Capítulo 10| Mateo 16:24
Af
Af no reconocía hacia donde lo estaba guiando Any y no era que confiase en ella precisamente, pero no le quedaban más opciones que ir yendo tras ella. Llevaban poco más de un cuarto de hora caminando dentro de Saint Mary sin ser vistos por los pocos habitantes que se habían cruzado; hombres, creación de Dios, iban ajenos a la tormenta que se desataba a su alrededor. Aunque eso en sí mismo le resultó de lo más extraño, pues aquel era un sitio de movimiento, de flujo constante. Casi nunca estaba vacío, pues atraía a extraños y a conocidos, a los mundanos y a los santos. Pese a que era un pueblo de lo menos presuntuoso y él los conocía por montones, había allí un punto místico diferente, lo sentía aparte de aquel proveniente de Moira.
Los humanos eran conscientes, era lo que creía Af y muchos otros demonios, conscientes pero de una singular manera, como si en ellos habitara la certeza de todo lo que se gestaba, de que había más que ellos mismo, eran, en igual medida, incapaces de quitarse la venda de los ojos y ver la verdad de su existencia.
La calle principal iba quedando atrás a medida que alcanzaban y, pronto, Any le indicó el nuevo camino por un lindero que los estaba llevando al extremo contrario de donde yacía Azrael y los suyos. No se habían movido a ninguna otra parte ni parecían interesados en controlar las periferias de Saint Mary. Se concentraban alrededor de la casa y eso, para bien o mal, les había permitido moverse sin incurrir en mayor riesgo. Af, de todas formas, se mantenía en guardia y no tenía miedo de enfrentarse con algún ángel, ya lo había hecho y podría hacerlo de nuevo. Un ángel, que lo equiparaba en rango, no era un asunto difícil. Any, incluso y aunque le costase reconocerlo, poseía gran habilidad en la lucha, mayor con creces que la de él. Pero, en realidad, no era eso lo que lo tenía inquieto, sino más bien lo que traía consigo el aire, como una fuerza de atracción, que los rodeaba y los llamaba; clamaba por ellos con fuerza.
En el aire, su nombre seguía escuchándose como la voz misma de la tierra; Af, Af, Af. Era lo que escuchaba y se preguntó si es que Any no podía, si ese llamado solo estaba dispuesta a ser escuchado por él. Af sabía que se trataba de Moira, era lo mismo que había sentido antes cuando la había visto. Aunque ahora se expandía por todos lados, se movía con el viento y con cada segundo que pasaba se hacía más y más fuerte, y él ya no tenía mayor control sobre su voluntad; podía entender por qué Azrael, del Cielo, actuaba tan irracionalmente, por qué estaba siendo consumido y corrompido por todo lo que nacía de ella o, quizá, por ella misma.
Af pensó que era ese mismo llamado el que lo había impregnado de fuerzas. Fuerza para no desviarse del camino, de no ir en busca del origen y sucumbir. Como si, más que sometimiento, se volviera dualidad. Una que le permitía inclinarse y ceder ante el deseo profundo. Le sorprendió que Any también siguiera firme, porque aquello que se sentía era terrible al punto en que se volvía doloroso de soportar. Lo rompía desde adentro y, después, el exterior se agrietaba; la sensación le recordaba a una que conocía de antes, de muchísimo tiempo, aunque esta era más intensa, tenía más fuerza.
—Es casi un hedor, uno menos pestilente, pero de la misma forma un hedor. Siento que vuelvo al nacimiento del Averno, a cuándo todo estaba en descontrol, como si algo se hubiera roto y se mezclaran, que todo se mezclara —dijo Any de pronto, casi como si hubiese dado con los pensamientos de Af—. Comprendo la asidua insistencia de Baal.
Af no le dijo nada, aunque en el fondo lo tranquilizó que hubiera consenso entre sus pensamientos. Tampoco esperaba mucho de Any, más allá de la ayuda que le había ofrecido voluntariamente. Eso, en cierta parte, lo mantenía alejado de sentirse en deuda con ella, aunque tampoco creyese aquello como un acto de fino altruismo. Any también esperaba algo del encuentro con Moira, también estaba siendo arrastrada por su fuerza, casi sometida a cumplir una voluntad diferente a la suya. Aunque ella no fuera capaz de reconocerlo en voz alta. Af seguía sin entender el motivo, pues sentía hondamente la pérdida del sentido, de la razón; dejaba de ser sujeto y se volvía objeto. Uno que buscaba, con propósito, el origen. «Escuché cuando Baal asignaba la tarea a Acham», dijo Any, «he escuchado muchos secretos en el Averno, Af. Desde el primer instante supe que algo más grande se escondía». Af pensó que la fuerza de Moira se parecía mucho a la que Estrella de la Mañana esperó por siglos para, al fin, conseguir levantarse contra aquellos que lo habían desterrado del Cielo.
—Va a traicionarlos —Any continuó hablando—, no aceptará que se queden con ella. Mucho menos que sea Abalán como nuevo señor del Averno. ¿Tú también vas a traicionarlos, Af?
Pese a que se limitó a mirar, no le respondió sobre un asunto que ya tenía muy claro. Era esa misma decisión la que lo tenía pisando la tierra, alejándose cada vez más del lugar que habitó por milenios y buscando entregarse a otros asuntos. Haber abandonado el Averno, justo después de la declaración de guerra, significaba que también Any era una traidora. No dudaba que ella lo tuviera presente, en que hubiera tomado el riesgo de igual forma, pues no estaba seguro qué cosas se movían en la individualidad. ¿Significaba eso que debía confiar? No se podía confiar en demonios, era más verdad que mito y, con Any, lo había comprobado. Engañaban los justos y engañaban los terribles, engañaban a todos: nobles, plebes y señores. Él había sido un engañador terrible. El mundo comenzaba a moverse y, quizá, aquellas cosas comenzaban a perder importancia; en cambio, importaba lo que tenían delante.
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Editado: 16.03.2026