido por favor que no me traiga más este lápiz a la escuela.

La mujer me miró con una parsimonia total, con esa cara de desconcierto de quien no entiende por qué la maestra es tan exagerada. Se encogió de hombros, guardó el tronco en la mochila de Dieguito (de la cual sobresalía más de medio metro de madera azul, pareciendo la antena de una radio clandestina) y se dio la vuelta sin emitir palabra, desentendiendo por completo el peligro de tener a un demoledor de seis años suelto en el aula.

🎒 La postal final: Mientras caminaban por el patio hacia la salida, las demás familias se abrían paso, horrorizadas y asombradas, mirando ese misil azul que sobresalía de la espalda del nene. Parecía que Dieguito se iba a acampar al sur, pero no, solo era un día más en el primer grado de 1998




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