Me senté en el sofá frente a la policía y comencé a contarles todo.
Ángela y yo somos amigas desde que nacimos. Nuestras madres se conocieron en la universidad, en el segundo año de medicina. Quedaron embarazadas casi al mismo tiempo, con solo dos meses de diferencia. Crecimos juntas. Vivíamos a una cuadra de distancia; por eso siempre venía a mi casa antes de que el autobús llegara a la parada, para subirnos juntas. Si una faltaba, la otra también.
Luego de graduarnos del colegio fuimos a la misma universidad: ella a la facultad de Ciencias Jurídicas, ya que desde pequeña tenía un gran sentido de la justicia y amaba ayudar a los demás si lo necesitaban. Yo, en cambio, entré a la facultad de Arquitectura. Prefería mil veces dibujar, me era más fácil entender un plano que a las personas.
Ese día habíamos salido temprano de compras. Ángela estaba cansada, más de lo normal. Un profesor la tenía bajo presión: debía entregar un análisis de un caso sobre un despido injustificado para aprobar el año. Lo mencionaba una y otra vez, como si el tema no le dejara respirar. Para distraerla, le hablé de una discoteca nueva que habían inaugurado hacía poco: Perla Azul. En redes sociales decían que tenía buen ambiente, buena música, un lugar para olvidarse un rato de todo. Como era sábado, le propuse ir a bailar. A las dos nos gustaba perdernos en la música. Ella prefería hacerlo con un par de copas encima, pero compartiamos el gusto por el baile.
Yo quería que salieramos solas, porque cuando saliamos de fiesta siempre habia alguien más, debido a que es una chica muy sociable: a donde iba, hacía un amigo. No era que yo antisocial, pero ese día tenía un presentimiento difícil de explicar. Una sensación molesta, como un ruido de fondo que no se apaga. Al final, solo invitó a su primo Daniel. Me caía bien. No bebía demasiado, no se descontrolaba, y con él se podía estar en una discoteca sin sentirse fuera de lugar. Además, compartíamos el gusto por una banda local, Spicy Jeez, así que siempre terminábamos hablando de lo mismo.
Mientras Ángela se maquillaba los tres nos pusimos día. Les conté que me habían aceptado para una pasantía en Londres y que estaba emocionada porque allá había una academia de baile muy conocida. Ángela habló de un par de citas recientes, sin entusiasmo. Daniel nos contó que se había cambiado de medicina a enfermería después de discutirlo mucho con sus padres, que al final aceptaron que eso no lo hacía “menos hombre”. Nos reímos. Nada parecía fuera de lugar.
Al bajar las escaleras de la casa de mi amiga vimos al padre de Ángela en el salón. Se ofreció a llevarnos y aceptamos. Ya en la discoteca, Daniel nos abrió paso entre la gente y la música a todo volumen. El lugar estaba lleno, el aire era pesado y vibraba al ritmo de las pulsaciones de la música. Ángela fue directo a la barra. Yo me quedé en la pista mientras que daniel tomaba fotos para compartirlas en sus redes sociales.
Debido a la aglomeración, ya no tenía vista de la barra donde estaban mis compañeros de fiesta. No me preocupé, pues ellos estaban juntos. No sé cuánto tiempo estuve sumergida en una especie de coma debido a la adrenalina de la música y el baile, pero cuando volví a la realidad, vi a Daniel bailando con una chica rubia, no muy lejos de mí. Sonreía, giraba, parecía normal. Entonces me di cuenta de algo que no encajaba. Si él estaba ahí, ¿dónde estaba Ángela?
Esperé a que terminara la canción y me acerqué. Me miró con una sonrisa cansada.
—¿Qué sucede, María? —preguntó, secándose el sudor de la frente.
—¿Ángela está en el baño? —dije, como si no tuviera importancia. Su expresión cambió apenas, pero lo suficiente.
—¿No estaba contigo? —preguntó, mirando alrededor.
Negué. No me preocupé demasiado, Ángela siempre desaparecía cuando salíamos y la encontraba hablando con alguien, en algún rincón.
—Debe estar por las mesas. Vamos a ver para asegurarnos de que no se vaya sin nosotros —bromeé, mientras rehacía mi coleta, que debido a las vueltas del merengue se había deshecho por completo.
Avanzamos entre empujones por la pista de baile hasta salir de ella. Revisamos una mesa, luego otra. Caras desconocidas, risas altas, vasos a medio vaciar. No estaba. Empecé a sentirme incómoda. Buscamos en los baños, en los pasillos, cerca de la entrada. Nada. Pensé que quizá se había perdido ya que esta discoteca era nueva para ambas, pero Ángela no se desorientaba con facilidad.
En medio de nuestra desesperación vimos a una chica de pelo azul, igual al de Ángela, salir por la puerta principal con un cigarrillo en mano, nadie sabía que ella fumaba, solo yo. Le dije a Daniel que no se preocupara, que acababa de verla. Mentí sin pensarlo demasiado. Él se relajó. Incluso quiso volver a bailar.
Pero algo no estaba bien. Yo lo sabía. Dejé a Daniel en la pista y salí para asegurarme de que Ángela seguía afuera, pero al llegar no había rastro de ella: solo un cigarrillo sin terminar en el suelo y marcas de zapatos caros. Me asusté. No le podía decir que vi el cigarrillo de Ángela sin acabar, porque Daniel la reprendería por fumar en cuanto la tuviéramos frente a nosotros. Volví con el primo de mi amiga y le dije que Ángela no estaba en ningún lado.
—María, no bromees con eso —me dijo, tomándome del brazo.
Mirábamos a todos lados cuando, de pronto escuchamos un grito que venía de atrás. Nos movimos hacia la puerta trasera. Había gente, empujones, murmullos. Y entonces la vi.
La chica de sonrisa radiante, una mujer con estilo e ideales propios...mi mejor amiga, mi única mejor amiga, yacía en el suelo. Su cabello estaba desordenado, su ropa sucia, tenia sangre en la cara debido al golpe que le arrebató la vida
En cuanto la vimos, me arrodillé junto a ella y tomé su cabeza. Le supliqué que abriera los ojos, pero no hubo respuesta. Un mar de lágrimas me amenazaban con salir. Daniel, a mi lado, corrió al interior de la discoteca y a los minutos una estampida de gente se amontonaba en el marco de la puerta. Sonidos de sirenas se acercaban. Profesionales, cuyos rostros no vi, me alejaron del cuerpo inerte de mi amiga. No quería, realmente no quería alejarme de ella, porque sabía que si lo hacía nunca más la volvería a ver.
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Editado: 13.01.2026