Anécdotas perdidas de Roth Mueller

Epílogo

Un día, por allá de febrero del año siguiente y después de embriagarme, conseguí hacer una llamada internacional; llamé a Oma. Si en San José eran las 8 de la noche, en Rosenheim eran las 3 de la mañana.

Con cierta dificultad tomé el teléfono, coloqué la tarjeta en el recibidor y marqué a la operadora. Una voz joven me preguntó a qué país quería hacer la llamada y si necesitaba de un intérprete; le dije que llamaría a Alemania, le di el número de Oma, cual por cierto había memorizado sin fallas, y esperé a que diera tono.

—¿Hola?

—Tengo el cuerpo de un cerdo. ¿Me escuchas chillar? —le pregunté mientras le gruñía a la bocina.

—¿Qué?

—Tenías razón, soy un cerdo… me los comí y aún tengo hambre.

—¿¡Roth!? Pensé que ya estabas muerto.

No pude aguantar la risa en ese momento; después de soltar varias carcajadas continué.

—Yo no. Tu hija y tu yerno sí. Y espero que también tú, tarde o temprano.

—¡Voy a notificar a la policía! —expresó la vieja en un alarido colgando el teléfono.

Volví a llamar, contestó la misma voz joven, le brindé el número de Oma una última vez y esperé el tono del teléfono. La escuché dar un respiro nervioso al levantarlo de la base; recordaba bien que ese teléfono estaba junto a su cama en una mesa de noche. Para esos años, el minuto de llamada internacional costaba unos 25 colones.

—Roth…

—No me hagas volver a Rosenheim. Todos en Sontra creían que yo estaba loco, pero, la verdad es, que la demencia es hereditaria.

—¿Desde dónde estás llamando?, malnacido infeliz.

—Desde la fosa común donde voy a enterrar tus restos. Porque, voy a ser muy sincero, me repugnaría mucho verte servida en un plato, hecha pedazos.

—Le diré a la policía lo que hiciste.

—Saluda a Schulz de mi parte, y hazles saber que no lo hice solo; diles que Dios me susurró al oído que lo hiciera, porque a él le repugnaba hacerlo con sus propias manos.

Y la llamada se colgó.

A veces imagino que Sontra aún debe estar cubierto de carteles con mi foto y la de mis padres, yo qué sé…Tal vez la oficial Schulz continúa buscándome luego de no haber llegado jamás a casa de mi “tío”, o ¿quién sabe?, es posible que el no encontrarme en alguna esquina de ese pueblo sea al fin lo que le mantiene tranquila.

Nunca le mencioné sobre el asesinato de mis padres a nadie del grupo, ni siquiera a William o a Joseph; francamente, una parte de mí aún quiere olvidarlo.

Otra parte de mí cree fervientemente que soy un monstruo, y, tal vez tenga razón. Al igual que Hombre Sombra, no fui forjado en la luz, si no en la ausencia de ella.

Creo que ya no quiero conocer el cielo, prefiero quedarme valsando en la oscuridad.

Fin.



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En el texto hay: demonios, drama, paranormal

Editado: 25.04.2026

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