Angels & Demons I (sacrilegio)

Capítulo 19| Apocalipsis 12:7-9

Capítulo 19| Apocalipsis 12:7-9

Moira

Los dedos ásperos de Any se envolvieron sobre mi muñeca, jalándome con fuerza y obligándome a moverme. El tirón repentino y estremecedor hizo que reaccionara, que apartase la mirada de Af. Af que se había ido contra Azrael y se batían en una lucha espantosa de la cual no podía ser testigo pues, había sido auspiciada solo con la intención para que pudiera marcharme sin correr el riesgo de que se viniera tras de mí. Pero pronto comprendí que Azrael era el menor de mis problemas cuando, una vez cruzamos el umbral de la puerta, el exterior nos recibió con un mar de criaturas dañadas que fueron azogadas con mi sola presencia. Any, con una valentía envidiable, se mantuvo adelante empuñando con fuerza la espada y pidiéndome que no me apartara, que me quedara detrás de ella pues iba a sacarme de allí costase lo que costase. Hablaba con tan absoluta convicción que yo solo quise preguntarle por qué haría tal cosa, pero al final me quedé callada y solo asentí. No le dije lo que de verdad pensaba, que no era otra cosa sino que aquello que proponía rozaba lo imposible.

No alcanzaba a divisar, en toda la extensión que mis ojos alcanzaban, el punto donde terminaba aquella marea de muerte, sangre y sufrimiento. Era inmensa, más inmensa que la convicción de Any. La certeza de eso me hizo comprender que, irónicamente, nunca estuve tan segura como el tiempo que pasé dentro de la casa, bajo el yugo de Azrael y Ramiel. Confiaba en Any, eso estaba claro, se había entregado a mi salvación sin haberlo exigido, por razones que hasta entonces no me había compartido y que, a esas alturas, fueran cuales fueran, representaban mi última esperanza. El mundo a nuestro alrededor era una corriente larga de incertidumbre y mi futuro seguía tan incierto como siempre había sido. ¿A qué me aferraba entonces? Solo a su mano, esa que me movía y me jalaba evitando que me quedara en el camino o que alguno de allí terminara atrapándome.

Any era más ágil que Af. Iba abriendo camino con la espada, las garras que intentaban alcanzarme caían al suelo y los dueños de esas manos iban perdiendo la vida. Pronto tuve la ligera impresión que avanzábamos y que la casa iba quedándose atrás, pese a que la distancia no era mucho. Y con ello iba perdiendo la certeza de lo que estaba pasando con Af, con Azrael e, incluso, lo que había pasado con Miguel. Miguel ahora cuyo rostro conocía y había desaparecido por los aires, arrastrando consigo a Ramiel, alejándolo de mí.

Seguía caminando, caminando y tratando de mantenerme firme, invocando en mí la fuerza que nunca había tenido, pero que ahora necesitaba para seguir. El dolor me ahogaba, con la misma fuerza que el miedo. Sentía miedo, uno distinto, que no tenía que ver la inminencia del momento sino de la certeza de que era yo lo que buscaban; esa misma certeza que era también una confirmación de las palabras de Azrael: «Hija de Dios». Tenía miedo de serlo, de ser otra diferente a Moira y haberme convertido en la auténtica Hija de Dios. El título me provocaba espasmos en la parte baja del pecho. Repudiaba la idea y de dónde venía. Repudiaba lo que Azrael había hecho conmigo tanto como en lo que esperaba convertirme. «Confía en Any» «Confía en Af, Moira», repetía incesantemente pero ¿qué venía después de ellos?, ¿conseguiríamos presenciar ese «después» o ahora estábamos delante del fin? Habíamos avanzado unos metros más cuando caímos al suelo, Any había sido golpeada desde el frente, de modo que terminó chocando conmigo, que no tuve la suficiente habilidad para ponerme de pie al instante con la que ella lo hizo.

La vi desde el suelo blandir la espada, intentando abrir espacio a nuestro alrededor. Un espacio tan mínimo que alcanzaba para respirar. No podía distinguir entre ángeles y demonios, luchaban los unos contra los otros, pero su búsqueda seguía siendo lo misma: Yo. Se mataban entre ellos, al que tuvieran delante, porque se interponía entre ellos y yo. Any me tendió la mano cuando pudo, ayudándome a ponerme de pie. Noté el suave desliz en su expresión al mirarme, esbozando una sonrisita mínima que, en las circunstancias, fue una corriente de fresco alivio. «Arriba, Hija de Dios. Aún tenemos camino adelante», me dijo y quise responderle, decirle que podía llamarme por mi nombre, que lo prefería sobre cualquier cosa, pero no pude pronunciar ninguna palabra. Detrás de ella apareció, primero como una sombra espesa que se robó la claridad a nuestro lado, después transformándose en un verdugo de cuerpo tangible. Blandió en alto la espada que brilló con su propia fuerza y que, un instante después, cortó el mismo brazo de Any que me sostenía.

—Cimeries —dijo Any cuando volvió el rostro, con la expresión transformada en terror. En miedo.

El grito que salió de mi garganta fue aplacado por manos que me envolvían desde atrás. Manos desconocidas que fueron multiplicándose, sujetándome desde todas partes hasta que mis pies dejaron de tocar la tierra húmeda. Y así, presa como estaba, pude ver como al que Any nombró Cimeries, la golpeó haciéndola caer de rodillas al suelo. Pese a mis esfuerzos, no pude moverme por la fuerza de la manos que comenzaban a arrastrarme, a hundirme entre la misma masa que formaban sus cuerpos. Sentí que el aire iba escapándose poco a poco; los dedos dentro de mi boca, en los ojos y la nariz. Any, en el suelo, me miraba con el terror vivo, estiró la mano, buscando alcanzarme. «Hija de Dios», repitió con la voz quebrada y yo solo quise que ella supiera que la veía, que no había dejado de verla. Cuando Cimeries levantó la espada una vez más, Any reconoció la muerte y yo también la reconocí. «Hija de Dios, cuando estés en tu reino, acuérdate de mí.» Dijo y la espada se blandió contra ella con la fuerza de mil caballos, decapitándola. La cabeza de Any había caído al suelo, cerca de su cuerpo, pero pronto desapareció de mi vista cuando una nueva horda de demonios azotó contra mí.




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