Angels & Demons I (sacrilegio)

Capítulo 16| Apocalipsis 12:7-9

Capítulo 16| Apocalipsis 12:7-9

Miguel

«Moira, Hija de Dios».

Eso le había dicho Af, el demonio, que la «Hija de Dios» estaba ahí, apenas a unos metros de ellos. Y, pese a que estaba todo delante de sus ojos, Miguel sintió que no podía desprenderse de la sensación de engaño. Sentía que el demonio estaba mintiéndole, que lo inducía al error y él no conseguía evitarlo. ¿Era posible que algo así pasara?, ¿era tan ciego para no reconocerlo? Miguel tuvo la impresión de que un peso terrible caía sobre sus hombros, que las rodillas le flaqueaban y que la tierra bajo sus pies se partía en dos mitades para tragarlo.

No había visto algo así desde los tiempos de la caída de Samael y eso lo tocó muy profundamente. Se preguntó, de nuevo, cómo había podido gestarse todo aquello delante de sus ojos y no haber podido verlo, ni ahora aceptarlo. Y, aun cuando sus ojos bañados por la gracia de Yhwh, le mostraban aquella aberración, florecía dentro suyo la idea de que se trataba de la más vana e inocente de las equivocación y que, aquellos cuya existencia debía guiar, tenían una razón tras el pecado. En medio de esa absoluta claridad todo había perdido su forma y sentido, a raíz de que se trataba del más inesperado de los hechos: Dios, su señor, había enviado un hijo a la tierra por segunda vez.

Pero sin preparar a ninguno, sin cumplir aquellos sucesos profetizados por él mismo y ¿por qué? Miguel no consiguió responderse. Un secreto divino, una omisión terrible. En realidad, de lo único que le pareció podía estar seguro era que, lo que el demonio decía, iba acorde a la verdad divina: en el aire se sentía la gracia sagrada de su señor, pero él ya no estaba habitando el cielo. Ahora solo quedaba un trono vacío, una ausencia pesada y, con ello, una verdad todavía más honda. Yhwh se había marchado y nadie conocía donde se encontraba. Y esa esencia que se esparcía por el aire, que la sentía en la nariz, en la piel y que buscaba penetrar dentro del cuerpo divino, solo podía venir de una parte. De ella, su hija. La hija consagrada de Dios. Y ahora, un mar de Ángeles habían sido corrompidos por ella. ¿Dónde cambia tan inesperado suceso? Una revelación enfermiza, un hecho que nunca creyó llegar a presenciar, siquiera a considerar posible.

Veía a Ramiel, cuya labor designada por el Señor era la de traer en resurrección a todos los perdonados en el juicio final, luciendo ahora como una criatura rota e irreconocible a la gracia otorgada por el Cielo, con una forma física que disimulaba su esencia dañada. No los sentía como sus hermanos ni siquiera como iguales; todos aquellos provenientes del Cielo ahora estaban vacíos o en su defecto, contagiados por lo que sea que estuviera desprendiendo aquella Hija de Dios. Denotó la prevención, el deseo oscuro y el rompimiento de la esencia que los hacía divinos; no quedaba bosquejo alguno de lo que alguna vez habían sido los suyos. Vio a Sariel, cuya tarea era vigilar y cuidar del comportamiento de los humanos, ahora convertido en un verdugo, peor que cualquier otro que antes conoció. Y, hasta entonces, no había sentido sino una profunda consternación, pero cuando sus ojos divinos vieron más allá de las filas, un dolor casi agónico le traspasó el pecho haciéndolo creer, momentáneamente, que provenía de alguna herida del cuerpo.

Miguel nunca antes había experimentado el dolor y esa primera vez lo dejó en un estado desconocido, del que no encontraba forma de zafarse. En la distancia, allá sobre la tierra húmeda, reconoció un cuerpo decapitado y el charco de sangre que lo rodeaba. Era Raguel, amigo de Dios y velador del cumplimiento del deber de todos los ángeles que caminaban entre los humanos. Solo entonces comprendió la razón del silencio y la falta de apuro e intervención de aquellos que aguardaban en los cielos, la falta suya y su desconocimiento. Recordaba los nombres otorgados a cada uno de los ángeles que le devolvían la mirada desde las filas, armados todos, recordaba la creación y cuando les fue otorgada la gracia divina; cuando fueron enviados a cumplir con los mandatos sagrados de Dios.

Pero ahora estaban ahí, y no eran más que la sombra de la perversión que ya alguna vez se le ordenó exterminar. La gran diferencia radicaba en que ni Dios ni Lucifer estaban mediando la lucha; del infierno no ascendió Estrella de la mañana como hostigador, ni del Cielo lo enviaba Dios a él como Comandante regidor del orden sacro. No podía pensar aquello como una guerra de pares sino que se trataba de algo más, que iba más allá y que el objetivo estaba apuntando en otra dirección. El demonio le había dicho que era contra el Cielo, pero eso podía significar muchas cosas. La cuestión fundamental era ¿acaso la Hija de Dios deseaba tomar el lugar del padre en la ausencia?

Miguel experimentó una inusitada y súbita sensación de culpa.

Estar ahí le abrió el pecho hasta alcanzarle el alma, dándole acceso a un lugar que antes estuvo clausurado, y apenas pudo mantenerse firme porque la situación no le permitía flaquear. El demonio había mencionado a Azrael como la raíz del gran corrompiendo, acusándolo de hacerse con un poder que no le correspondía, pero no estaba entre las filas de ángeles y tampoco lo sentía, no lo sentía cerca y por más que buscaba no conseguía verlo. Miguel trató de llamarlo con los pensamientos, un intento que terminó en un rotundo fracaso pues había algo que lo detenía, se tratara de una barrera imposible de penetrar. Lo interpretó rápidamente como parte del encantamiento —se negó a reconocerlo como la gracia de Dios— que venía directo de aquella a quién llamaron Moira. Él mismo lo sentía, una leve caricia a la piel y un eco en el viento con palabras inentendibles o tan entendibles que era inconcebible que alguien las dijera. Una fuerza que llamaba, que lo llamaba a él y solo a él, que despertaba sentimientos y sensaciones adormecidas por Dios en la creación; Miguel lo llamó maldición y no pudo nombrarlo como nacido del Cielo, de su Señor.




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