Capítulo 11| Marcos 1:1
Moira
Chester abrió los ojos una hora más tarde, pero no parecía asustado sino más bien aliviado de estar mirándome la cara. A mí me invadió un alivio terrible el saber que no estaba muerto, pese a que las circunstancias en las que nos encontrábamos no eran menos favorables a la muerte. Seguíamos dentro de la casa, bajo la latente amenaza de ser asesinados a manos de cualquiera de aquellos que se hacían llamar a sí mismos «ángeles», de esos mismos que se vanagloriaban de una fe enfermiza y pretendían pasar por magnánimos, libres y salvadores. Esos que habían asesinado sin piedad alguna a Tomas y que nos subyugaban a su voluntad, como animales de presa. ¿Y para qué? Yo no tenía manera alguna de darles lo que sea que estuviesen buscando, no solo por mi ignorancia sino también porque se negaban a compartir conmigo, en voz alta, qué cosa era aquello. Me querían a mí. Era esa la única cosa que hasta entonces había expresado Azrael, pero ¿yo qué era? No era más que una mujer que no tenía nada, porque ni siquiera me tenía a mí misma, pues eso, ahora, me tenían ellos.
No era nada y no era nadie. Y su empeño en tomar esa misma «nada» se volvía un juego enfermizo, macabro. Uno donde yo no era más que objeto, campo de disputa.
Tenía la ligera impresión de que no había forma alguna en que otra lágrima saliera de mis ojos. Sentía la hinchazón de mis párpados y el calor sobre mis mejillas, un ardor más sutil, como si el llanto anterior me hubiera quemado la piel. Mis manos, con las que acunaban el rostro de Chester, eran una sombra larga de rasguños, de moretones y de la sangre de suya. Entre el shock del asesinato de Tomas y la posibilidad de perder a Chester había entrado en una especie de letargo en la que el dolor físico se convirtió en una constante ligera, soportable. Un dolor que era aplacado por otros dolores más terribles, aplacado incluso por la simple certeza de que, entre todo, era lo menos terrible que podía pasarme.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunté a Chester, procurando una voz lo suficientemente baja como para que los ángeles que nos vigilaban no consiguieran escucharme.
Algo había cambiado en su expresión, o quizá dentro de él, pues apenas podía reconocerlo. Era casi como si dentro de la casa se hubiese transformado en alguien más; se le habían borrado las arrugas de los años y las marcas del rostro, aquello no era un engaño de mis ojos ni del miedo. Lo veía y lo confirmaba, iba rejuveneciendo y, ante la totalidad de mi ignorancia, pensé que algo tenía que ver con la presencia de Azrael o Ramiel. Necesitaba, con una urgencia absurda, creer que era así porque no podía aceptar que Chester era otra cosa diferente al que toda la vida conocía. Y, de no ser porque no lo aparté de mí en ningún momento desde que había caído inconsciente, habría pensado que se trataba de otra persona, que buscaban engañarme. Bajo aquella premisa, seguí manteniendo la calma porque al final, se trataba de Chester, envejecido o no, había arriesgado su vida por intentar proteger la mía. Estaba ahí, entre mis brazos, me creía, veía lo mismo que yo y no dudaba. Confiaba en él ciegamente, pues no se trataba de aquella la primera vez que experimentaba su respaldo. Los desacuerdos pasados ahora carecían de importancia.
Después de unos segundos, y sin haberme dicho nada, se removió entre mis manos, apartándose, para después impulsarse y terminar sentado en la misma posición en la que yo estaba; espalda en la pared, manos inmóviles a los costados y piernas estiradas. El cuerpo desmembrado de Tomas estaba a unos cuantos metros de nosotros, como una advertencia tácita, una forma de aplacarnos. Noté que Chester lo miraba con una extraña calma, muy lejano al shock que en un principio experimentó. No mencioné nada al respecto porque a mí me pasaba lo mismo. La sangre y el cuerpo se habituaban y, eso en sí mismo, era terrible de admitir. Su expresión solo llegó a cambiar cuando sentimos las miradas frías de los ángeles, pues había en ellos un repudio que no pretendían esconder. Más con él que conmigo, pero estaba y conseguía impregnarnos de esa incomodidad que no nos dejaba mantener la calma.
Fuera de la casa no había más que silencio y, ese mismo silencio que parecía calma, era la causa de mi tormento naciente. Azrael y Ramiel estaban fuera, y me pregunté la razón por la que ningún sonido se filtraba hasta alcanzarme. ¿Qué era lo que allí estaba pasando? ¿Cuál era el juego? ¿Qué escondían? Porque, pese a la revelación, seguían escondiendo algo. Habían dicho tanto, mencionado a tantos, que la claridad de los argumentos se habían vuelto difusas para mí. Pensé también en Baal, a quién insinuaron que esperaban. A otros tantos con los que esperaban llevar a término aquella glorificación de la que incesantemente hablaba Azrael.
—Siempre lo supe, Moira. Desde el primer momento lo he sabido —dijo Chester de pronto, unos minutos después. No me miraba a mí, parecía descarriado, todavía medio aturdido—. Saint Mary nos llamaba, tiraba de nosotros con una fuerza implacable, buscaba someternos y, una vez cerca, nos impedía marcharnos. Pero ahora entiendo que se trataba de ti no del lugar, de la anticipación a tu presencia y de tu presencia misma. Llegué aquí con el primer embarazo de tu madre y no necesité mucho para darme cuenta que todos los que ya vivían aquí se sintieron atraídos por lo mismo.
Lo escuché pasmada, sintiendo que la piel se me erizaba, que no podía respirar. El frío volví a sentirlo terrible, quemándome, metiéndose entre mi carne hasta alcanzar los huesos.
—¿El primer embarazo? —conseguí preguntar con la voz temblorosa.
#6201 en Fantasía
#2114 en Personajes sobrenaturales
angelesydemonios, angelesdemonios, seressobrenaturalesseresdeluzy oscuridad
Editado: 16.03.2026