Anécdotas perdidas de Roth Mueller

XXI

Vivimos con Floy por varios años, hasta finales del 2013, para ser exacto. A mediados del 2012, cerca de agosto, Floy había sido diagnosticada con cáncer de mama.

Fue una etapa dura; en ese tiempo yo ya no trabajaba en el taller de motocicletas si no en un centro de atención al cliente. La ventaja de haber pasado a tener un horario de 6 horas era el poder descansar un rato y luego cuidar de Floy por el resto del día y la noche, hasta que fuera mi hora de irme.

Yo ya tenía 25 años para ese entonces, Dorothy ya estaba por cumplir los 21 y había retrasado el inicio de sus estudios universitarios debido al diagnóstico que habíamos recibido del oncólogo.

Floy fue operada en dos ocasiones, la primera para tratar de extirpar el primer tumor, y el segundo, un intento para detener la extensión del carcinoma al otro seno y al resto del cuerpo. Pasaron tres meses y, nuevamente, se detectó el mismo carcinoma.

Los médicos decían que el principal error había sido una detección tan tardía; que por esa razón el cáncer se trasladaba con tanta facilidad y rapidez.

Para finales de ese año, Floy ya se encontraba en la etapa 4 del cáncer. Las células cancerígenas se habían trasladado a la pared ósea de la clavícula y el pecho. Ella decidió que pasaría sus últimos meses en la casa, ya que el hospital le parecía un lugar demasiado triste. Todos estuvimos de acuerdo con eso.

Tuvimos toda clase de conversaciones durante el día, o por lo menos durante la parte en la que yo no estaba descansando. A pesar del dolor que ella tenía que soportar día con día, su voz siempre era igual de dulce.

—Roth, sabes, he estado pensando en muchas cosas.

—¿Ah sí? ¿cómo cuáles, Ma?

—Cuando sea el momento, quiero que vendan la casa.

—¿La casa?

—Sí. Vendan la casa y se dividen el dinero en partes iguales. Quiero que Dorothy vaya a estudiar allá, a la universidad de Múnich.

—Entiendo.

—Dime, ¿te gustaría volver? No tiene que ser Sontra, ¿sabes? Puedes ir a Múnich con Dorothy. Joseph crecerá allá, estudiará allá, y…

—No Ma, yo no quiero volver. Yo me quedo aquí.

—¿Seguro?

—Sí.

—Es una buena oportunidad para los dos, Roth. Empezar de cero…

—Ya tuve que empezar de cero varias veces; cuando fui a vivir contigo por primera vez y también cuando me fui con Constanza y con Joseph. No quiero hacerlo de nuevo, más aun sabiendo que nadie estará esperándome allá.

Floy se puso triste de repente. Era natural que aún en su lecho de muerte, siguiera preocupándose por la familia.

—Estaremos bien, te lo prometo.

—Es que… no quiero que te quedes solo, ¿cuánto tiempo luché para impedir que eso pasara? Ahora, ya no puedo hacer nada para evitarlo.

—No estaré solo Ma, Joseph estará conmigo.

—Y tu amigo, el que es una sombra, ¿verdad? —sonrió.

—Sí mamá, jaja, él también.

Nos quedamos callados un momento, Floy estuvo pensando por unos instantes y luego retomó la conversación.

—Roth… ¿has pensado en… ya sabes, conocer a alguien?

—¿Conocer a alguien?

—Tienes derecho a decidir lo que quieras; no hay duda de eso, pero, no te sentaría mal que conocieras a alguien. Una compañera. Podrían ayudarse juntos, no sería tan cansado para ti cuidar a Joseph. Y bueno, siento que él necesita una mamá… eso es todo.

—No sé si es el momento…

—Roth, ya han pasado cuatro años desde que ella los dejó.

—Cuando me aceptaste cuidar, Frederick ya no estaba, y Hen, realmente nunca fue una figura en la cual pudiera apoyarme. Y, aquí estoy.

—Sí, y para mí fue muy difícil; por eso te doy esa recomendación. Te repito que está en ti tomar la decisión y hacer el intento. No quiero que te compliques de forma innecesaria, tienes derecho a amar y a ser amado; pero, de forma genuina.

—Voy a cambiarle el agua a las flores —respondí buscando concluir la conversación.

Siempre le mantenía flores frescas a Floy cerca de la cama, así su cuarto guardaba la esencia de estas durante varios días.

Ella pasaba su tiempo leyendo o viendo la televisión hasta que yo despertaba para cuidarla y conversar con ella. Siempre, al despertar, le llevaba el desayuno, ella me daba un espacio pequeño en la cama y comíamos juntos; siempre amanecía risueña, me pedía que la ayudara a bañarse y a vestirse, y recuerdo, cada uno de esos días, envolviendo su cabeza en diferentes pañuelos de seda floreados que ocultaban el efecto de una quimioterapia que no estaba dando resultados. Cuando yo me tenía que ir, Dorothy se quedaba cuidándola.

Recuerdo muy bien la última noche; y, francamente, una de las razones por las que me odio tanto es, por saber, desde que ella se despidió de mí antes de que yo entrara a trabajar, que sería la última.

¿Qué cómo lo supe?

Ella siempre se despedía de mí persignándome y dándome un beso en la mejilla; ese día, en cambio, se abalanzó encima de mí para darme un fuerte abrazo, me besó varias veces y acercándose al oído me dijo:

“Te quiero muchísimo Roth, quiero que sepas que te amo y que estoy orgullosa del hombre en quien te convertiste”.

Me fui al trabajo totalmente resignado y con el corazón en la mano, preparado para cualquier escena o llamado que surgiera.

Esa madrugada, mientras yo atendía a un cliente por teléfono, mi jefe me indicó por el chat que, en cuanto terminara la llamada, fuera de inmediato a su oficina.

Me senté en una silla fría frente a su escritorio para recibir la noticia del fallecimiento de Floy.

—Es sobre mi mamá, ¿cierto?

Mi jefa se quedó callada observándome unos segundos sin poder pronunciar palabra; después de balbucear un par de veces, se llevó la mano a la cabeza y se acomodó el pelo hacia atrás.

—Puedes desconectarte del sistema, te daré permiso para que te vayas temprano. Avísame si necesitas que llamemos un taxi… Siento mucho lo de tu mamá.

Me levanté de inmediato de la silla aturdido y algo mareado, me dirigí con paso rápido a los casilleros, tomé mis cosas y me fui al parqueo para esperar el taxi. En medio del frío del amanecer y la oscuridad de la calle, finalmente me tendí a llorar.



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En el texto hay: demonios, drama, paranormal

Editado: 25.04.2026

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