Anécdotas perdidas de Roth Mueller

Para mi hermanito

Querido hermano:

Entiendo que posiblemente nunca puedas llegar a leer esta carta, tal vez no como yo hubiera querido. Si estuvieras aquí las cosas serían mucho más fáciles; pero, bueno… Es mejor que empiece.

La razón por la escribo esta carta es para poder retratarte todo lo que ha pasado desde que partiste de este mundo, para hacerte ver con mis ojos todo aquello que posiblemente sólo atestiguas desde arriba. También, quisiera que me ayudaras a comprobar la teoría de que en algún momento todo se nos devuelve; y después de que te haya contado todo lo que ha pasado, me digas si yo ya recibí todo lo que merecía.

Intentaré escribir lo mejor posible para que no sea tan difícil entenderlo; la profesora que llega a visitarme a casa dice que he mejorado mi redacción mucho desde la primera vez que estudiamos juntos, ya no hago tantas redundancias y ya no me trabo tanto al hablar, así que supongo que eso me ayudará.

Si tienes buena memoria puedes recordar que lo de tu muerte ocurrió a finales de junio de 1995, cerca de la fecha de mi cumpleaños número siete. El día que te fuiste recuerdo haber despertado con un horrible grito de mamá; corría y lloraba por toda la casa alzando tu cadáver como un oso de felpa.

La vela fue en la casa el día treinta, o sea, mi cumpleaños. Aún recuerdo tu ataúd, era celeste pastel, igual que las paredes de tu cuarto; tu recamara siempre fue la más acogedora, tengo que aceptarlo.

Ese día le pedí a papá que me alzara para poder verte dentro del cajón, pero sólo se me quedó viendo estático; papá era muy alto y delgado, como el abeto que está junto a la casa, me daba miedo cuando me miraba de esa forma. Entonces caminé hasta Oma y le pedí si podía alzarme, ella me llevó a la cocina, se agachó y me dijo al oído: “¿Acaso no te bastó con verlo ahogándose por la noche, maldito cerdo?”

Oma siempre me llamaba cerdo.

Durante mucho tiempo, la familia especulaba que la muerte no había sido mi culpa, si no producto de una asfixia natural.

A mí me gustaba dormir en tu recamara a veces; era más cálida, y no tenía la vista hacia ese viejo abeto que me causaba tantas pesadillas. Si recuerdas bien, solía contarte que en las noches me visitaba un extraño hombre que se trepaba al árbol para verme, al principio se quedaba callado observando, pero, días después, comenzó a tocar la ventana del cuarto, hasta que una vez lo vi deslizándose por las paredes y el piso, como una enorme sombra tenue y deforme que me acarició el cabello pasándome unas manos huesudas con uñas muy filosas por la frente y el cráneo.

Me dijo que había visto algo, me dijo que había visto que yo era el hijo con el don, pero que también estaba enfermo y que por eso mamá no me quería; me dijo que en su visión yo estaba bañado en sangre, que para toda la vida mis manos estarían sucias por las atrocidades a las que estaba destinado y que, antes de que fuera tarde, debía hacer todo lo que él me pidiera.

Me llevó a tu cuarto y al abrir la puerta en silencio la sombra se escurrió hasta tu cuna para observarte detenidamente.

“¿Sabes lo que le harán a él si tú no haces lo que yo digo?”

“No sé, ¿qué harán?”

“Harán un guiso, uno muy especial, y lo comerán en la noche, muy tarde, en ese guiso arderá tu hermano y tú juntos; pero, si me ayudas, nadie vendrá por ustedes”.

“¿Un guiso? ¿por qué?”

“¿A ti no te gustan los guisos?”

“Sí”.

“A todos les gustan; por eso debemos apresurarnos, él irá primero y nosotros iremos juntos detrás de él”.

“No entiendo nada, ¿a dónde iremos?”

“Te lo diré cuanto sea la hora oportuna”.

“¿Y por qué no vamos los tres juntos?”

“Porque él tiene una misión distinta a la de nosotros, él no tiene un don como tú, y por eso, él debe irse primero, yo le ayudaré a tomar el camino correcto”.

“¿Cómo sabes que tengo un don? ¿y cómo sabes que él no?”

“Porque tú sí puedes verme, Kaimbe”.

Mamá nunca me creyó.

Decía que yo mentía cuando le explicaba que esa sombra había guiado mis manos hasta ti para cortarte la respiración; esa sombra te alzó y te arrulló hasta que tu piel se volvió gris, te colocó boca abajo y te acobijó, de la misma manera en la que mamá lo había hecho antes de acostarse a dormir.

Le había confesado a mamá días después todos los hechos de aquella noche esperando a que me creyera y arreglara las cosas de alguna forma; y en cambio, sólo recibí una paliza.

Ese día fue el único en el que recuerdo haber visto a papá defendiéndome, pidiéndole a mamá que por favor se detuviera, y que, matándome a mí, no te traería a ti de vuelta a la vida. Lloré toda la noche hasta que me quedé dormido.

Lloraba desconsolado porque aquel espectro me había engañado y mamá me había golpeado muy fuerte; tanto así que, al día siguiente la profesora llamó a mi mamá a la dirección para pedirle una explicación de porqué yo había llegado así, repleto de rasguños y hematomas.

Papá me daba miedo a veces.

No sé si lo recuerdas, pero ambos tenían perfiles muy distintos; mamá era más agresiva, tanto para hablar como para actuar, y papá, por su lado, parecía que simplemente sobrevivía al tiempo, siempre callado y cabizbajo.

Un día fui a casa de Adalia y su mamá veía un documental que hablaba sobre el vudú en las islas del caribe, especialmente en Haití.

El documental mencionaba a los zombies como personas que habían sido traídas de vuelta a la vida para trabajar como esclavos de sus amos, mencionaban que cuando alguien perdía el Gros Bon Ange, perdía de alguna forma la vida. Si se perdía esa parte del alma y quedaba sólo el Tin Bon Ange, entonces la persona podía ser zombificada. Recuerdo haberme asustado cuando escuché eso; me hizo pensar que, cuando tú habías muerto, el alma de papá se había ido contigo y mamá lo había convertido a él en un zombie que ya no hacía nada si ella no se lo ordenaba.

¿Recuerdas a papá? Los últimos recuerdos que tengo de él eran los de un cuerpo alto arrastrando los pies por el pasillo hasta bajar las gradas y salir de la casa; si papá era un zombie, su tumba era la recámara.



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En el texto hay: demonios, drama, paranormal

Editado: 18.03.2026

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