Capítulo 8| Salmo 22:13
Moira
—No soy adepto a las falacias, Moira. El sentimiento no corresponde a mi naturaleza —dijo Ramiel mirándome directo a los ojos y, quizá por la misma ingenuidad que había creído en las palabras de Azrael, quise pensar que esta vez no mentían—. Ahí dentro el destino espera por ti. Y no hay que tenerle miedo, Moira. Y si lo sientes, no debes preocuparte porque yo te acompañaré.
Ramiel se había ubicado delante de mí y, pese a que me miraba y esperaba que yo lo mirara de vuelta, los ojos se me desviaban detrás suyo. Allí, donde la que hasta esa madrugada había sido mi casa, mi refugio, me esperaba aquel «destino» incierto del que tanto pregonaba como mi camino. El dolor y la confusión me atravesaban el cuerpo con la misma fuerza, la misma presión enfermiza que caminaba por mis costillas, que se acentuaba cerca del cuello y que me causaba hastío cerca de la garganta, haciéndome salivar demás. Incluso con todo delante de mí, todavía quería creer que iba a abrir los ojos y que estaría de nuevo sobre el colchón aguado de mi cama, cubierta por las sábanas que me daban más frío que abrigo; que estaría ahí, renegando de la vida terrible que llevaba. Mi vida. No esto, no ésta. Que, más que realidad, se asemejaba a una pesadilla.
En la llamada, Patrick le había dicho al jefe Philip que la casa estaba intacta, que tras revisarlo todo, estaban seguros de que estaba mintiendo, que todo estaba en completo orden. Pero ahora, con todo delante, no podía preguntar sino la razón por la que mintieron tan descaradamente. Porque ahora lo veía, lo veía y casi me sangraban los ojos de la terrible escena que presencia; el lugar, al que reconocía como mi único hogar, no era más que una basta sombra de escombros, de polvo. Y, las paredes que todavía seguían en pie, habían quedado cubiertas por aquellos símbolos extraños que antes había creído simples rayones, ahora tenía la certeza de que no lo eran, porque brillaban y se movían como un animal vivo. Una cuerda larga de humo ascendía hasta los cielos, como si de una llamada de auxilio se tratara o, en el peor de los casos, de un aviso de cumplimiento. Eran ángeles, se presentaban como tal y, ¿a quién servían los ángeles sino al cielo? Los veía y el espasmo casi no me permitía caminar; los veía custodiando las sombras de lo que alguna vez había sido esa casa y me corría el escalofrío por todo el cuerpo. ¿Con qué razón y voluntad se convertían en mis verdugos? La mano de Ramiel se sumió con fuerza sobre mi antebrazo y casi me arrastró con él, para que caminara con la misma rapidez de sus pasos, al compás de su cuerpo. Ante la presencia suya, sus iguales iban abriéndonos un pasillo angosto por el que apenas podíamos ir sin chocarnos, pero no hacía falta que lo hicieran porque todos estaba mirándome y sentía que los ojos se transformaban en dedos largos que se estiraban hacía mí; dedos finos, mugres y malolientes que intentaban arrancarme un pedazo de carne. Había una similitud vulgar entre todos ellos y el mismo Ramiel, no solo por las vestiduras azules sino también por los rasgos físicos, por los movimientos. Como si él hubiera mutado, como si todos hubieran salido desde dentro suyo.
«Bienvenida, de nuevo», me dijo Ramiel cuando alcanzamos el umbral de la entrada a la casa, soltándome el brazo pero ubicando la manos sobre mi espalda baja y ejerciendo presión para que no retrocediera. Entra, me decía, entra Moira. No quería, no quería moverme más, ni dar ese paso adelante, pero tampoco podía hacer algo diferente; y quizá por la resignación o por la fuerza de Ramiel en mi espalda, no pasó más de un minuto cuando ya me vi dentro de la casa, asfixiada, sintiendo que el ligero roce del aire que venía de ahí dentro me quemaba la piel, me ardía la herida en la palma de la mano y me lamenté que de haber pronunciado el nombre incansablemente que de pronto parecía que no tener razón de ser. Había un pitido viniendo de alguna parte, un chirrido o un silbido tal vez, no lo sabía a ciencia cierta, pero estaba volviéndome loca.
Lo que encontré ahí dentro no fue muy diferente a lo que ya me había augurado el exterior. Más allá de la evidente pérdida material, el ambiente era otro, desde el olor a incienso puro hasta el aire comprimido que luchaba por inhalar, que pesaba, que estaba sucio y, en consecuencia, me ensuciaba desde adentro. Primero boca y la garganta, después los pulmones y, así iba esparciéndose hasta alcanzar cada gota de sangre dentro de mi cuerpo débil. Voy a llorar, a llorar contra mi voluntad. Los sollozos abandonaban mi cuerpo como quien busca libertad, uno tras otro iban saliendo y dejándome a mi suerte. ¿Por qué?, volví a preguntarme eso para lo que no tenía respuesta y me lamenté por muchas otras cosas que ya ni siquiera tenían sentido. El piso y las paredes estaban salpicadas por un líquido negro, espeso y de un olor putrefacto que me revolvió el estómago, provocándome un arcada y la advertencia sutil de Ramiel: «respira por la nariz y más despacio».
No importaba cuán lejos llevara la mirada, seguía encontrándome con la misma desolación: cocina, habitación. Lo que quedaba era tan poco que tener nada era mejor. El recuerdo de mi madre caminando alguna vez aquella estancia me golpeó, casi pude volver a verla parada en la cocina, gritando mi nombre para que fuera. La imagen me arrancó la poca fuerza que me quedaba y sentí que era incapaz de mantenerme en pie, que las piernas me fallaban y el cuerpo mío ya no lo era, que le pertenecía a otro. Y, cuando sentí que iba cayendo directo al suelo, las manos de Ramiel me sostuvieron, primero de las caderas, después desde los hombros y me obligó a mantenerme en pie, con la mirada en alto y, como testigo del atroz crimen que habían cometido contra mi memoria, mis recuerdos… mi propio pasado. «Por favor, por favor», conseguí susurrar, tratando de soltarme de su agarre y, al mismo tiempo, de no caerme.
#5738 en Fantasía
#1977 en Personajes sobrenaturales
angelesydemonios, angelesdemonios, seressobrenaturalesseresdeluzy oscuridad
Editado: 04.02.2026