Habían pasado unos tres años desde que nos habíamos mudado a la casa nueva, tenía tiempo de no ver a Hombre Sombra, sin embargo, un día sin previo aviso, sólo se apareció.
—¿Algún día vas a irte?
—Si me tengo que ir, me iré cuando tú te vayas Roth. Nos iremos juntos.
—Temía que desaparecieras de alguna forma; ¿es un descanso?
—Cuidarte no es una labor para mí. Yo siempre te estoy cuidando, es sólo que algunas veces no puedes verme.
Hombre sombra y yo conversábamos esa noche en el cuarto, muy tarde.
—Se me había olvidado decirte que me agrada que hayas encontrado una nueva amistad.
—Yo también estoy feliz. ¡Ella me obsequió una Anartia! Ella pensó en mí cuando vio el capullo en la calle y sabía que yo era el indicado para cuidarlo.
—Por supuesto, no creo que conozca a nadie que sepa más de esas cosas que tú.
En mucho tiempo, en meses o más, Hombre sombra no me había visto sonreír con tal sinceridad.
—Descríbeme tus motivos para tal felicidad. Por favor.
—Ella... Constanza.
—¿Ella? ¿a qué se debe? ¿acaso al regalo o algo más?
—Ella dijo que yo le gustaba. Y yo... Creo que ella me gusta.
—Por supuesto, si no te gustara no serían amigos. ¿Me equivoco?
—No. Me refiero a que... Siento algo más, no sé explicarlo. Pienso en ella siempre. Me parece tan linda como las mariposas del libro de la biblioteca. Como todas ellas o algo más.
¿Y qué podía o debía hacer ahora?, ¿debía decirle?, ¿confesarle que nunca había visto a nadie que me pareciera tan bonita?, ¿confesarle que no paraba de pensarla? No quería sonar cursi. Ella era indudablemente importante para mí; es decir, ¿qué otra cosa tenía aparte de su amistad incondicional?, era mi única amiga en este nuevo lugar.
Empezamos a salir cuando yo tenía unos quince años.
Cuánto hubiera deseado que Hombre Sombra tuviera más que la incontenible espera de mi voluntad para actuar en contra de mis impulsos cuando fuera necesario. Es decir; Constanze y yo sabíamos perfectamente lo que sentíamos, y aunque torpes éramos pacientes, estábamos el uno para el otro.
Busqué de cualquier forma poder acapararla sólo para mí. Entre mi autoestima que estaba por el suelo y todo el hoyo de sentido común que me faltó en ese momento, durante mucho tiempo, creí que, si ella no estaba siempre ahí, no volvería nunca.
Lo curioso es precisamente que, teniéndola siempre a mi lado, igual me abandonó.
Antes de remontarme a aquella despedida fatal, hago hincapié en el inminente embarazo adolescente, que tanto a Constanze como a mí nos tomó como una noticia agridulce.
Floy por supuesto me pidió no hacer una estupidez, y me ofreció que nos quedáramos los tres en casa. Yo le dije que no porque no soportaba verla haciéndose cargo de responsabilidades que no tenía que cargar, el idiota había sido yo. El padrastro de Constanze nos ofreció quedarnos en su hogar; quería conocer a su nieto y decía que quería cuidarlo antes de irse a la “otra vida”.
Constanze me dijo que ella tenía una casa donde podíamos estar solos los tres, que la casa le había pertenecido a su padre y que ella y su padrastro la alquilaban por temporadas.
Conseguir que me dieran trabajo fue una tarea difícil, y aunque me era posible escalar a un mejor puesto gracias a mi improvisada educación, ¿quién le daría trabajo a un tipo que se anda escondiendo de la policía en otro país?
Nos acomodamos en aquella casa que parecía escondida del bullicio del resto de la capital, era una de aquellas construcciones de madera, dos pisos y un sin fin de pasillos viejos que hacían rechinar las tablillas de madera al paso. No está de más decir que la casa daba zozobra; era una casa muy antigua. Constanze me contó cómo la había conseguido su padre y como después de que este muriera, la casa le había quedado a su padrastro.
Me explicó que su papá biológico había muerto cuando ella tenía unos 10 años, el señor se había quitado la vida. Se llamaba Francisco. Me había dicho que después de ese incidente, producto de la muerte temprana de su mamá, ella se fue a vivir con su padrastro, que era bastante mayor que sus padres biológicos; y que, a pesar de ser un señor muy servicial y muy activo, los años le pasaban factura y ya dependía de ella para completar ciertas actividades, sobre todo porque las enfermedades llegaban con regularidad y era común que terminara en cama con el más simple de los resfriados.
La casa le quedaría a ella si el en algún momento moría y, si no vivía en ella, continuaría alquilándola.