«¡Es verdad! Soy muy nervioso, horrorosamente nervioso, siempre lo fui, pero ¿por qué pretendéis que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, sin destruirlos ni embotarlos. Tenía el oído muy fino; ninguno le igualaba; he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿Cómo he de estar loco? ¡Atención! Ahora veréis con qué sano juicio y con qué calma puedo referirles toda la historia»
—Corazón Delator, Edgar Allan Poe—
Ese día luego de las clases, tuve que ir a buscar a Dorothy al cuarto.
—Dorothy, ¿sabes si Floy va a venir temprano hoy del trabajo?
—Ni idea, ¿por qué?
—¿Prometes no decirle? No quiero que se enoje.
Dorothy asintió.
—Necesito ir a buscar a un amigo para entregarle algo, pero, no quiero que ella se dé cuenta de que salí. Será rápido, lo prometo.
—¿Qué le digo si pregunta?
—Dile que estoy en el cuarto durmiendo; qué tenía insomnio anoche, me levanté para las clases por un rato, y luego me volví a dormir.
—Está bien, asegúrate de ir rápido, me da miedo que nos descubra.
Llegué corriendo a la tienda con una bolsa de papel en las manos.
—Roth, ¿qué andas ahí? —preguntó Conrad mientras hacía caja.
—Necesito que vayas a revelar las fotos del rollo tan pronto como sea posible. Necesito estudiarlas para ver si logré captar algo.
—¿Escuchaste algo ese día?
—Creo que sí.
—Si hubieras venido hace 15 minutos hubiera mandado a Bavol, él iba para Frankfurt.
—Lo siento, estaba en clases, y no podía salir de la casa…
—¿Tu casa?
—Bueno yo… yo recibo clases en mi casa. Los profesores me visitan varias veces por semana.
—Ahh ok… bueno… después me explicas más de eso.
—¡Conrad! ¡Ven y ayúdame a despachar estas películas para irnos los dos! —se escuchó desde la bodega.
Conrad se apuró y cerró la caja; tomó sus cosas, las llaves de la tienda y me empujó afuera con fuerza. Apagó las luces y cerró la puerta.
—Espera, ¿ese no era Bruno? ¿por qué lo encerraste?
—Bruno no vino a trabajar hoy, está resfriado.
Conrad y yo caminamos hasta la parada de buses, le indiqué que tenía que ir a casa y que, cuando revelara las fotos me fuera a buscar a la casa con los chicos. Le entregué la dirección en un papel.
Pasé todo el camino hasta la casa tratando de no llamar la atención de las patrullas que estaban haciendo ronda por el centro. Dorothy me abrió la puerta de atrás de la casa.
—¿Ha venido alguien a buscarme?
Contestó que no.
Me encerré en mi cuarto a pensar acerca del sueño que había tenido, corrí las cortinas y apagué la luz para quedar a oscuras y tratar de llamar la atención del Hombre Sombra.
—¿Qué fue lo que quisiste decirme en el sueño? ¿a dónde da esa puerta? ¿de dónde saliste tú?
No había respuesta alguna.
—No sé, creo que te he visto antes, aunque no recuerdo dónde. Recuerdo tus ojos.
Todo se mantuvo en silencio, supuse que no tenía ánimos para hablar conmigo en ese momento. Estaba ansioso por saber qué había atraído a ese espectro hacia mí y cuáles eran sus intenciones.
Más tarde ese día, ya en la noche, busque a Floy para hablarle.
—Hice caso respecto a lo que me dijiste.
—¿Ah sí? ¿cuál de todas las cosas? —pronunció con una sonrisa en el rostro.
—Lo de tratar de hablarle a ya sabes… esa silueta.
—Oh, ¿y qué te dijo?
—Tuve un sueño raro, no entendí nada de lo que me dijo.
—Los sueños suelen ser así Roth, tal vez a primeras no puedas entenderlos bien, pero, podrían aclararse con el paso del tiempo; quién sabe, podrían ser el indicio de algo muy bueno —finalizó risueña.
Me fui a dormir en busca de algún otro dato u otra conversación, por más abstractas que fueran; y, así, en medio de un sueño de laberintos sin mucho sentido desperté dentro de otro sueño. Estaba acostado en mi cama, en mi recamara. Sí, la de la antigua casa.
—¿Sabes que es interesante? Siempre has sido un chico perspicaz, la policía le teme a la gente así si no los tiene de su lado.
El hombre estaba agachado a orillas de la cama.
—Es curioso que creas que eres un monstruo por lo que hiciste —continuó— cuando, los verdaderos monstruos son los que quieren ignorar lo que de verdad pasó.
—No debí haber actuado así.
—Es fácil condenarte a ti mismo por algo que cualquier otro hubiera hecho en la mitad del tiempo. Han pasado muchos años.
—Sigo siendo culpable, y me siento mal porque Floy está haciendo lo que puede para cubrir a un psicópata como yo.
—Yo qué sé. ¿Acaso la soledad te hace sentir culpable por la disfuncional dinámica de tu familia? Ella no tiene miedo de que te descubran; tiene miedo de que confieses, de que tu corazón te delate. Además, ella no ha dicho mentiras, sólo dice verdades a medias.
—¿Eso crees?
—Lo sé porque los psicópatas no escuchan a su corazón Roth, pero tú, en cambio, lo escuchas hasta que te aturde.
Hubo un silencio incómodo.
—¿Me vas a decir a dónde da la puerta?
—Eres demasiado exigente contigo mismo, por eso me tomé la molestia de traerte aquí.
—¿Y tu nombre?
—No creo que sea necesario decírtelo mientras conozcas bien el tuyo.
—¿También puedo llamarte Roth entonces? ¿eres otro yo?
—No otro, uno mismo.
—Entiendo. Y entonces, si eres yo, ¿por qué eres tan alto?
—¿Por qué eres tú tan bajo?
—¡Porque estoy enfermo! Nací con una condición...
—¿Y eso como te hace sentir?
—Incómodo.
—¿Por idea tuya o de la gente?
—La gente me mira y hace comentarios. Y eso me pone incómodo.
—Bueno, ¿cómo crees que se sentiría la gente si yo los observara fijamente y me burlara de ellos?
—Incómodos.
—Bueno, ¿entendiste de una maldita vez que el infeliz sin sentimientos no eres tú?
Rebuscando entre mis cosas en el cuarto encontré un libro que Floy me había obsequiado. “Relatos cortos de Edgar Allan Poe”, tenía el corto de Corazón Delator marcado. Ella me regaló el libro el día de la reunión del club de lectura en mi casa.