Cada vez veía menos a Hombre Sombra. En varias ocasiones me desperté en medio de las noches de fines de semana y en vez de encontrarme con la silueta de un hombre alto estrujado en la esquina del cuarto me encontraba con Joseph sentado a mi lado o en algún extremo de la cama. No me hablaba y mantenía la mirada atenta y constante al vacío.
Siempre me preguntaba qué era lo que tanto veía.
—Joseph, hora de dormir.
Ni siquiera volvía a verme.
—¿Qué es lo que ves en las noches? —le pregunté un día con curiosidad.
—A veces veo a un señor alto. O a veces hay un señor cerca de la ventana, pero no me gusta. Me da miedo. El señor alto una vez estaba en la sala, a veces está en la cocina.
Supuse que el hombre alto al que Joseph se refería era Hombre sombra; pero, un día entrando a la casa como a las 5:30am pasé por el pasillo al lado de la sala y vi de reojo a un hombre sentado en el sillón. Casi de un brinco me fijé en el sillón, pero, ya no había nada. Sólo un olor muy fuerte a tabaco.
Esa casa era rara, no había menor duda. Aquel hombre en la ventana del que Joseph me hablaba sí me dejó pensativo. ¿Quién podía ser? Constanza había dicho que la casa era de su padre, ¿entonces? El escuchar sobre un espectro que se asomaba en la ventana para ver al niño me hizo tener un terrible deja vú, y con mucha razón.
Cierto día en la noche me encontraba en la sala viendo la tele cuando escuché a Joseph soltar un grito desde su cuarto y bajar despavorido.
—¡¡¡Paaapii me quiere llevar, me quiere llevar!!!
Agarré a Joseph casi en el aire y me lo llevé alzado para la cocina.
—¿Qué pasó, Joseph? ¿qué pasó? ¿estás bien? —le limpiaba las lágrimas.
Él sollozaba agarrándome de la camisa.
—¿Quién es ese señor, Joseph? —insistí.
—Dice que quiere llevarme. Dice que tú lo conoces.
—¿Yo? ¿cómo sabe quién soy? ¿y por qué quiere llevarte?
—Él me dijo. Me dijo que me iba a llevar.
—¿No te dijo su nombre?
—Caim.
Las tablas del piso en la segunda planta comenzaron a sonar como si alguien caminara arriba. Se caían cosas y los juguetes de Joseph que tenían baterías comenzaron a hacer mucho ruido. A mí se me hervía la sangre en histeria.
—¿¡Caim!?
Instintivamente me llevé a Joseph en brazos hacia el corredor dónde nos sentamos por unos minutos mientras yo pensaba qué hacer. Le indique a Joseph que se quedara ahí un momento mientras yo entraba.
Faltaron dos escasos pasos para escuchar otro escándalo horrible arriba de las escaleras.
—¡Lárgate de mí choza, arpía! Mi madrina me habló de ti, yo sé lo que vienes a hacer, ¡y te lo advierto! ¡Si tocas a mi yerno o al chiquito me encargaré de arrastrarte hasta el infierno con mis propias manos! ¡No sabes de lo que yo soy capaz! Ni tú ni nadie me separan de ese niño. Los voy a hundir a todos los que quieren hacerles daño.
A mí me temblaban las manos y casi se me dormían las piernas subiendo las gradas del miedo. Arriba había un olor tan intenso a tabaco que sentí que tenía una rueda de puros encendidos a mi lado. Buscando entre la oscuridad algo que me dijera que estaba pasando y de quién había salido esa voz, me topé con aquella silueta masculina contra la luz de la ventana.
—Tú…Usted, digo… es… ¿Francisco?
La silueta empezó a reír con una voz fuerte y grave. El alboroto había terminado.
—El mismo, chiquillo. No tenga miedo. Yo vine para cuidar a Joseph, y en algún momento vamos a estrechar manos. Más pronto que tarde. ¡No tiene idea de lo cercanos que nos vamos a volver! Pero, no me diga Francisco, por favor, nadie me conoce por ese nombre.
—¿Cómo quiere que le diga?
—Brenner.
Sentí que algo tocaba mi espalda, como dando una palmada. Brenner se esfumó en dos parpadeos y la calma volvió a inundar la casa. El olor a tabaco se fue con él.
Barajé la idea de irme de la casa muchas veces, buscar un apartamento para mí y para Joseph y dejar esa vieja casa atrás. Lo único que Alice me había dejado eran los escuetos conocimientos de rituales, expulsiones y bases de un ocultismo que no me atrevía a usar de nuevo después de lo que había acontecido con Caim y Bruno a mediados del 2000.
Floy me volvió a comentar que su casa siempre estaría disponible para mí y para Joseph; le dije que aceptaría sólo si me permitía encargarme de, al menos, una parte de los gastos del hogar, y así, no sentir que me estaba aprovechando de ella.
Intenté en varias ocasiones contactar con Ernesto nuevamente; como estaba tan enfermo y Constanza aún no aparecía tenía que valerse por él mismo, y era común que no contestara las llamadas o no diera señales de vida por semanas.
En una ocasión me llamó en la madrugada para decirme que necesitaba hablar conmigo urgentemente, que era pertinente que llegara a su casa a buscarlo tan pronto pudiera.
—¿Qué es lo que necesita contarme, don Ernesto?
—Es algo muy importante, algo de lo que prefiero no hablar por teléfono. Trae a Joseph, por favor, quiero verlo. Quiero verlo a él y quiero verte a ti porque no sé cuánto tiempo me queda.
Intenté ir a verlo varias veces esa semana, pero, cada vez que llegaba me quedaba tocando el timbre por largo rato y nadie contestaba.
Luego de un par de semanas, y gracias a una llamada de Floy, quien me contó por boca de los vecinos, me di cuenta de que don Ernesto había muerto hacía unos días; que había amanecido tendido en la cama, aparentemente por un paro cardiaco, y que Constanza había llegado a la vela para después volver a irse sin dejar rastro nuevamente. Llevaba días muerto y no fue sino el olor del cadáver el que les indicó a los vecinos que algo andaba mal.
Entonces nos fuimos de la casa; ya no tenía razones para estar ahí, a fin de cuentas, la casa era de Constanza. Además, el trabajo y cuidar a Joseph sin ayuda de nadie se me estaba volviendo cada vez más complicado.