Capítulo 9| Marcos 8:33
Azrael
Ver a Moira arrodillada delante suyo le despertó un sentimiento distinto, un sentimiento nuevo, ajeno, ignominioso; era como una corriente de placer que comenzó en la garganta, allí donde se refugiaban las palabras divinas y, después, se extendió por cada parte del cuerpo angelical; se calentaba, como si la piel fuera fuego vivo, como si estuviera caminando sobre el fuego del infierno. La voz que suplicaba, que emanaba de la garganta de aquella mujer, dueña de su deseo, como un manantial de agua cristalina, dominaba cada deseo naciente, creciente, instalado incluso. Y, casi sin poder evitarlo, aflojó el agarre en el cuello de aquella criatura abominable que sostenía entre sus dedos finos. Quería sucumbir, ceder y someterse a la petición, dejar que el cuerpo respondiera a las provocaciones que nacían en el centro del pecho, quería sentirse poseedor no solo de la masa física sino también del alma misma. Fundirse con ella, en ella, con ella y en ella para la eternidad infinita.
Se dijo así mismo que aquello no era una pérdida sino una revelación, pues ella le mostraba lo que en el Cielo intentaba esconder. Había perdido la gracia divina y no existía forma de recuperarla. El único camino por el que ahora podía transitar era el del pecado. Pero el pecado no era otra cosa que la verdad misma, esa que ella tenía inscrita en los ojos, en la piel, en los labios, en el sexo. «Es a mí a quien quieres, y me tienes justo aquí, a tus pies, y no voy a ninguna parte, no estoy corriendo ni escondiéndome», le decía Moira y él lo entendía como la revelación misma. Le ofrecía tomarla y llenarse de verdad, descubrir el engaño del creador y volver al camino.
Deslizó los dedos por la mejilla de Moira, enrojecida y húmeda por las lágrimas, despacio, con una ternura amorosa. Lloraba con ahínco y de los ojos le brotaba un mar nuevo, vida nueva. Ojos del pecado, pensó Azrael, el nuevo mundo nacerá abrazado de la verdad. Infinita, le parecía tan imperecedera. Infinita y llena de gracia. Tenía la piel suave al tacto y desprendía un aroma exquisito, le pareció que le recordaba al de Dios, al de su antiguo Dios… el mismo que desechaba por ella. Descendió los dedos, extendiendo la caricia hasta alcanzar el borde del mentón y, ahí mismo, lo apresó con cuidado entre sus dedos, para obligarla a mirarlo. Le gustaba el miedo que veía en las pupilas de Moira, le gustaba más saber qué era él quien lo causaba, porque ella, infinita, se sometía a ese mismo miedo y suplicaba. Pues no había mayor y más pura muestra de adoración que el miedo.
—Te concedo la razón, Moira —dijo saboreando cada palabra, como alimento para el deseo—. Te veo. Estás aquí y eres mía. Mío es tu cuerpo, tu carne y tu espíritu. Pero debes ser abnegada con las palabras, en las súplicas. Hay que rezar, rezar con fuerza por lo que se desea. Repítelo, me es suficiente con escucharlo una vez más.
—Estoy aquí y soy tuya.
Al escucharlo dejó caer el cuerpo del engendro al piso, que apenas mantenía un hilo de aliento, con el rostro amoratado e hinchado. Moira se apartó de sus pies, entonces, para socorrerlo. Azrael permaneció inmóvil un par de segundos, observando cómo Moira se arrastraba por el suelo hasta alcanzar a la criatura aquella y, entre sus manos débiles, lo apartó hasta una de las esquinas de la estancia; arrullándolo y tratando de brindarle un auxilio que, bien sabía Azrael, no le hacía tanta falta. La escena no lo conmovió, contrario a eso, pensó que había sido demasiado blanco no solo al ceder a la súplica de Moira sino también por haber tardado en ejecutar al esperpento antes de que ella hubiera tenido tiempo para considerar suplicar. No era tiempo de arrepentimientos, pues el tablero en el que estaba había empezado a moverse y no podía esperar a que otros le tomaran ventaja.
Ramiel lo observaba receloso unos cuantos pasos atrás, con la ira brincándole en los ojos y quemándole la piel. Azrael no sentía preocupación mayor por lo que él pudiese hacer, pues bien confiaba en la influencia que ejercía sobre él, en que podía dominarlo solo con un bocado de la verdad revelada; Moira era una luz tan brillante, imposible de ignorar, que había sido fácil apartarle la venda de los ojos. Lo envió en su búsqueda porque sabía que no iba a poder resistirse, que pelearía las batallas necesarias para retenerla cerca, aun cuando no pudiera poseerla como él lo haría, pues le era suficiente la presencia. Era suficiente con el deseo que no se apagaba y que, del mismo modo, se acrecentaba con la esencia de la que estaba impregnada el aire.
Miró una vez más a Moira vistiendo aquel color del pecado; era suya, lo pensó una vez más antes de conseguir caminar para apartarse. Y, entonces, dirigiéndose a Ramiel le dijo, pues ya previa lo que se estaba guardando como reclamo: «El engendro vivirá mientras así yo lo disponga. Conserva tus palabras, pues estás preso de la iracundia y solo te enferma».
—No es mi intención poner en duda tus formas, Azrael —dijo Ramiel bajando ligeramente la cabeza.
—Mantén la firmeza y vigílalos —dijo Azrael, poco convencido de lo que escuchaba.
Aun así, no creía necesario enfrascarse en reclamos por la falta de sinceridad, no cuando surcaban los límites de lo prohibido y eran aliados los que necesitaba. Abandonó Azrael la estancia sin mostrar mayor apego; a su paso vio la sangre y los restos del hombre al que habían dado muerte y algo dentro suyo se agitó. Pues no se trataba del presente sino del pasado, era una brisa fresca que cargaba con un pensamiento tan viejo como él mismo; pensó en los milenios de existencia y lo insulso que le resultaban ahora. Nunca había sentido tanto desprecio por la creación divina como hasta entonces, los humanos de Dios no eran tan maravillosos como se les retrataba, él los conocía bien y los vivió como nadie. Estaban podridos, inútiles, dañados desde el comienzo del mundo; no comprendió la podrida fijación que había puesto Yhwh sobre ellos.
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Editado: 20.02.2026