A las once de la noche Lucía despertó con mucha sed y fue a la cocina para beber un poco de agua. Al dirigirse a la cocina, recordó lo que había hablado con Sofía y que tenía razón en que necesitaba ayuda profesional para superar aquel suceso que aún la tiene marcada. Por lo que fue a sacar el celular de su abrigo y empezó a revisar a algunos psicólogos para concretar una cita, de pronto escuchó el sonido de fuegos artificiales y se asustó y tiró su celular. Se agachó para recogerlo y fue cuando vió la tarjeta que le había dado la señora Marcela, procedió a tomarlo y vió que tenía unos detalles interesantes, por ejemplo, que la tarjeta tenía un marco dorado con motivos florales o art nouveau que le dan un toque vintage. En la parte superior está una imagen de una ilustración dorada estilizada de un cuenco o palangana llena de un líquido del que se elevan espirales que parecen humo, el cual le añade estética general de lujo y sofisticación. En el centro de la tarjeta, en una tipografía elegante, se lee "Gloriosa Sazón" en letras mayúsculas, seguido de texto adicional en un estilo de letra más pequeño que dice: «Antes de juzgar a una persona, camina tres lunas con sus zapatos».
—¿Por qué me tocó esta frase? ¿querrá decir algo acaso? —preguntó Lucía muy confundida, pero al voltear hacia atrás, notó una luz débil que se asomaba por su ventana que se encontraba abierta, algo que la asustó mucho y agarró un libro que tenía en la mesa y caminó despacio hacía aquella luz. A medida que se acercaba, la luz se hacía más intensa y eso no le permitía ver con claridad quién estaba allí y eso aumentó más su temor. Mas cuando abrió la cortina, la luz se desvaneció y sintió un aire muy frío, lo cual conllevó a que cerrara la ventana y volviera a meterse en la cama…
Amaneció y el cielo volvió a teñirse de gris, aunque los vientos fríos pararon y las personas volvieron a tranquilizarse. Lucía decidió no ir a la universidad y tomó la decisión de hacer una visita a su tutora, aquella persona que estuvo a su lado durante toda su infancia y adolescencia y que no veía desde la mudanza a su departamento. Ella le había proporcionado su tarjeta donde contenía la dirección de su consultorio por si quería hablar sobre algún tema que le genere incertidumbre. Lucía tuvo que tomar el tren de Amtrak porque donde estaba su tutora quedaba al otro lado de la ciudad, además la ayudaría a despejar su mente. Veía cómo algunos adolescentes hablaban de chicos y que sus padres no les dejaba ir a fiestas como a los demás y eso le causó un poco de envidia porque nunca pudo asistir a esas fiestas porque no tenía con quien ir y se sentía insegura de salir sola.
Después de una hora de viaje, llegó al pueblo y caminó durante veinte minutos y llegó a un edificio de ladrillo rojo de dos pisos con el nombre "Esperanza bajo la lluvia" en la parte superior. El edificio tenía un estilo clásico con columnas blancas en la entrada, un pequeño balcón en el segundo piso y algunos arbustos y flores plantadas en frente del edificio. Con un poco de temor, entró y buscó el consultorio número veinte que se ubicaba en el segundo piso. Los pasillos estaban iluminados y el color blanco hacía que parecía cálido el lugar, pero ella sentía que su mente se teletransportaba al momento del accidente y sus recuerdos se confundían con la realidad. Pronto entró en desesperación y su respiración empezó a acelerarse y sus oídos emitían sonidos agudos mientras que su cabeza comenzó a dolerle mucho. Lucía cerró sus ojos y se tapó los oídos para calmarse, pero fue en vano y generó que su cuerpo se desvaneciera y cayera al suelo y perdiera el conocimiento.
—Lucía —dijo una voz femenina que era muy dulce —¿me escuchas?
—¿Quién eres? —preguntó Lucía intentando abrir los ojos, y vio a su tutora que le acariciaba la cabeza suavemente. Tenía puesto un uniforme médico de color rosa, la tela era una filipina con cuello en V y mangas cortas, y un pantalón del mismo color. Debajo de la filipina, se podía ver una camiseta blanca de manga larga.
—¿Acaso no me recuerdas? —dijo con tono suave, pero alarmada y se levantó de la silla para buscar medicina, no obstante, sintió que alguien le tomaba suavemente la muñeca.
—Señorita Miller —respondió Lucía mirándola a los ojos y se incorporó del pequeño sillón en donde estaba y notó que a su alrededor mostraba un espacio interior moderno y acogedor. Cerca del sillón, había un sofá curvo de color crema, una mesa redonda con una bandeja y tazas en el centro, y un columpio colgante de mimbre naranja a la derecha, rodeado de plantas en macetas. Al fondo, había un mueble de pared verde con armarios y estantes iluminados, donde se exhiben flores y objetos decorativos. Las paredes son blancas, con una sección de azulejos blancos en la parte posterior y la iluminación es suave y cálida —¿Qué me pasó?
—Mis colegas te encontraron desmayada en el suelo y te trasladaron a mi consultorio, a veces atiendo casos como estos que por aquí son recurrentes —dijo amablemente y volvió a sentarse a su lado, Lucía tocó su cabeza y notó que tenía un golpe superficial, y luego volvió a mirar a la señorita Miller y se avergonzó de que la haya visto desmayada en pleno pasillo.
—Muchas gracias por…atenderme —la señorita Miller notó que estaba avergonzada y la abrazó con la mayor delicadeza posible, y Lucía no lo rechazó.
—Creí que nunca más me volverías a contactar, a pesar de no llamarte siempre estuviste en mis pensamientos, eso nunca lo dudes —Lucía sintió un nudo en la garganta y de sus ojos comenzaron a caer pequeñas lágrimas.
—Lamento no haberlo hecho durante todo este tiempo, pero…—ella ya no pudo continuar hablando porque sentía que se le entrecortaba la voz, la señorita Miller tomó su mano y le indicó que la acompañara a la otra parte de la habitación y le indico que se sentara en el columpio colgante.
—Veo que necesitas hablar conmigo, esos ojos me muestran una profunda tristeza y que has pasado por mucho.