Anécdotas perdidas de Roth Mueller

IX

Desperté en el cuarto con luces rojas nuevamente.

—¿Qué pasó?, ¿cómo están los chicos?

—Ellos están bien.

—¿Y Caim?, ¿se fue?

El hombre asintió, yo me arrodillé en el piso a llorar, estaba terriblemente dolido.

—No quería que ellos supieran nada acerca de esto, y no quería que él los lastimara. Esto no está nada bien. ¿Dónde está Bruno? ¿sabes a dónde fue?

—Lo siento, pero, no lo sé.

—¡Ahora creerán que soy un monstruo! Yo no quería decirle que sí, no quería que los lastimara, ni que se llevara a Bruno. ¡Le prometí que no dejaría que nada le pasara!

—Sí, bueno, con todo lo que el pajarraco mencionó de ti, no va a ser fácil recuperar su confianza… Me atrevo incluso a decir que no va a ser posible.

—Para ser muy sincero, no siento que él haya mentido.

—¿Por qué Caim no buscó al monje en vez de a ti, si es su don lo que necesita?

—Porque yo soy joven y estúpido. Sí, eso debe ser.

—Floy sabe acerca de todo esto, ¿no?

—Ella no sabe cómo empezó lo de mis amigos.

—Bueno, supongo que les puede costar trabajo entenderlo, pero, tarde o temprano lo comprenderán. Esperemos que Bruno aparezca pronto, ojalá con vida.

—Yo no lo creo así… —suspiré luego de un silencio incómodo.

El hombre no dijo nada más. Yo me mecía sobre mis rodillas como si estuviera de penitencia en un reclinatorio. Entendí que el aire de todo el ambiente era igual de lúgubre que mi amigo; forjado bajo la masa más tóxica de tristeza e ira que mi mente y mi cuerpo habían podido soportar, y, posteriormente, liberar. Él estaba ahí conmigo, era parte de mí y yo tenía que abrazar todo ese dolor y reconocerlo si quería dejar de sufrir tanto.

Ahora, además de un espejo y una fotografía mía en la pared, había un reloj, como si el hombre lo hubiera puesto ahí cuando yo no estaba viendo. Me senté ahora que el llanto había cesado, y volví a ver a mi alrededor una vez más.

Habían pasado en mi cabeza, tal vez unos quince minutos o incluso menos.

¿Qué era el tiempo dentro de ese lugar? El reloj no se movía.

—Yo… —dijo en tono grave— estoy aquí para cuidarte. Puede parecer que todo es un invento de tu cerebro para suplantar algo que te haga falta; pero, no es así, créeme que esas sustituciones nunca funcionan.

—¿¡Cuidarme de qué!?

—Del mal de la gente, y de ti mismo también, cuando sea necesario.

—La Señora Floy dijo que eras mi ángel de la guarda.

—Los ángeles son seres de luz, Roth; yo, en cambio, me formé en la ausencia de ella.

Hubo otro silencio profundo.

El hombre caminó encorvado hasta la puerta, chocando su cornamenta contra el techo, yo lo seguí, abrió la puerta y no se veía nada más allá.

—¿Adónde me llevas?

—Por favor, no me sueltes —el hombre tomó mi mano— si te vas lejos, te pueden hacer daño.

—¿Quiénes?

—Los mismos que te harían daño si todavía estuvieran vivos.

Caminamos un rato en medio de una oscuridad tan profunda como abrazante.

—¿A qué le tienes miedo, Roth? Ya luchaste con Caim, con tus padres, y tampoco te importa mucho la muerte, ¿no es así?

—Si tú eres yo, ¿cómo no sabes qué es lo que me asusta?

—Me aterraría perderte.

—¿Porque dependes de mí?

—Más bien, porque tengo una consigna, como te dije antes; pero, si la pierdo ¿qué tengo entonces?

No tengo a nadie, ni nada, ni por qué. Sólo yo. Para nada más que sollozar de vez en cuando.

Cuando tuve una consigna, de querer algo, cuidarlo y entregarme, aquello fue destruido frente a mis ojos; y sufrido por mi corazón durante años.

—Me permito preguntar, ¿recuerdas el sabor de la carne de tu mamá?

—Amarga y tiesa.

—¿Y la de tu padre?

—Blanda y sin sabor. Él estaba muerto en vida.

Una luz vaga se asomó debajo de una delgada línea.

El hombre se acercó a la línea y en medio del resto de la oscuridad, encontró una manija de puerta. Al abrirla estábamos en la azotea de un edificio abandonado que estaba afuera del pueblo; había sido una fábrica durante mucho tiempo, luego de la guerra quebraron y el edificio fue desmantelado.

Desde allí arriba se podían ver todas las casas del pueblo y varios comercios del centro, incluida la tienda de discos.

—Es, por lo menos, un aire distinto. Quería que vieras el cielo y el bosque desde aquí. ¿Qué no son bellos?

—Por supuesto, pero, ¿caminaremos de vuelta a casa luego de esto?

—No será necesario.

Me acosté a ver las estrellas. El hombre me siguió.

—Roth, si no es una molestia, ¿podrías contarme la historia otra vez? Desde el inicio…



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En el texto hay: demonios, drama, paranormal

Editado: 25.04.2026

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