Angels & Demons I (sacrilegio)

Capítulo 14| Mateo 27:46

Capítulo 14| Mateo 27:46

Azrael

—Vigila que Sariel haya seguido mis instrucciones y ubicado a sus abanderados donde debía —le dijo Azrael a Ramiel—. Y ve que todos estén alerta, presiento que Baal atacará en cualquier momento. Agradece, hermano, que por tu gran labor no voy a culparte por tan patéticas runas que, según tú, iba a retener a cualquiera de esos engendros.

—Un error del cual he aprendido —respondió Ramiel bajando la cabeza—. No volverá a ocurrir nada como esto.

—Por tu gracia deberá ser así, o será tu cabeza la siguiente que colgaré en una lanza como advertencia. ¡Desaparece de mi vista ahora!

Ramiel volvió a inclinarse antes de salir de la casa, dejando solos a Azrael y a la débil Moira que aguardaba en el piso, abrazándose a sí misma. Los cuerpos muertos de los ángeles ya habían sido retirados, incluso el del policía; aun así, no parecía haber un solo espacio que no estuviera manchado con sangre y el líquido dorado de los suyos, de los que sacrificaba por saciar el deseo que ya lo sobrepasaba, arrancándole cualquier rastro de la divinidad con la que alguna vez Dios, su Dios, lo había colmado. No le importaba perderlo, pues ahora se había hecho con algo que casi podía igualar al poder del creador; tenía a su hija, la poseía de todas las formas que cualquiera podía imaginarse y sentía como iba cubriéndose de fuerza y poderío, incluso más del que alguna vez llegó a percibir en algún otro ángel. Ya no sentía temor por él ni respeto, no lo adoraba como en antaño, despreciaba el hecho de que los hubiera privado de lo que había colmado a Moira, lo culpaba por lo que tuvo que hacer. Pues Dios no les entregó lo que merecían. ¿Para qué dárselo de nuevo a un hijo si habría de abandonarlos a todos, de abandonarla a ella en la tierra plagada de hombres, raza maldita? Comprendió, cuando estuvo en el cementerio, que Moira no estaba allí para salvar al mundo pues no había nada qué salvar; estaba ahí, parecía más, por simple deseo del Creador. Un deseo del que desistió incluso antes de que fuera llevado a término.

La hija de Dios ya no lo era más, ahora solo era la Moira de Azrael. Él era su señor, su dueño y único amo. Tomaría de ella todo lo que estuviera en su disposición y lo usaría para hacer sucumbir a todo aquel que quisiera enfrentarlo, les mostraría lo mismo que a Ramiel y Sariel, lo mismo que él vio y entonces se doblegarían ante el nuevo Señor, el nuevo Dios, Padre y Creador. Ni siquiera Metatrón o Miguel serían capaz de hacerle frente y, de ahí en adelante, todo el averno sería destruido. El mundo, los cielos y la tierra le pertenecerían, comenzaría con establecer un nuevo orden, ordenar el nuevo mundo; Moira sería su fuente y de su mano vendría el poder para acabar con todo.

Establecería el orden, borraría el libertinaje y cualquier otro favor otorgado a los humanos, marcaría el nuevo sendero y escribiría él mismo, las nuevas escrituras sagradas, donde fuera su nombre el que deslumbrara cuando se hablase del Creador. Moira era suya, le pertenecía y nadie iba a arrebatársela. Cualquiera que lo intentara caería como ya muchos hasta ese momento. Saint Mary muy pronto se convertiría en un río de sangre y muerte, donde caerían ángeles, demonio y humanos por igual, caería todo aquel que no lo reconociera como el nuevo Salvador, el verdadero Rey de Reyes y Señor de Señores, porque había conquistado la dicha y Moira era suya. Accesible a sus manos; lo que antes hizo con ella, utilizando la relación carnal como la forma fácil de hacerla sucumbir, funcionó y ahora la veía ahí, postrada y tan indefensa como la necesitaba. Ni siquiera el ridículo intento por recurrir a la muerte pudo apartarla de su lado. Ya nada podía hacerlo.

Azrael dio un par de pasos hasta alcanzar a Moira, se puso en cuclillas frente a ella y le apartó las manos obligándola a mirarlo. Tenía el rostro sucio y pálido, bajo los ojos unas manchas rojas por lo mucho que lloraba; a Azrael le gustaba cuando lloraba. Esa era una debilidad diferente, se volvía una niña pequeña, incapaz de poner resistencia. Seguía llevando el mismo vestido que él había buscado para ella, aunque lo que quedaban no eran más que retazos de tela que apenas le cubrían la desnudes del cuerpo delgado, huesudo. Le parecía perfecta y sobre todo suya, no dejaba de repetirse a sí mismo. De su cuerpo emanaba aquel olor que envolvía toda la habitación, a todo Saint Mary: exquisito y sentía la ferviente necesidad de poseerla de nuevo; ya antes había sentido una calma austera, pero comprendía ahora que el deseo no era solo sexual sino que de verdad necesitaba fundirse entre sus carnes, como si fuera la suya propia, removerse entre su piel y beber de su sangre. Como un propio gusano, un veneno que la contaminaba y se contaminaba.

Quería probar ese sabor y deseó, por un instante, sujetarla del cuello y con sus propios dientes arrebatarle un pedazo de carne, comer cada centímetro de piel hasta que Moira fuera más que solo materia física. Ella seguía mirándolo, pero no era desconsuelo lo que percibía en sus ojos sino más bien vacío; parecía un contenedor vacío, aun cuando estaba llena de tanta gracia divina. Le resultó irónico el empeño que parecía poner en el desaire. Quería atormentarlo, supo y no le permitiría tal cosa, porque era él quién tenía el poder sobre ella. Era ella quién lo había dicho, le había dicho «soy tuya», por su propia voluntad y no podía cambiarlo ya.

La sujetó por la mandíbula, acercando su rostro al suyo. Moira tembló entre sus manos, cuya piel se iba tornando oscura.

—Me perteneces —le recordó con bastante ahínco—, eres mía, Moira. Mía es tu gracia y es mi voluntad a la que debes obedecer. Dime, criatura desdichada, ¿crees que Baal o alguno de sus demonios será más benevolente contigo?




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