Angels & Demons I (sacrilegio)

Capítulo 17| Juan 14:6

Capítulo 17| Juan 14:6

Moira

Las cadenas estaban cercenándome la piel de las manos, lo sabía, pese a que cuando bajaba la mirada hasta ellas seguía encontrándolas solo enrojecidas y apenas marcadas. Manchadas con sangre seca, por supuesto, pero ¿qué parte de mi cuerpo no lo estaba? Me cubría la piel una capa gruesa de sangre endurecida, mi propia sangre, la de Chester e incluso la de Baal. Toda aquella sangre derramada sobre mí como un recuerdo tácito de mi sufrimiento y de mi condena. Sangre de Baal, el mismo que había muerto a mis pies, a punto de tocarme, el mismo Baal que había conocido aquella mañana en la cafetería; un recuerdo que parecía no pertenecer a mis memorias sino a las de alguien más. Ya no era esa Moira, ahora era esta que no podía reconocerse, que se encontraba extraña en medio de un mundo más cercano a la fantasía que a la realidad, pero era real y yo estaba allí. Estaba allí y no podía cambiarlo.

Chester no estaba, Baal yacía muerto. Había caído tan fácilmente que me aterraba tratar de mirar al futuro con alguna expectativa. Las amenazas planteadas por Azrael iban cumpliéndose una a una, ¿cómo no iba a temerle? Me había arrancado de las garras de la misma muerte y con ello sepultó las últimas esperanzas a las que me aferraba. Temía ahora esperando el cambio del curso de mi suerte, temía por la vida de quién solo conocía de nombre y cuyo rostro apenas vi durante unos segundos, antes de que precediera su silencio. Temía por Af, porque todavía lo sentía vivo, atado a mí o yo atada a él. ¿Por qué debía creer que con él no me esperaba el mismo destino que con Azrael? No podía confiárselo y tampoco a mi instinto, ese mismo instinto que me hizo arrojarme sin siquiera dudar a mi propia desgracia.

—Está aquí, ha llegado —dijo Azrael de pronto, desde su esquina del salón, pero no me hablaba. No hablaba más que consigo mismo—. Está aquí por ti.

Levanté la mirada y me sonrió, noté en él la intención de venir de nuevo hacia mí, aunque al final no lo hizo, los pasos quedaron suspendidos en el aire como si algo lo detuviera. Lo veía y me causaba repudio, pues la fachada con la que me había engañado ya no existía y solo quedaba él, el que siempre fue. La piel que lo cubría iba cayendo al suelo, convirtiéndose en una masa podrida, deformándole toda la cara y entendí la transformación como el objeto del horror cometido. Se había dañado a sí mismo, seguía haciéndolo con sumo empeño, incitado al parecer por mí, por aquello que ellos decían era mi «gracia divina», pero yo no sabía cómo detenerlo. No sabía nada más allá de lo que mis propios ojos veían, aun así, seguían proveyéndome de dones y cualidades que solo le pertenecían y debían pertenecer al Dios, su Dios, al que en el pasado sirvieron. Milenios antes de que yo —yo— significara «sacrilegio».

Me cargaba de dones y divinidades de las que no tenía control, dones y divinidades que, en lo que a mí respectaba, estaban destruyéndome no solo el cuerpo físico sino también el espíritu, la mente y el alma. Me volvía una extraña en mis propias memorias, extraña al mirarme la piel, extraña e irreconocible ante el miedo y la fortaleza. Me arrinconaba dentro de mi propio cuerpo y entendía esa pretensión al ánimo de que me desollara, mutilara y desmembrara a mí misma, con mis propias manos, mi propia fuerza y que, desde dentro, apareciera aquella que ellos deseaban y esperaban, aquella que llamaban «Hija de Dios», pero no podía hacer tal cosa. Y quizá algo del sufrimiento iba a desaparecer cuando lo hiciera, entonces no era la voluntad lo único que le limitaba, era más bien la verdad. La única verdad que ellos se negaban a aceptar. Yo no era esa Hija de Dios, dotada de gracia divina, era solo Moira. Hija de mis padres muertos y dotada, quizá, de miedo.

—Está aquí —repitió Azrael y ya no sonreía, noté la misma expresión con la que había mirado a Baal los segundos que antecedieron su muerte—. Lo sientes, ¿no es así?

Quise negar, negarme rotundamente a lo que decía, pero me pareció que estaba ya tan perdido que no razonaría conmigo. No lo había hecho antes, cuando era ángel y no lo dominaba la corrupción, no lo haría ahora que era criatura ciega. No le respondí nada, y también tenía que ver con mi falta de seguridad sobre si hablaba de Af o de alguien más. ¿Esperaba él acaso que otro hiciera acto de presencia? Le hubiera decepcionado terriblemente escucharme hablar porque lo cierto era que no podía sentir nada diferente a mi propio dolor, como si mis otros sentidos se encontraran privados de utilidad, ni siquiera aquella divinidad de la que me suponían poseedora me permitía «sentir» algo ajeno a mi propia esencia. Quizá esperaba de mí un esfuerzo mayor, pero de eso solo sabía que perdía su tiempo. Lo que me había quitado, lo que me había hecho, era lo último que iba a quitarme.

Azrael soltó una risita y, de pronto, de la boca se le escurrió baba. Una baba oscura, viscosa y de un olor terrible. Tuve el profundo deseo de vomitarme ahí mismo, pero lo que consiguió calmar el malestar de mi cuerpo fue haber escuchado una voz proveniente del exterior. Una voz que yo no conocía. «Azrael», había dicho «Azrael». Era firme y pese a que no estaba gritando, tuve la ligera la impresión de que todo el lugar temblaba, se encogía y volvía a expandirse ante el sonido, ante cada entonación, como si de un animal moribundo se tratase, como si la casa se hubiera convertido en una extensión viva de Azrael y que el efecto que no se evidenciaba en él sí lo hacía en el lugar que me mantenía apresada, porque ya no era más mío. La casa era suya, su escondite, su lugar de descanso y apogeo. De mí, allí, solo quedaba yo misma.




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