Angels & Demons I (sacrilegio)

Capítulo 15| Daniel 10:12-13

Capítulo 15| Daniel 10:12-13

Af

El cuerpo muerto del Nefilim terminó por ser cubierto de tierra; Af dejó a un lado las herramientas que había utilizado para cavar y contempló, por un instante, el terreno removido y que se convertía ahora en el lugar de descanso del que una vez llevó el nombre de Chester. Aquella criatura extraña, cuya creación era vista como una gran aberración para ángeles y demonios, le había salvado la vida y no solo eso, sacrificó la suya propia por la de Moira. Aunque no era eso lo único que ocupaba sus pensamientos, divagaba también entre sus propias conjeturas, entre las que incluía al que alguna vez, tiempo antiguo, consideró un amigo: Acham.

Af pensaba, dudaba y, se pregunta si es que Acham se había dado cuenta que se trataba de la Hija de Dios. ¿Lo había notado desde el principio o cuando estuvo al filo de la muerte? Que era ella el objeto de deseo de Baal y de Azrael, que estaban cometiendo la más terrible de las aberraciones conocidas tratando de poseerla. No podía estar seguro de qué había pasado los minutos previos a la muerte del demonio y qué cosas debió haberle dicho a Moira, pero, ahora lo veía con claridad, dejó para él la señal de que aquel era el camino de siempre había añorado con ímpetu arrasadora, el que alguna vez les prometió Estrella de la Mañana. Un camino que era ella misma y, si la alcanzaba, entonces su propia existencia cobraría sentido. Af tenía absoluta certeza de eso porque lo sentía en todas partes; en sus manos ahora manchadas de tierra, en la misma sangre que había derramado, en las heridas que se cerraban, en el aire que rozaba su piel y, en el olor que lo rodeaba. El olor de ella que no lo abandonaba, pese a sus fallos. Quería saber cómo lo veía Moira, más allá de aquel intento fallido por sacarla de la casa y, si es que percibía entre los dos aquella mística conexión de pertenencia.

Sobre todo se alegraba de que no hubiesen muerto, volvía a esparcirse por todo el aire su esencia y, sobre él, la sensación de una caricia gentil en la piel; no se lo había dicho a Any pero sentía que ella lo seguía tocando, lo tocaba de una forma abstracta, que lo envolvía y lo jalaba de nuevo hacia la casa. El llamado aquel, impregnado de desesperación, que sabía era una trampa puesto por Azrael; la usaba a ella para arrastrarlo a la muerte, la usaba porque era difícil, casi imposible, resistirse al llamado. Af luchaba cada segundo que pasaba para no ceder, aun cuando su mayo anhelo era estar ahí, con ella, para ella.

Af no apartó la mirada del montón de tierra ni siquiera cuando sintió la presencia de Any, quién se ubicaba a uno de sus costados. Se quedó en silencio y Af comprendió que no estaba allí para hablar sino para mostrar respeto al Nefilim de la misma manera que él lo estaba haciendo. Af, Af de Moira, honraba en su muerte el sacrificio. Miraba insidiosamente la tierra y pensaba en las cuestiones humanas que nunca le interesaron; lo cual, de cierto modo, era absurdo porque ella no era humana sino que era la Hija de Dios y, aun así, la sentía más cercana de ese modo. Frágil, inmaculada y etérea. Era todo eso en su humanidad, una que no poseía a ciencia cierta, pero que habitó por más tiempo del que fue Hija de Dios. Su propia moral estaba derrotada, era más bien eso lo que lo hacía pensar en los humanos, porque Moira debía reconocerlo así: derrotado. No le gustaba la idea y se instalaron en él preocupaciones, sensaciones y sentimientos que desconocía. Aunque no le eran ajenos por completo, pues los demonios, al igual que los ángeles, eran capaces de sentir en su gracia, en su misma forma, pero lo de ahora tenía algo de diferente, quizá porque estaban inyectados por el néctar de la divinidad suya, de Moira, invocadora de los más profundos sentidos y hacedora de las almas corrompidas. Algunas otras como la suya y la de Any, capaces de doblegarse y mantenerse firmes ante su verdadera divinidad.

Moira era más de lo que Azrael pretendía convertirla y Af podía entender qué era aquella humanidad, que no poseía completamente, la que terminó doblegándola ante él. El ángel conocía muy bien a qué estaba jugando y cómo ganar el juego sucio; aprovechaba sin alguna vergüenza los conocimientos del cielo para tomar una ventaja mayor sobre Moira y sobre cualquiera que la pretendiese también. Aunque Af ya no creía que siguiera siendo un ángel, no quería referirse a él así, sino más bien como la más baja de las criaturas, aquellas que no tenía cabida para habitar siquiera en las fauces más profundas del averno. No tenía lugar para existir más que dentro de sí mismo, en la podredumbre corrompida que ahora era y en la que pretendía encerrar a Moira. Su Moira, Moira porque ahora era su dueña. Pensar en aquello lo desequilibraba, dejándolo a merced de aquel llamado corrompido en el aire; pero tampoco podía tener pensamientos ajenos a ella, a su esencia misma, la anhelaba aunque con más calma y, solo bajo su propio llamado. Af no pretendía tomar nada que no se le diera, en cambio deseaba rendirse a sus pies y esperar que fuera ella la que decidiera qué destino merecía y, aun cuando fuera la muerte, lo tomaría con gracia.

La decisión era radical, porque comprendía esa como la única forma posible y, sobre todo, que antes nunca hubo otras porque su razón todavía no lo alcanzaba. Ella todavía no lo alcanzaba. Af sabía que nunca tuvo mayor certeza que esa y, entonces, actuaría en consecuencia. No importaba lo venidero siempre y cuando fuera bajo la mano de Moira.

Keira estaba a unos cuantos metros de allí, trazando runas en el suelo que iban levantando la protección alrededor del terreno donde aguardaban mientras decidían cómo seguir. Af, a decir verdad, no había pensado en nada en particular, pues la situación era difícil de abordar, eso sí era capaz de reconocerlo; hacía menos de cinco minutos había experimentado la terrible sensación de que Baal estaba en Saint Mary. Any también lo había sentido, aunque solo hubo entre ellos una confirmación muda. Contra él, un Duque del infierno, las protecciones de la hechicera no servirían más que para retenerlo por escasos minutos. Pero también era capaz de reconocer que si estaba en la tierra no era por ellos, esa era tarea de sus demonios, estaba ahí por Moira. Af consideró que Baal debió haber ascendió solo, sin ninguna consulta a Abalán y que aquello podía significar que estaba dirimiendo del acuerdo, que buscaría bajo su propia consideración hacerse con Moira. Para su propia sorpresa, aquello no lo inquietaba tanto, sabía que Azrael iba a pelear por conservarla y que, ante un eventual enfrentamiento entre aquellos dos, solo conseguiría brindarle a él una oportunidad.




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