Ángel

28

Sollocé y él se apresuró a tomarme entre sus brazos, cuidando de no lastimar a nuestro pequeño ángel. Coloqué la mano sobre su pecho donde pude sentir el latir desbocado de su corazón. Entonces la arrastré hasta alcanzarle el cuello para también fundirlo en un abrazo.

—Perdóname.

Shhh

No sabía cuánto tiempo permanecimos así, lo único que podía sentir era la paz que me alivianaba el alma y el ser testigo de cómo ambos le acariciábamos la cabecita a Ángel mientras él nos observaba como si fuéramos lo más maravilloso del mundo.

—¿Lista?

Asentí. Ramón agarró los bultos y coloqué a Ángel en la cuna portátil del escolta, quien nos estaba esperando desde hacía un par de minutos. Salimos de la habitación y tomamos el elevador mientras Ramón entrelazaba nuestras manos con firmeza. Con cada segundo, el bombeo de mi corazón se tornó frenético. Después de todo, el hospital era una burbuja de protección y si Ángel entraba en crisis, los doctores estarían junto a él en segundos.

Ramón me oprimió la mano y susurró:

—Todo va a estar bien.

Asentí si bien no estaba muy convencida. Respiré profundo mientras el hombre junto a mí, al parecer consciente de mis sentimientos, me sostenía con una ternura de hierro.

En el área de seguridad nos dieron el pase de salida tras comprobar que la pulsera en el pie de Ángel correspondía con el número en la documentación.

El golpe de calor fue violento, pero bienvenido. Agarré a Ángel y lo coloqué en el portabebés. En tanto ramón le agradecía al escolta por acompañarnos. Le dediqué al hombre una sonrisa porque el nudo que me atenazaba la garganta no me permitía hablar.

Una camioneta se detuvo frente a nosotros. Me cubrí la boca con una mano al ver a mi hermano y a Manuel bajarse. Miré a Ramón estrecharle la mano a Edgar con una sonrisa como si fueran los mejores amigos del mundo y mi amor por el chico de los ojos translúcidos seguía enrevesándose en mi corazón.

—¿Lista?

Me quedé pasmada ante el tono serio que me dirigió mi hermano.

—¿Con él todo sonrisas y a mí me regañas?

Ramón me rodeó de la cintura a la vez que fallaba en contener la risa. Le di un manotazo mientras Edgar permanecía con los labios apretados en una línea recta.

—Porque te conoce tan bien que sabía que pretendías conducir. Ahora, dame las llaves del automóvil.

Renuente le entregué las llaves y el giró para marcharse no sin antes dejarle una caricia en la cabeza a mi pequeño ángel. Fue el turno de Manuel de acercarse y en un abrir y cerrar de ojos me había quitado a Ángel de las manos.

Ramón colocó su mano en mi espalda, y sin permitirme protestar, me guio hasta la parte trasera de la camioneta. Al abrir la puerta, le dediqué una sonrisa a Sofía y ella me correspondió. Ramón deslizó su mano en un ir y venir en mi espalda y lo observé.

—Lamento no poder acompañarte, pero tengo que acompañar a mi paciente en las primeras veinticuatro horas.

Levanté la mano y se la coloqué en el pecho como si intentara quitar una pelusa inexistente.

—Pero te espero en casa.

No pude evitar desviar la mirada hacia sus labios mientras me humedecía los míos al sentirlos resecos. Me incliné, apoyándome contra su pecho con la mano. Las mariposas me revoloteaban en el estómago y los nervios eran una sensación dulce y bienvenida.

—¡Alto ahí!

Ambos nos sobresaltamos a la misma vez que perdíamos el color en el rostro. Giramos la cabeza y nos encontramos a Manuel con una sonrisa de oreja a oreja.

—Nada de besos hasta que pase la prueba del viejo.

—Manuel…

Pero él lo ignoró.

—Y usted, señorita, si es tan amable, súbase al automóvil. Tengo la certeza de que su hijo tiene hambre.

Y como si pudiera entenderlo, Ángel bostezó. Manuel se colocó entre los dos y Ramón me dedicó una mirada de resignación mientras yo me sentaba en el asiento de atrás.

—¿Se te antojan unos garbanzos con patitas de cerdo?

Manuel permaneció firme como un general.

—Mañana comeremos lo que desees, mi amor. Por hoy descansa.

Asentí y resignada le dije adiós con la mano mientras él me guiñaba un ojo y me dedicaba una sonrisa llena de promesas. Solo entonces Manuel me entregó a Ángel y lo coloqué en el asiento protector.

Observé a los hermanos dialogar. Ramón tenía los labios apretados en una línea recta mientras que parecía que a Manuel le contaban el mejor chiste del mundo.

—De seguro te preguntas que es eso de la prueba.

Sofía me dedicaba una gran sonrisa mientras entrelazaba el dedo meñique con la manita de Ángel. Asentí y ella rio.

—La mujer que pretenda a un Ríos tiene que recoger un almud de café y un saco de chinas en la finca de su padre. Eso incluye picaduras de abayardes[1] y avispas.

Se me desmesuraron los ojos tras escucharla.




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