El amor era uno de esos sentimientos extraviados para mí, sentimientos ajenos a mi día a día; más allá de mi relación de familia con Floy y Dorothy.
Tal vez pasaba demasiado tiempo pensando en basura; más allá de las paredes de la casa, el lugar y la gente me eran tan desconocidos como lo fue Sontra y mis vecinos en su momento.
Floy me había convencido un día de ir a la tienda yo solo para comprar abarrotes para el desayuno. Aún recuerdo bien lo que le pedí a la cajera: Media docena de huevos, una barra de mantequilla, una bolsa de pan casero y una caja de jugo de naranja.
Recuerdo que en camino de regreso a la casa sentía que alguien venía detrás mío; como persiguiéndome, pero, por no concentrarme al doblar en una esquina choqué de frente con una chica.
Era una joven de piel bronceada, con el pelo negro y largo, ondulado; con los ojos color café claro, como color avellana. Unas pestañas largas y una mirada tan linda que parecía que se reía de mí.
A mí se me habían cortado todas las conexiones del cerebro y no sabía que decirle, entre tanteo y balbuceo le hablé en cualquier cosa menos español, ella se reía viéndome a mí hacer el ridículo y pedirle perdón.
—Tranquilo, no me golpeaste, ¿estás bien?
—Sí. No sé mucho español —le dije a duras penas— perdón, no te vi venir…
—Está bien, no hay problema. ¿cómo te llamas? ¿cuál es tu nombre?
—¿Mi nombre? Mi nombre es Roth, ¿y el tuyo?
—Constanza.
—¿Constanze?
Ella rio en silencio.
—Sí, mucho gusto “Roth”.
—Un placer, Constanza.
—¿Acabas de llegar? ¿dónde vives?
—Mi mamá, mi hermana y yo llegamos a Costa Rica unos dos meses atrás. Estuvimos en Puntarenas y vinimos aquí hace 2 semanas. ¡Esa es la casa! —le señalé— esa es nuestra casa.
—Se ve bonita... ¿cuántos años tienes Roth?
—Tengo 13.
—¿Vas a la escuela o al liceo?
—Mi maestra me enseña en la casa.
Ese día ella me acompañó de vuelta a la casa, me dijo que me visitaría si yo quería y que esperaba venir a verme pronto.
Constanze y yo nos hicimos amigos, muy amigos. Llegaba a la casa y tocaba el timbre, casi siempre en la tarde. Nos ayudó muchísimo a Dorothy y a mí con el español. Ella era libre en un mundo que para mí era totalmente desconocido, ella era mis ojos más allá del portón.
Me llevaba libros que pedía en la biblioteca para que yo los leyera y practicara, Floy la dejaba entrar a la casa para que ella y Dorothy jugaran y para que nos quedáramos en el jardín.
Ella me podría ver durante horas dibujar o rebuscar insectos en el patio de atrás, me ponía especial atención cuando echaba retahílas sobre tipos de mariposas, sus hábitats, comportamiento y ciclo de vida; incluso con el escueto español que manejaba en ese momento.
Constanze construyó un lugar muy especial en mi corazón sin que yo tan siquiera lo notara. La sentía tan incondicional y sincera. Hacía lo imposible para entenderme cuando yo le quería explicar algo, y ella hacía lo mismo conmigo con una paciencia admirable.
Yo había sido tan apático con parte de ese sentimiento de apego y cariño que cuando lo sentí de ella se me volvió absolutamente necesario. La llamaba a su casa casi todos los días si no podía verla, le preguntaba cómo estaba ella y su familia, como le había ido en el día, que cosas había hecho. Empecé a creer que ella era un reemplazo de Adalia, pues sabía que no volvería a verla jamás.
Me convencí de ello una vez que me llevó un regalo, eso fue casi un año después de conocerla; venía corriendo con una caja en las manos.
—¡Roth! ¡ROTH! Traigo un regalo.
Le abrí el portón de inmediato y la dejé pasar. Se dirigió conmigo hasta el jardín emocionada y abrió la caja lentamente dejando ver una rama de arbusto con una crisálida de mariposa.
—Es para ti, para que abra sus alas en este jardín y tú puedas cuidarla.
—¿Arrancaste la rama para traerla hasta aquí? —pregunté indignado.
—Bueno, —me dijo cabizbaja— afuera otros niños les hacen daño si no están bien escondidas, y me pareció bien traerla aquí contigo. Estará segura en este patio hasta que pueda irse volando y tú la vas a cuidar. ¿Verdad?
—Sí... Claro que sí.
Me sonrió y me abrazo.
—Gracias, eres muy detallista —le dije.
—¿Sabes qué clase de mariposa puede ser esa, Roth?
—Creo que una Anartia.
—Esas son de tus favoritas, ¿verdad?
Asentí.
Llevé la rama hasta un arbusto y la traté de asegurar lo más que pude para que no fuera a caerse.
—Las Anartias Fatima son muy bonitas... —dije en voz baja, casi para mí mismo— Igual que tú.
Constanze me devolvió una mirada de sorpresa.
—¿Crees que soy bonita, Roth?
—Pues... sí. Por supuesto.
Ambos nos mantuvimos callados un momento.
—Yo también pienso que eres lindo.
—¿Gracias? —respondí confundido luego de reírme.
Luego nos reímos juntos.
A pesar de que ella no me conocía a fondo ni sabía sobre mi pasado, estábamos muy conectados.
No consideré ni de lejos la posibilidad de mencionarle algo sobre mis padres o sobre mi antigua vida en Sontra; jamás. Lo único que tuve el valor de confesarle era que Floy me había adoptado y que “nunca había conocido a mis padres”.
Fue Constanze quien se tomó la molestia de llevarme más allá de la cuadra donde vivía para enseñarme el mundo de afuera. Mi primera visita a la capital no había sido precisamente con ella, si no cuando nos habíamos mudado, pero, caminar con ella sosteniéndose de mi brazo era una experiencia diferente. La gente en el boulevard no parecía ir tan rápido, íbamos de una calle a otra balanceándonos despacio, casi como bailando un vals.
En mi mente había tiempo para un vals en el foyer del Teatro Nacional. Siempre había tiempo para pensar en ella si no la tenía a mi lado.