Anécdotas perdidas de Roth Mueller

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Ese día se levantó hasta los cielos mi más profunda ira.

Ese día ya no sentía miedo ni tristeza; ni hambre ni frío y muchísimo menos remordimiento.

Ese día no era nadie, no era nada.

Fue un 8 de julio de este año.

Me encaminé escurridizo hasta la recámara de mis padres como las serpientes entre las hojas muertas.

Con un silencio marcado y una paciencia vasta como el cielo até sus manos y piernas con gazas plásticas hasta las patas de la cama. Cada una de las cuatro, formando varias cadenas.

La primera fue una muerte estruendosa. Cuando intentó gritar ya casi no tenía aliento. Ella sabía que en algún momento llegaría mi respuesta, Caim se lo dijo y yo en algún momento pude haberlo advertido; ella me conocía mejor que nadie, porque, siendo mi enemiga y mi verdugo, también era mi madre.

La segunda fue una muerte silenciosa, mustia si se quiere. Siempre lo consideré un ser inerte; sin alma y sin rumbo, con ojos vacíos y tristes que me miraban como al borde del llanto. Logró acercar su mano a los pliegues de mi ropa, jalando con cierta fuerza. Sentí que me daba las gracias por acabar con su suplicio.

Siempre estaba solo, pero, nunca sentí tanto vacío y silencio hasta ese día; ahora que lo pienso, no fue sino a partir de ese evento que la casa se sumió en una profunda vibra negativa, casi tan pesada como lo fuera la niebla si estuviera atrapada en la sala de estar.

Lloré muchísimo esa noche; desconsolado porque no quería hacerlo y enojado porque nadie me lo había impedido.

Hubiera sido tan fácil que se fueran.

Hubiera sido aún más fácil todavía que ella me matara cuando yo aún era un niño pequeño; es decir, ¿qué iba a perder yo aparte de la vida? Ni sueños, ni amigos, ni felicidad porque no tenía nada de eso.

Estoy muy seguro de que ese fue el primer día en que el Hombre Sombra se hizo aparecer, aunque no estoy muy seguro de cuál parte de la casa exactamente. Más ahora que sé que fue Caim quien se presentó ante mí hace años para llevarse a Josef, en aquel viejo abeto.

Después de eso, lo que hice no fue por enojo o por venganza, sólo por conveniencia; la policía me preguntó cómo había pasado los días posteriores: Les dije que no tuve hambre porque comí ciertas cosas de la alacena, y otras que Floy llegaba a dejarme. No pasé frío porque la caldera siguió encendida todos esos días, quemando huesos y carbón.

Les dije que pensaba que me habían abandonado, pero, que no entendía por qué habían dejado todo en casa. Me preguntaron por qué no lloraba o me sentía triste, les dije que no había diferencia; yo siempre estaba triste.

Me preguntaron cómo creía que mis papás me dejarían a merced de la suerte sin preocuparse por nada de lo que me fuera a pasar; Floy les dijo que revisaran el archivo de denuncias telefónicas por maltrato infantil, y, cuando lo hicieron, tuvieron que cerrar el hocico. Nadie había hecho nada en años a pesar de la cantidad de pruebas que había.

¿Y qué podía cambiar en ese momento? Mis padres no aparecían, y, la oficial Schulz, de todas formas, sabía muy dentro de sí que yo los había matado, a pesar de no tener formas para culparme.

Siempre escuchaba gente hablar, a toda hora, en todos lados. Podría haber un grupo de personas conversando a 300 metros y yo los escucharía como si estuvieran en la sala. Y no es que escuchara voces como un paranoico, simplemente era el silencio muerto de la casa.

No había una Alice gritando o un fantasma contestándole “Si cariño, entiendo, listo, sí”, tampoco había un “Silencio Roth”, “cierra el hocico Roth”, “cállate de una maldita vez”, “muérete maldita porquería”.

Estoy convencido de que, a ese punto, Alice escuchaba voces.

¿Qué por qué?

Porque yo no era el que hablaba.

La casa estaba muerta y yo era otro fantasma adentro.

Resonaban las burbujas del estofado hirviendo en la olla y el reloj cucó de madera en el pasillo que siempre me dio zozobra. La caldera continuaba quemando carbón y huesos a toda hora, todos esos días. La ceniza se desechaba junto con la basura ordinaria, donde pertenecía.

Por todos esos días, el sólo olor de la sangre mezclándose con la salsa en el estofado me enviaba directo a vomitar, y cada vez que bajaba a la caldera tenía que colocarme algo en la nariz para no tragar el olor de los huesos quemándose, cual resolví incendiando infusiones herbales y ramas de plantas aromáticas que encontraba por ahí. Se creó una bruma errante que cruzaba la casa y que dejaba a su paso la esencia de la belladona, la salvia, el romero y el sándalo, todo mezclado con el espíritu oloroso del tuétano.

Durante todos esos días, creí que me estaba volviendo loco, carcomiéndome en culpa desde mis adentros; no podía dormir, mis dedos sangraban, tenía taquicardias en medio de la noche y escuchaba sus voces todo el tiempo, bajaba al sótano y observaba todo como si estuviera cubierto en sangre... Creí que intentarían arrastrarme a la tumba junto con ellos, pero entonces, todo se detuvo.

De repente, resultó que yo estaba muerto por dentro también.



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En el texto hay: demonios, drama, paranormal

Editado: 25.04.2026

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