Angels & Demons I (sacrilegio)

Capítulo 18| Judas 1:9

Capítulo 18| Judas 1:9

Miguel

Af había desaparecido entre toda la horda de demonios y ángeles —seres que le despertaron la repugnancia—, y la certeza de que iba hacía Moira nunca fue tan clara.

Y, en medio de la huida del demonio, el caos se desató. Un caos que no era lejano a los que Miguel hubo atestiguado tantas veces y a los que atestiguaría después. Fue cuestión de segundos de entonces y del siguiente momento en que todos se fueron contra otros. No importaba a quién hubiesen servido en antaño porque ahora no eran sino criaturas movidas por un instinto dañado y ese mismo instinto los instaba a levantarse en armas contra sus iguales.

Miguel estaba inmóvil. Él, guerrero del Cielo, no sabía qué hacer si no mirar cómo iban cayendo a su alrededor los muertos. Defendido, en causa aparte, por Any que seguía allí mismo, aunque pronto la vio que comenzaba a abrirse camino hacia la casa, al igual que los muchos otros. Azrael tenía una espada en la mano y la usaba sin ninguna culpa contra cualquiera que tuviera enfrente, pero verlo no que le amainaba el ánimo de moverse y, entendió ahí, que no podía seguir pactando con su abstención y debía actuar bajo la línea de su Señor. Debía protegerla, protegerla de él, de ángeles y demonios por igual. Aun cuando eso significase la muerte de todos los que estaban ahí. Cumpliría sin dudar, porque así estaba designado, porque así debía estar escrito. Pese a la duda, a la incertidumbre que se cernía sobre sus espaldas, debía confiar en que el propósito de Dios estaba sembrado en aquella y era menester salvaguardarlo.

El arcángel se movió, obligado a abandonar el letargo, empuñando con fuerza la espada de Luz y usándola contra aquellas criaturas que se cruzaron en su camino y dejando al paso un centenar de retazos de los cadáveres hasta que alcanzó a Azrael. Tomó al ángel por el antebrazo, evitando que se escapara entre la marea de cuerpos; sintió que la piel de Azrael le quemaba los dedos y, pese a que fue el primer impulso, no lo soltó y, en cambio, aferró la mano con más fuerza sobre aquella carne podrida que se hundían entre sus dedos sacros.

—Azrael —dijo Miguel arcángel llamándose a sí mismo a la fuerza—. Rebasas con creces los límites del Cielo y las consecuencias serán tan terribles como lo son tus actos. Ha sido suficiente.

—¿Suficiente?, ¿acaso no lo ves, aún con esos ojos cargados de divinidad? Oh, Miguel, esto apenas ha comenzado —respondió Azrael zafándose del agarre de una sola sacudida. Miguel no volvió a sujetarlo—. Me pertenece, Miguel. Y si tu pretensión es reclamarla como tuya, tendrás que ceder ante aquel deseo que está invadiendo tu cuerpo, que te consume el espíritu...

No dejó que Azrael concluyera la frase y, cargado de rabia, Miguel lo golpeó con tanta fuerza en el pecho que salió disparado hacia el bosque por donde había llegado minutos atrás, perdiéndose de su vista al mismo instante; llevándose consigo a cientos de los demonios que iban alcanzándolos. Miguel sabía que se necesitaba más empeño que aquel golpe para matarlo, pero al menos tendría algo de tiempo. Tiempo para llegar a ella y buscar alguna manera, certera y propia, de sacarla de ahí. Había perdido a Any de vista y, entre tantos demonios, no pudo saber si es que acaso había conseguido entrar a la casa o ya estaba muerta. De cualquier forma, en su condición de Comandante, continuó avanzando, moviéndose rápido, esquivando y deshaciéndose de aquellos que no daban tregua. Se había desatado la terrible masacre, donde no importaba quienes, en antaño, ascendieron y descendieron, todos se habían convertido en una misma cosa corrupta. Ya no tenían salvación. Les quedaba el camino de la muerte para liberarse de la peste que se había impregnado entre sus carnes divinas y los había convertido en un ethos desconocido. Ahora le daba la impresión de que también estaba metiéndose en la piel y que, entre más se resistiera, más terrible iba a resultar para él. No quería terminar como Azrael o Abalan, pero tampoco podía detenerse. La inminencia era su encuentro con ella, no podía recular, no podía dar marcha atrás. Avanzaba más firme y, delante de la puerta, el nuevo mundo terminó de transformarse.

Miguel repetía incesantemente una súplica al cielo, pidiendo por fuerzas a su Señor que ya no estaba ahí. Porque Moira, Moira, era la causante de su debilidad y falta de entereza.

Irrumpió dentro de la casa, destrozando la puerta y descubriendo que allí dentro se había cometido el sacrilegio, pero más que eso, lo que lo dejó pasmado fue sentirla con una fuerza avasalladora, una que lo hizo flaquear, como si hubiera sido golpeado de frente. Y así había sido. Lo golpeaba la presencia de ella. Entonces la vio, estaba ahí mismo, detrás de Af y de Any. Moira, la Hija de Dios. Se trataba de ella y no de ninguna otra. Ahora tenía la absoluta certeza de que se trataba indiscutiblemente de ella y, pese a que no comprendía la razones del ocultamiento, debía reconocerlo, era ella. «Es hermosa —pensó Miguel contra todo pronóstico—. Hermosa como solo puede serlo la Hija de Dios».

Así era ella. Hermosa entre todas las mujeres del mundo, que él las había visto todas. Entendió entonces la raíz del desespero con el que había actuado el demonio y se preguntó si es que ella lo veía a él, arcángel Miguel, también así, pues venía de la misma mano divina de Dios, y sintió el profundo deseo que ese fuera el caso.

—Tú me llamaste. Aquí estoy, mi vida te pertenece.

Escuchó que Af le decía a Moira y tuvo, por aquel instante, pensó que entendía la profundidad detrás de la presencia del demonio ahí. Se trataba de su llamado. Ella misma, decía Af, lo había llamado, después de eso, las palabras que pronunciaba eran, sin lugar a dudas, la entrega innata que solo se podía hacer delante de Dios y, quizá, a Lucifer. Estaba diciéndoselas a ella, ubicándola al instante en un mismo lugar de privilegio que aquellos otros ocupaban. Pero pronto surgieron nuevas cuestiones, la primera iba en relación a él mismo: ¿Sería capaz de ofrecerse a ella de la misma forma que lo hizo el demonio? No quería pensar en la respuesta, haberla formulado incluso lo consternaba, haber esperado que ella lo viera, que simplemente lo viera, lo consternaba. La siguiente era quizá tan importante como esas: ¿Por qué Moira, siendo la Hija de Dios, llamaría clamando auxilio a un demonio y no a uno de los suyos, ángeles del Cielo? Una cosa, entre todas, le quedaba clara y era que, si deseaba recibir una respuesta por parte de ella, primero debía asegurarse de que sobreviviera porque aquellos dos demonios que intentaban protegerla no serían suficiente.




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