Capítulo 13| Mateo 4:1-11
Moira
«Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén». La voz de mi madre me retumbaba en los oídos, en la mente y en el cuerpo, repitiendo una y otra vez la misma oración. Tan clara, tan clara que tenía la impresión de volver a ser niña y estar a su costado, con las rodillas en el piso, orando. «Amen», iba diciendo yo y, su misma voz, se sobreponía para comenzar de nuevo. Como si me dijera, no te detengas Moira, hoy más que nunca debes orar. Suplica, Moira, suplica. Quizá si pones el suficiente empeño va a mirar hacia ti, como el abismo, si lo miras demasiado te devuelve la mirada. Si oras suficiente a Dios, te devolverá la palabra.
«Padre».
De nuevo.
«Padre nuestro».
De nuevo.
«Padre nuestro que estás en el cielo».
De nuevo.
«Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre».
De nuevo. No termina, no te escucha si no pones devoción. Empéñate más, Moira, más.
Pero no se trataba solo de la oración y de la voz en mi oído. Era también la remembranza de la última noche que pasó viva, con la sutil diferencia que, esta vez, parecía ser yo quién iba siendo arrastrada por los dedos largos de la muerte. No tenía miedo sino que la ansiaba más que nunca, la ansiaba y, después de tanto, por fin sentía el frío comenzar a rozarme los tobillos y, desde ahí, iba ascendiendo por todo mi cuerpo; la ansiaba, pero sobre todo ansiaba que con ella viniese el alivio no solo al dolor físico sino también al de mi propia alma. Quería morirme y olvidar que alguna vez Azrael me tocó, que había estado dentro de mí y que yo le había pertenecido en más de una forma, porque más que por él, consiguió que sintiera repugnancia por mí misma y no quería seguir sintiéndolo. El hormigueo en los pies, los nervios vivos que me hacían temblar como respuesta al roce más ligero, el estómago hecho un nudo por el que no transitaba nada; el dolor natural al que ni siquiera podía conseguirle alivio.
Pensé que podía estar delirando, pues la voz de ella continuaba en el aire, moviéndose con al compás de los soplidos e intentando, en vano, arrullarme para que soportara la flagelación, y la marginalidad a la que Azrael me sometía. Una madre muerta, un padre muerto. Una hija muerta. Un futuro reducido a cenizas y, en medio de toda esa destrucción, una afirmación que se disfrazaba de excusa para cometer tales actos aberrantes. «La Hija de Dios», ¿de qué servía aquello si ahora estaba desprovista de vida, de libertad y destinada a la desgracia, en manos de quién se fungía como un ángel de aquel mismo Dios? «Padre nuestro […] venga nosotros tu reino; hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo». En la tierra como en el cielo. La voluntad de Dios. ¿Era esa la voluntad de Dios? Quizá sí, pues se Azrael había llamado a sí mismo el «nuevo Dios» y, solo se puede tomar asiento en una silla vacía. ¿Esperaba el otro Dios, mi padre, mi propia muerte? Quién está muerto no puede esperar nada.
Cuando las manos de Azrael por fin se apartaron de mi rostro y el peso de su cuerpo se desvaneció del mío, supe que mi martirio no acabaría tan pronto, que aquello era apenas el preludio de todo lo que ya había anunciado. No tuve fuerza siquiera para mantenerme en pie sino que, por nada más que física, mi cuerpo maltrecho se deslizó de la mesa y cayó al piso a los pocos segundos. El dolor era una cadena viva de nervios que me surcaba todo el cuerpo, desde la punta de los dedos hasta la coronilla. Sentí las náuseas cobrar fuerza cuando me encontré cubierta de sangre, de mi propia sangre.
Aunque ningún dolor fue tan terrible como el que sentí al darme cuenta de que Chester ya no estaba dentro de la casa. Ni él ni Af, porque pese a la confusión del momento en que apareció, sabía a ciencia cierta que no podía ser otro sino él. Lo sentí, como si mi piel vibrara, mientras la herida de mi mano se manifestaba como una advertencia sutil de su presencia. Pero sobre todo, hubo una certeza incuestionable. Aquel, al que apenas había visto moviéndose como una sombra, esquivando las arremetidas salvajes de Ramiel, no era ninguno otro sino Af. El Af al que yo había llamado. Y el que respondió. Pese a que ya no estaba ahí y yo seguía a merced de Azrael, sola. No quise imaginar que estaba muerto. Ni él ni Chester, sobre todo que Chester estuviese muerto por mi culpa, cuando lo que lo movió no fue más que su innato deseo de protegerme. No podía ni quería cargar con la culpa de una muerte más y solo trataba de aferrarme a la idea de que habían escapado, sin importar lo que eso significase.
Ramiel seguía en pie, intacto.
—¡Estaban ahí, ahí mismo! —Escuché a Azrael gritar, rompiendo con mis pensamientos y apagando, instantáneamente, la voz susurrante de mi madre—. ¿Dónde? ¿Dónde?
Mi cuerpo había caído sobre los escombros del suelo, desde donde conseguía ver solo los pies de Azrael, Ramiel y alguno otro que no reconocía por nombres; los pies y los cuerpos muertos que me devolvía la mirada, con ojos vacíos y absoluta desolación. Veía la punta de la espada de Ramiel, teñida con sangre. Estuve a punto de gritar cuando noté que, a pocos centímetros del filo, yacía un brazo que me pareció era el de Chester; una mano y unos dedos que había visto cientos de miles de veces. Me cubrí la boca con la palma de la mano y me encogí hasta que las rodillas me rozaron el pecho. Azrael no dejaba de gritar, destrozándome los tímpanos, ya no quería escucharlo ni a él ni a nadie más. Necesitaba sosegar mi propia desgracia y no podía ver más allá del cuchillo que asomaba del cuerpo de uno de los ángeles muertos, ese que estaba lo suficiente cerca de mí como para poder arrebatárselo y liberarme. Pero me sentía tan débil, que las fuerzas me abandonaban con cada segundo que iba pasando. Y, tan solo por un instante, me pregunté si es que aquel al que llamaban mi «Padre», atendería si clamaba por fuerza, si, como me lo habían enseñado, pedía con división iba a abrir un hueco del mismísimo cielo para arrancarme de las garras de Azrael, creación suya.
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Editado: 28.04.2026