Capítulo 12| Mateo 16:25
Af
Af nunca había hecho algo como aquello, que rebasaba sus propios límites. Y la urgencia que el momento exigía no lo dejó prepararse para lo que experimentó cuando el portal de la hechicera lo absorbió como si fuera la nada misma. Como una pluma cayendo al vacío, un peso muerto que caía sobre un hueco oscuro, profundo, insondable y silencioso. Para un segundo después expulsarlo con tanta fuerza que apenas había conseguido mantenerse de pie. Mareado, pero ya dentro de la casa, no tuvo tiempo para asimilar otra cosa, pues, al instante, escuchó un alarido que parecía desgarrarle la garganta a quién lo emitía. Y supo Af, enseguida, que no podía tratarse de nadie más sino de Moira. Lo supo porque lo sintió en el cuerpo, en la garganta misma, como si fuera la suya la que se hiciera pedazos, se desgarraba desde la lengua hasta el fondo de la garganta. Af sintió el dolor atravesándole las entrañas, rompiéndole el pecho, los huesos y doblegándolo como un sirviente más.
Allí dentro la energía que envolvía todo Saint Mary se concentraba, se fortalecía. Y, más allá del espasmo compartido con Moira, sintió que intentaba poseerlo, arrebatarle la conciencia y obligarlo a separarse del lazo que lo unía a ella. Era de ella. Pero no ella. No la misma. Era su esencia deformada, distorsionada, irreconocible. Af supo que, en medio de aquel mundo que pasaba en un parpadeo, debía aferrarse a la voz que le ocupaba desde adentro, como un cuerpo dentro de su cuerpo, que pedía por él porque, entre la Moira que lo llamaba y la Moira que desprendía aquella fuerza abrumadora, existía una abismal diferencia.
Se trató apenas de segundos, pues ahí dentro, en el centro del caos mismo, fue lo único que pudo permitirse.
Af intentó localizar desde donde venía el grito, pero cuyo esfuerzo fue en vano. No la vio. En su lugar, se encontró de frente con Ramiel. Lo vio, a pocos pasos de él, sometiendo a un Nefilim; reconoció el hedor de la criatura hincada, al ralis de la muerte, sangrando entre el filo de la espada del ángel. La impresión fue pasajera como hasta entonces habían sido todas. Af no se había cruzado con unos desde hacía muchísimo tiempo, pero allí estaba aquel y siquiera tuvo tiempo de pensarlo porque, un instante después, sintió como el filo de una lanza le rozaba la mejilla. Apenas consiguió esquivarla, moviendo ligeramente el cuerpo. El movimiento, aunque apenas sutil, terminó por haciéndolo chocar contra la pared adyacente. Af tambaleó, cubriéndose con su espada cuando despidieron en contra suya una nueva arremetida. Se cubrió y, con una agilidad que casi desconoció de él, pero que reconoció como venidera de Moira, de estar rodeado de su esencia, consiguió blandir la espada hasta darle muerte al ángel.
Af vio el cuerpo del Nefilim caer cerca de sus pies, todavía vivo. Entonces notó que la razón del abandono de Ramiel en contra de la criatura a sus pies, era porque se convertía él en su nuevo objetivo. Como un animal embravecido, una ente ajeno a la imagen angelical y sacra, Ramiel movió la espada entre sus manos y avanzó, dando pasos cortos, firmes, salvajes. «¡Mátalo, mátalo!», un instante anterior, la voz irreconocible de Azrael se había colado primero que su presencia, «¡Es un sirviente de Baal!». Pero no era esa la única voz que ordenaba, suplicaba o lanzaba injurias. Todavía en el suelo e incapaz de ponerse en pie, Af escuchó al Nefilim gritar agónicamente el nombre de la mujer cuya voluntad lo tenía allí: «Moira. Moira». La llamaba y no recibía respuesta. La llamaba, y entendió Af, ella estaba ahí mismo, esperando por él, solo debía encontrarla.
Más que gritos, aquellos parecían berridos de un animal, una bestia herida y moribunda. Supo que estaba ahí por ella, pero incapaz de transformar los gritos en algún instrumento que sirviera para ayudarla. En cambio, le salía sangre por la nariz y por la boca, lo iba ahogando poco a poco. Ramiel seguía siendo tan o más diestro de lo que recordaba. Af, como a todos, los había conocido en el tiempo de las guerras y atestiguó cómo servía con ahínco a la voluntad del Señor del Cielo. Por siglos se profetizó que, en la hora del nuevo juicio, sería Ramiel quien guiaría a los resucitados hasta las grandes puertas del paraíso. Pero Af comprendió desde el primer instante, que de aquel ya no quedaba nada, que Ramiel ya no era ese, que no era de Dios. La imagen que tenía enfrente era la de un ángel corrompido, que había perdido la gracia de ser llamado como tal. Incluso, para él, demonio desterrado del Cielo, le pareció encontrarse con un objeto dañado que no tenía lugar. Ni siquiera en el Averno.
«Moira»
«Moira»
«Moira».
El nombre se volvía eco y chocaba contra las paredes; vio a la criatura intentar arrastrarse hacía una esquina de la estancia. Af levantó la mirada en esa misma dirección y, durante un instante, le pareció que era allí donde lo esperaba. Ahí, justo ahí, un ángel se interpuso en su camino cubriéndole la visión y apuntándolo con una lanza. Ramiel blandía la espada, mirándolo con auténtico desprecio, aunque no fue el primero en atacar. Lo hizo el ángel. Af esquivó el primer golpe y ambos se enfrascaron en un duelo terrible, en el que no parecía haber un punto de quiebre.
Pasó poco antes de que la espada de Ramiel cortara el aire, atacando de nuevo, cerca del cuerpo de Af. Pero consiguió moverse con una agilidad que apenas podía reconocer como propia y que, comprendió, era lo que Moira estaba dándole. Que su fuerza venía de ella, que su voluntad se fortalecía en su presencia. Pudo librarse de los primeros ataques, pero se arriesgó a que Ramiel le encestara un golpe entre las costillas cuando dejó de esquivarlos para cortarle la cabeza al otro ángel. Lo hizo, pero le costó salir disparado hacía el suelo, con un dolor terrible cruzándole el cuerpo y dejándolo, por unos segundos, inmóvil.
#6425 en Fantasía
#2167 en Personajes sobrenaturales
angelesydemonios, angelesdemonios, seressobrenaturalesseresdeluzy oscuridad
Editado: 04.04.2026