La muerte de Floy me cambió, no necesariamente de buena forma. Me retraje mucho y Joseph lo notó.
Comencé a tener problemas con la bebida; tanto así, que terminé despilfarrando una buena parte del dinero que había obtenido por la venta de la casa. Siempre me sentiré avergonzado por ello, pero, ocultarlo no implica que no haya pasado.
William y yo nos habíamos hecho muy amigos, incluso desde antes de que Floy fuera diagnosticada con el cáncer que acabó por llevársela.
Mi compañero había empezado a trabajar para esa oficina gracias a una beca de idiomas que se había ganado nadie sabe cómo; pasábamos todo el turno conversando sobre música, sobre la vida, sobre mujeres, sobre cuánto apestaba el trabajo y, de vez en cuando, sobre formar un grupo de investigación paranormal.
William, además de ser un grato compañero de trabajo, también era un buen consejero. Después de quedarme solo con Joseph, fue él quien me acompaño numerosas veces a beber; y, cuando sentía que era necesario, también me confrontaba.
Podía darme consejos estando en la oficina, hablando con susurros para que los demás no escucharan, o a gritos al oído, cuando nos encontrábamos en algún bar de la capital con música tan fuerte que no podías escuchar ni tus propios pensamientos.
Cuando llegaba a la casa, intentaba por lo menos llevarle algo a Joseph; un refresco, un slice de pizza fría, algún chocolate en barra o cualquier otra porquería que encontrara en las tiendas de conveniencia que permanecían abiertas a esa hora. Estando tan borracho y comprando cosas como esa, convencerme de que no era tan mal padre no resultaba tan difícil.
Si no se había quedado dormido aún, esperándome, asomaría la cabeza por la puerta del cuarto y se acercaría curioso para ver qué tan sobrio me encontraba. Yo me iba sobre él para abrazarlo, darle un beso en la frente y hablarle tan de cerca que sentiría el olor del alcohol con facilidad.
Sin mayor preocupación, llevaría diferentes mujeres a la casa, por las cuales Joseph me preguntaría después.
“¿Ella quién es, pa? ¿cómo se llama?”
“Una amiga. Se llama… ¿cómo se llamaba?”
Simplemente le indicaba que se fuera a acostar y a encerrarse a su cuarto, después de darle lo que sea que le hubiera comprado.
Recuerdo especialmente una vez en la que, totalmente ebrio, tuve la osadía de presentarme a trabajar como si no pasara nada (no fue la primera vez, y francamente, tampoco la última. Lo que pasa es que, en algunas ocasiones, ni siquiera lograba llegar a la oficina).
Me senté en mi silla e intenté, torpemente, encender la computadora y acomodar todos los papeles que habían dejado en mi escritorio. Mi organizador de escritorio se cayó, haciendo un desastre en el piso y dejando caer mis lapiceros, clips y otras porquerías que mantenía ahí.
Quedé de rodillas recogiendo todo para, momentos después, levantar la mirada y ver como William me observaba serio y algo preocupado.
—Roth, escucha, tienes que dejar de venir así.
Me había acomodado en la silla nuevamente y me reclinaba todo lo que podía, quedando casi acostado mientras lo veía hablar.
—Yo estoy bien. Lo tengo todo bajo control.
Will soltó una risa muda.
—Si me despiden buscaré otro trabajo, puedo volver al taller mecánico donde estaba antes.
—No me refiero al trabajo.
—¿Entonces?
—Hablo en serio. Si servicios infantiles se da cuenta de que dejas al niño a solas para ir a embriagarte, te lo quitarán y lo llevarán a un hogar temporal.
—No voy a dejar que me lo quiten.
—¿Cómo? ¿Te lo llevarás a otro país a escondidas? Te vi quemando el dinero de la herencia en alcohol y en putas; necesitas poner los pies en la tierra de una vez.
Hubo un silencio muy largo; casi como si todos los demás en producción hubieran colgado los teléfonos para escucharlo.
—Al menos, si vas a malgastar el dinero, asegúrate de pagarle a alguien para que termine de criar a tu hijo, ya que tú no lo harás.
William tenía razón; por más que me costara aceptarlo era verdad, tenía que empezar a controlar mejor mis acciones.
Pensando sobre todo esto mientras hablaba con los clientes, y maniobrando para poder escribir oraciones con sentido en una pantalla que se me movía de lado a lado, le prometí a William que intentaría erradicar el hábito con tal de mejorar mi rol como padre. No me dio respuesta, muy posiblemente porque sabía que en el fondo no sería capaz de hacerlo.
Acertó en parte. Es cierto que hice un esfuerzo enorme para no caer por completo en el alcoholismo, pero, hasta el día de hoy, hay ciertas ocasiones en las que pierdo el autocontrol.
Esa madrugada, ya terminado el turno y esperando el primer bus hacia la capital, William me volvió a advertir una última vez.
—Si no corriges ese problema, a Joseph le tocará recoger tu miserable cadáver de algún callejón. No quieres eso, ¿o sí?
—No, claro que no.
—Te puede resultar fácil haber escapado de la muerte que otros te han querido propiciar, pero, no puedes escapar de la que tú mismo te provoques.
Esa no fue la última vez que me embriagué, pero, sí fue el comienzo de un cambio que tuve que haber hecho mucho tiempo antes.