Me levanté un jueves 15 de octubre del 2009 a las diez y media de la mañana, en ese tiempo estuve trabajando de noche en un taller de motocicletas cerca de la casa de Floy. Joseph me había despertado porque tenía hambre.
Constanze lo llevaba al Kínder todos los días en la mañana, entraba a las 7. Me levanté de un brinco y ella por supuesto no estaba en la cama y en ningún rincón de la casa. La llamé por teléfono y me salía la contestadora.
—¿Tu mamá no te levantó hoy en la mañana?
Me dijo que no en tono suave y me agarró de la mano para jalarme a la cocina a que le hiciera algo de desayunar. Joseph llevaba un rato despierto, le pregunté si había visto a la mamá irse o si le había dicho algo.
—¿Dónde está mami? ¿está donde abuelita Floy? ¿está con abuelo tito?
—No sé amor, no sé...
Se me hacía un nudo en la garganta porque no sabía nada. Llamé a Floy para preguntarle si había pasado por ahí.
Llamé a Don Ernesto para preguntarle si estaba allá, él me mencionó que desde hacía varios días no lo visitaba, que creía que se había ido a buscar un trabajo.
—¿Qué le pasó a Constanza? —me preguntó con una voz resquebrajada.
—No sé Don Ernesto, no llevó al Joseph al Kínder y no me contesta el teléfono, pero cuando yo vine del trabajo en la madrugada aún estaba aquí.
Me quedé con Joseph todo el día en la casa y Dorothy llegó a ayudarme después del colegio. Mientras ella cuidaba a Joseph yo me puse a limpiar, y acomodando la cama encontré un sobre. Sentí que se me paraba el corazón.
«Roth, mi amor:
Perdóname por lo que voy a hacer.
Los dos eran mi mundo entero; pero, ya no puedo seguir con esto. No puedo seguir con la zozobra de que me andan persiguiendo. Me quieren matar Roth, mi amor, me quieren muerta. Él me quiere matar y él vino a buscarme. Él siempre fue abusivo y Ernesto y yo siempre creímos que él había matado también a mi mamá.
Hay algunas cosas que tú no sabes de mí, porque decidí no ser completamente honesta contigo; pero eso está bien, en su tiempo lo averiguarás.
De verdad no quiero echarle la culpa a nadie, mucho menos al bebé; Pero cuando veo a Joseph a los ojos, ya sólo veo a mi papá. Ya no veo a mi hijo, ya no te veo a vos ni a mí.
Perdón, ya no lo quiero.
Dile que me voy a trabajar, que me voy muy largo y por mucho tiempo, con suerte, en algún momento ya no va a necesitar acordarse de mí.
Con mucho amor:
Constanza, que te elegiría en esta vida y mil más como esposo»
—¡Mamá, Constanze se fue, me dejó con Joseph, se fue y me dijo que no va a volver, nos dejó a los dos!
Le hablaba a Floy por un teléfono público que había en la cuadra donde vivíamos, no quería que Joseph me escuchara hablando en el teléfono fijo.
—Pero, ¿por qué se fue? ¿qué te dijo?
—Me dijo que ya no podía seguir viviendo con nosotros, que estaba asustada y que ya no veía a Joseph igual, que no lo quiere y no va a volver. Que hay cosas que yo no sé de ella, pero, no dijo nada y Ernesto no me pudo decir por el teléfono.
A mí me escurrían las lágrimas y los mocos, y me quedé con el teléfono colgado durante un rato, porque ya se me había acabado el saldo en la tarjeta. Ella estaba en el trabajo y pidió permiso para salir temprano.
Dorothy hacía lo que podía para distraer a Joseph, para que no me viera llorando y para que no escuchara lo que discutíamos, se lo llevó al parque a jugar, se lo llevó a comerse un helado, se lo llevó a jugar con unos vecinos amigos de él; sin embargo, yo estoy convencido de que Joseph sabía muchísimo más de lo que aparentaba, y entendía perfectamente lo que estaba pasando.
Esa noche cuando estaba ya acostado, me acerqué a su recamara para tratar de reconfortarlo.
—¿Quieres dormir conmigo hoy?
Se bajó de la cama, corrió hacia mí, y me echó los brazos para que lo alzara.
Nos acostamos y al rato lo escuché sollozando.
—Mamá ya no está, pero, tú no tienes la culpa. Yo estoy aquí, y te quiero mucho. ¿Está bien?
Asintió.