"Ángel de la Guarda"

63: Cartas (Parte I)

Era seis de septiembre, el sol brillaba con intensidad, pero sin quemar y el clima era fresco. Alrededor se podían ver las hojas otoñales recién caídas de los árboles, indicando que era la época otoñal en el lugar. En el lugar sólo existía el sonido del viento y al caminar se podía escuchar el crujido de las hojas. De pronto, salió una figura femenina con ropa blanca, saco beige y botines color caramelo; en sus manos tenía un ramo de flores blancas y una carta que había escrito a mano. Con paso lento pero firme se dirigía a una tumba en específico, aquel en donde reposaba en paz el cuerpo de una mujer de cuarenta años, pero que llevaba más de diez años fallecida. Aquella joven tenía la mirada fija y el sol hacía que se notaran el color avellana de sus ojos, su cabello lacio se movía conforme el viento soplaba y el lugar se sentía muy solitario, pero para ella era el mejor lugar y momento para estar sola.

—Tía, perdón por llegar tarde —dijo Lucía sonriendo mientras miraba la tumba y dejaba las flores en el pequeño florero que puso al lado de la lápida —me demoré caminando y calmando mis nervios al venir aquí, pero traje tus flores favoritas que son los tulipanes.

Lucía se sentó en el pasto junto a la lápida y recordó con mucha nostalgia los pocos recuerdos que tenía de su tía. Conversó de cómo le había ido en la universidad y que a duras penas pudo completar un ensayo y que gracias a la señora Marcela que no la presiona tanto en el trabajo, no se sintió tan preocupada. También conversó sobre las visitas que tuvo junto a su tutora y que pudo superar cada obstáculo emocional que se atravesaba.

—Y tía, ya pasó casi un año desde que no he vuelto a ver a Samuel, o mejor dicho, Sebastian y a pesar de todo lo que pasó…quiero cerrar dicho capítulo con él —habló Lucía mientras miraba el cielo —y tía, escribí una carta para tí…

Lucia se levantó y sacó del sobre dos hojas de papel donde se veía la tinta negra y con un suspiro, lo leyó en voz alta.

Querida tía, si estuvieras viva estaría celebrando tu cumpleaños con tu cheesecake de maracuyá, tu favorito. Estarías diciendo palabras alentadoras y dulces para que no me de por vencida. Cada recuerdo que tengo de ti lo atesoro con mucho cariño. Aunque no estés físicamente aquí, quiero que sepas que te amo y te extraño muchísimo.

Ella paró un momento de leer y sintió que se le formaba un nudo en la garganta, pero decidió seguir leyendo y hablando en voz más alta.

Soy muy consciente que tu partida me dejó un vacío enorme en mi vida y que nunca dejaré de extrañarte. A veces me duele tanto que siento que no puedo seguir adelante. Pero, en el camino conocí personas maravillosas que me han apoyado incondicionalmente y junto a ellos pude recobrar aquella fe que creí perdida. A pesar de que no venga a visitarte muy seguido, quiero que sepas que no te he olvidado ni un solo día. Siempre estás presente en mis pensamientos y en mi corazón.

Lucía cerró los ojos por unos minutos y prosiguió con la lectura, sin embargo, sabía con certeza que sus sentimientos iban a desbordarse en cualquier momento. No obstante, sabía que eso no debía ser impedimento para seguir hablando.

Yo, siempre me he culpado por lo que pasó aquel día. Lo recuerdo cómo si hubiera sido ayer y durante mucho tiempo he pensado en muchos escenarios en donde pude salvarte a pesar de mi corta edad y estatura. Desde poder encontrar tus anteojos a tiempo, decidir no ir a ver la película, de decirte que quería ir al parque, entre otras cosas más.

De sus mejillas se podían apreciar las lágrimas que caían de forma suave y pausada. Lucía dejó de hablar e intentó de forma muy torpe secar dichas gotas, pero fue inútil y decidió seguir hablando hasta que se entrecortada la voz, sabía que era el momento de soltar su pasado y debía proseguir hasta el final.

Yo durante mucho tiempo me culpé por lo que pasó, pero ahora entiendo que no fue mi culpa. Hice lo mejor que pude en ese momento y no podía haber hecho nada diferente. Era solo una niña y no tenía control de lo que pasaba en ese momento y…yo sé que nunca hubieras querido dejarme sola porque siempre me demostraste tu amor y querías lo mejor para mi. A través de esta carta, yo me libero de la culpa y resentimiento acumulado por tantos años. Yo quiero seguir adelante y ya entendí que todo lo que pasó en ese día no fue culpa mía ni de nadie y que sólo pasó y debo seguir adelante con mi vida. Elijo perdonarme a mí misma y buscar mi felicidad plena, porque sé que eso querrías que yo haga en este momento.

Sé que estarías orgullosa de mí por haber seguido adelante con mis estudios y por estar cumpliendo mi sueño de ser médica. Quiero ayudar a otros como tú me ayudaste a mí alguna vez curando mis heridas y tratando a todos con el amor que me brindaste. Sé que desde donde estás me estás cuidando y guiando. Por lo que hoy te hago una promesa: Yo, Lucía Tamaya prometo honrar tu memoria viviendo una vida plena y significativa. Finalmente, espero que estés en paz y feliz en donde estés. Que encuentres la luz y el amor que mereces por ser una gran tía y una excelente persona.

Con un respiro profundo, casi como exhalando su último aliento y al borde del llanto, guardó la carta y dijo las palabras más sinceras que había en su corazón.

Te envío todo mi amor y mis mejores deseos en este día especial. Que tu cumpleaños esté lleno de alegría y felicidad. Siempre te llevaré en mi corazón. Hasta que nos volvamos a encontrar. Te quiere mucho, Lucía…

Al terminar de hablar, Lucía sollozo con intensidad mientras miraba la lápida y se arrodilló frente a ella. Sabía que era el momento correcto de dejar atrás todo y dejó que sus lágrimas cayeran con mayor libertad y nada le importaba, si la veía alguien o incluso que la juzgaran, en ese momento ya nada importaba y dejó aflorar sus sentimientos en ese pequeño y simbólico acto.

De pronto sintió que el viento soplaba suavemente y levantaba las pequeñas hojas en el suelo e hizo que se formara una especie de aire mágico e iba en dirección hacía el cielo azul. Lucía seguía llorando y abrazaba la lápida con mucha más fuerza, quería soltar todo lo que tenía acumulado por años, y entonces fue cuando escuchó un susurro muy suave y dulce: yo también te quiero mi niña, cuidate…




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