"Ángel de la Guarda"

62: "Aceptar (Parte III)"

A medida de que el auto se acercaba al hospital, Lucía sentía que sus emociones se desbordaban por completo. Sus recuerdos empezaron a invadirla y desestabilizar la poca tranquilidad que le quedaba. No obstante, sintió una mano suave que tomaba su mano derecho. Al alzar la mirada, su tutora la observó con una mirada compasiva, tal como lo haría una madre preocupada por su hija.

—Lucía, veo que estás pálida —su tutora le tocó la frente y tomó su pulso para descartar alguna infección que tuviese o algún malestar como gripe, pero no encontró nada significativo —si esto es muy duro para ti, será mejor que lo aplacemos por hoy.

—Pero yo quiero hacerlo señorita Miller, de verdad que necesito dejar todo atrás, porque de alguna manera me siento estancada y sin poder avanzar como quisiese —dijo Lucía desesperada, pero su tutora negó con la cabeza.

—Te entiendo Lucía, sin embargo, no debes presionarte…—respondió en tanto le tomaba ambas manos y la miraba fijamente —recuerda que la recuperación no se trata de hacerlo en el menor tiempo posible, sino de hacerlo correctamente porque es un proceso y debe hacerse bien.

—Agradezco su preocupación, no obstante, quiero hacerlo…—contestó decidida, entonces la señorita Miler sacó de su bolso dos objetos y se los entregó.

—De acuerdo, entonces te daré esto para iniciar.

—¿Cuaderno y lápiz?

—Así es, cuando lleguemos al lugar te voy a indicar lo que vas a hacer —el taxista frenó de golpe y les indicó que a partir de allí, debían seguir a pie porque el camino se encontraba cerrado por la construcción de una nueva carretera que conectaría el pueblo con la ciudad. Ambas bajaron del auto y caminaron por diez largos minutos, mientras que su tutora le indicaba que al llegar al hospital debía recordar los buenos momentos que pasó junto a ella. Además, debía desahogarse escribiendo todo lo que pensaba en dicho cuaderno, debía decir todo lo que se le venga a la mente cuando pisara dicho lugar —no entrarás al hospital directamente, será paso a paso.

—Entonces, no necesariamente debo entrar, ¿cierto? —preguntó un poco abrumada al regresar a aquel hospital.

—No necesariamente, cuando te sientas lista entrarás poco a poco y cada cosa que recuerdes, sea negativo o positivo, escribelo —dijo la señorita Miller sonriendo. Lucía se sintió más confiada y con solo acercarse, sintió que muchos recuerdos de aquel día la invadían. La tutora lo notó y le indicó que se sentará en la pequeña banca que aún se mantenía en pie y cuando se sintiera lista, escribiera todo lo que siente en ese momento.

Lucía, al cerrar los ojos, pudo recordar aquel día del accidente y que en el lugar había mucho ruido de sirenas y personas asustadas mirándola en tanto la sacaban de la ambulancia. Recordaba que los doctores medían su pulso e intentaban estabilizarla con suero y oxígeno, mientras que a su tía la trasladaron a otra zona distinta y vió que en la puerta de la habitación tenía las siglas I.C.U (Unidad de Cuidado Intensivos). A pesar de que sus recuerdos eran borrosos, pudo escuchar que los doctores no tenían fe de que ella se recuperara al estar con fracturas en todo el cuerpo y que había perdido mucha sangre. Todo ello, Lucía escribió en el cuaderno y recordó los sentimientos que en ese momento sintió y los que sentía ahora, se encontraba abrumada, triste, culpable, confundida, entre otros. A medida que escribía, sus lágrimas no pararon de salir y también las escribió. Pudo recordar que su tía era la persona más alegre del mundo y que siempre cuidaba de ella y le contaba cuentos para dormir. A pesar de que ella se encontraba cansada de tanto trabajar para cuidarla, siempre tenía tiempo para ayudarla con sus tareas e ir a la iglesia a rezar. Todo ello, lo escribió y al fusionarse dichos recuerdos con el accidente, Lucía dejó de escribir y comenzó a llorar desconsoladamente. Sentía que si hubiese encontrado sus anteojos que ella le pidió para ver mejor, su tía hubiera visto aquel camión que venía frente a ella y no estaría lamentándose. Su tutora se acercó a ella y la abrazó como a una madre, le dijo que eso era todo por el día de hoy y que debían volver…

●●●●

Pasaron varios días y Lucía hizo el mismo ejercicio junto a su tutora y poco a poco desahogó lo que tenía guardado dentro de ella. Al leer cada una de las cosas que Lucía escribió, la señorita Miller empezó a ayudarla a canalizar dichas emociones y le hizo reflexionar de cada una de las acciones que hizo en el pasado y le ayudó a entender que algunos pensamientos suyos estaban errados. Durante todo momento, Lucía se mantuvo en contacto con Sofía quién le daba ánimos cada vez que hablaban y la señora Marcela le concedía permisos para llevar a cabo sus reuniones casi diarias con su tutora.

Con el pasar del tiempo, el cuaderno se llenó de escritos sobre todos los pensamientos que tenía Lucía en las terapias. Su tutora siempre le recordaba que toda terapia tiene su proceso y que no debía querer acelerar las cosas. Poco a poco los días se volvieron semanas y las semanas en meses. Lucía volvió a la universidad y esta vez decidió equilibrar su vida saliendo al parque y tomando descansos mientras estudiaba y se sintió más liberada. Cada error que cometía, lo escribía en su cuaderno de terapia y reflexionaba en cómo podría mejorar y canalizaba mucho mejor sus emociones. Entendió que el dolor era inevitable, pero el sufrimiento era opcional y por ello es que debía aprender a sobrellevarlo. Todos los amigos cercanos a Lucía notaron ese cambio y se alegraron de que ella ya no sea una chica tímida y aislada de todos, los maestros la reconocían al pasar los pasillos y al ir a su trabajo de medio tiempo, los clientes se sentían satisfechos con la sonrisa que ella mostraba y le dejaban propina siempre. Sofía y Víctor planeaban casarse dentro de tres años y juntos decidieron ahorrar dinero a su nombre en el banco y juntar cada centavo que ganasen trabajando. Finalmente, al acabar el ciclo universitario, Lucia se dispuso a escribir una carta a su tía y leersela cuando la fuese a visitar en su cumpleaños.




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