Conrad terminó de organizar todo en el área de cajas y, junto con Bavol, se asomó por la puerta de la bodega para ver si Bruno y yo ya habíamos terminado.
Le dije a los chicos que buscaran hacer un círculo y yo me uniría a ellos tan pronto terminara de preparar todo; comencé trazando una circunferencia con sal alrededor de todos ellos.
—La mano izquierda, la quiero en la espalda.
—¿Para qué, Roth?
—Sólo háganlo.
Los tres me hicieron caso.
—La mano derecha al centro del círculo. Brazo y manos extendidos.
Hice otra de las brújulas improvisadas y la puse en el centro del círculo junto con una vela negra que había hurtado de mi vieja casa. En un basurero de metal, puse la tabla de ouija partida en dos, esperando para quemarla más tarde.
—Roth, ¿y ahora qué?
—Todo lo que voy a hacer lo vi en un libro que guardaba mi mamá en el ático; así que, espero que funcione. No puedo asegurarles nada.
Cerré mis ojos y acompañé a los chicos con el ejercicio, respiraba hondo y lento, intentando buscar alguna señal de que el espíritu estuviera presente y quisiera comunicarse.
—On quelius inirer fas. De nobis ostende te. ¿nobiscum es?
—¿Qué?
— On quelius inirer fas. De nobis ostende te.
—Roth, ¿qué dijo?
—Silencio.
Entró una fuerte brisa del pasillo, Conrad tuvo un escalofrío y se frotó los brazos.
—De nobis ostende te ipsum et indica nobis nomen tuum.
Hubo un pequeño sismo que sacudió la tienda.
—¿¡Qué diablos fue eso, Roth!? —exclamó Bavol.
La luz de la vela comenzó a tornarse cada vez más débil, la aguja en la brújula comenzó a moverse en círculos.
—Ya está aquí.
Les había indicado qué bajaran los brazos, pero que no deshicieran el círculo.
Se sintió otro sismo más leve, Bruno jadeaba aterrado.
—Roth ¡no puedo hacer esto!
Le puse la palma de mi mano a Bruno en la espalda; estaba sudando frío y temblaba del miedo.
—Tranquilo, todo va a estar bien.
—Roth, por favor, no dejes que me mate.
—No lo voy a dejar, tranquilo. Lo prometo.
Bruno se levantó agitado del suelo rompiendo el círculo; se fue de espaldas contra la pared, casi convulsionando.
—Roth, ¿qué hacemos? —preguntó Conrad asustado.
—No se muevan.
La vela finalmente cedió y se mantuvo apagada unos dos minutos.
—Bruno, tranquilo, aquí estamos los tres y…
Me interrumpió un largo silbido que venía de una de las esquinas de la bodega; moví a Bruno al círculo nuevamente e hice que los cuatro nos tomáramos de las manos una vez que se había estabilizado nuevamente.
—Kay. Me alegra verte.
La luz de la vela volvió a encenderse. En la esquina no había nada, el silbido se había detenido. Conrad estaba sudando y Bavol volvía a ver a todas partes.
—Ahí está otra vez Roth. Esa es la voz —confirmó Conrad.
—Creo que la vez pasada no pudimos conversar como debíamos —mencioné.
Para sorpresa de todos, quien abre la boca para responder, es Bruno.
—Mi llegada ha sido, si se quiere, malinterpretada; de hecho, venía a proponer un trato.
—Dime tu nombre, demonio.
—Tu nombre y el mío no son muy distintos, Kaimbe. Tenemos más similitudes que diferencias, y eso me agrada.
—Eso no me interesa. Deja a Bruno en paz y vete de la tienda, ellos no tienen nada que ver con cual sea tu petición, si eso me incluye a mí.
—No me interesa ninguno de tus amigos, créeme; reitero que vengo por ti, y te he esperado aquí durante meses. Sabía que vendrías a hablar conmigo, sé, por varios de mis discípulos que eres un niño especial. Por eso, quiero que vengas conmigo.
—A mí no me interesa tu petición. No me iré contigo.
—Tu mamá tenía tanto temor de ti. Un niño tan aparentemente manso con una mente laberíntica como enredaderas. ¿Quién quisiera quedar atrapado en medio de ellas?... Trató de dominarte con dolor e ira, lo sé muy bien, lo que ella no previó es que su matriz te concibió producto de estos elementos también.
Yo estaba estático y tanto Conrad como Bavol me clavaban la vista aterrados, casi sin parpadear.
—Serás perspicaz, como han dicho. Ágil y calculador; pero, sigues siendo un terrible mentiroso —contestó la entidad en tono condescendiente.
—Eso no te incumbe.
—Tal vez a mí no, pero ¿y tus amigos? Qué envidia sentiría Abaddon si te viera quitar vidas como lo has hecho. Eres un ángel de la muerte en la tierra.
—Roth, ¿a quién mataste? —preguntó Bavol.
—A nadie… yo…
—Se llevó a las tres almas que habitaban esa vieja casa. Los mató con el sigilo y agudeza de una serpiente, los acechó como un lobo, y se alimentó de ellos como un buitre. Y, muy aún en el fondo, aunque dolido, reconoces ese don. Ese don que te dieron para pelear y para matar —contestó el demonio a través de Bruno, observando a Bavol con ojos vacíos.
—Lo de Josef fue un error. Un hombre me obligó y…— contesté tratando de interrumpir en medio del sermón.
—Los hombres se caen de los árboles Kaimbe. Las aves no; tu mamá me falló, pero tú, en cambio, me tienes orgulloso, pues has seguido cada indicación religiosamente; incluso sin que yo te lo haya pedido.
Un espasmo muy fuerte nos devolvió a Bruno, que se orinó encima gritando despavorido. Aun aullando y soltándose del círculo al ponerse de pie, caminó hasta una de las esquinas de la bodega, con tanta dificultad que parecía que algo le arrastraba las piernas hasta allá. La flama de la vela tomó más fuerza, se elevó aún más, y comenzó a producir mucho humo, cual se iba dirigiendo hacia la misma esquina.
Entre todo el humo, una figura humanoide comenzó a materializarse, y, mientras se erguía, continuó hablando en una voz muy grave.
—Te conozco casi tan bien como tus progenitores; de hecho, más que bien, excelentemente. Te confieso que hice trampa porque tuve varias visiones; supe, antes que cualquier mortal, que tú nacerías con los colores del ocaso, que crecerías, que enfermarías y que te encontraría. Le di pistas a tu mamá; pobre de ella que, para mí beneficio, debía terminar muerta, igual que tu hermano.