Todo empezó con un mensaje que nunca debió llegar… o quizá estaba escrito en las estrellas desde mucho antes.
La cuñada de Aldric le entregó un frasco pequeño de ceniza sagrada envuelto en terciopelo rojo. Lo hizo con esa sonrisa cómplice, como quien sabe que está abriendo una puerta que no se cierra fácilmente.
—Úsalo en tu caldero —le dijo, guiñándole un ojo—. Habla con ella. Es especial.
Aveline acababa de romper las cadenas de una relación que la había dejado hecha pedazos: prohibiciones que le cortaban el aliento, regaños que le apagaban la voz, moretones invisibles que aún dolían en el alma. Estaba frágil, sí, pero no derrotada. En la Academia de Hechizos Antiguos era una de las mejores, aunque nadie lo dijera en voz alta. Se desvelaba noche tras noche practicando hechizos que otros dejaban a medias, tejiendo con su fuego interior hasta que los ojos le ardían y el amanecer la sorprendía rodeada de volutas plateadas y libros abiertos. Ponía todo de sí en la magia, igual que lo ponía en las personas que amaba. Y eso, precisamente, la hacía tan vulnerable.
Cuando avivó su caldero por primera vez después de la ruptura y dejó caer unas motas de su fuego personal —esa chispa azulada que nacía de su pecho cuando pensaba en libertad—, el humo se arremolinó y trajo palabras suaves, cálidas, como un abrazo que llega desde lejos.
Hablaron semanas sin parar.
De día y de noche, a cualquier hora ella le contaba, entre risas bajas, cómo un hechizo de luz le había salido torcido y había llenado su habitación de mariposas de papel que revoloteaban hasta el techo; él le respondía con historias de sus días agotadores como miliciano-peón: marchas interminables bajo el sol, entrenamientos con lanza y escudo que le dejaban los brazos en fuego, guardias en fronteras polvorientas donde el peligro era más rumor que realidad.
Le confesaba, en volutas de humo que temblaban un poco, que su sueño era otro: llegar a ser un caballero de élite, uno de esos guerreros legendarios que sirven en las órdenes selectas, con armadura pulida, un código de honor que valga la pena y la chance de proteger algo más grande que una muralla cualquiera.
Contarle eso a ella le quitaba peso a los callos y al cansancio; sus respuestas, llenas de fe en él, hacían que el sueño pareciera menos imposible.
Compartían sueños que parecían imposibles, miedos que se volvían pequeños al ponerlos en palabras, risas a las tres de la mañana que los dejaban con el estómago dolorido y silencios cómodos que ya sabían a hogar. Cada mensaje era una chispa. Cada voluta de humo que traía su forma o su voz, una promesa silenciosa. Aldric sentía que el mundo había ganado color de repente: los atardeceres eran más intensos, el aire olía más fresco, las calles grises que antes le pesaban ahora parecían susurrar posibilidades —como si el camino a ese título de caballero empezara a trazarse con cada palabra de ella.
Acordaron esperar un mes para verse.
Treinta días que se sintieron eternos. Treinta noches en las que Aldric se dormía con el caldero aún tibio junto al pecho, repasando cada palabra que el humo había trazado, imaginando cómo sería su risa de verdad, cómo olería su cabello, cómo se sentiría tenerla cerca. Se despertaba sonriendo solo, con mariposas en el estómago que no había sentido en años, y por primera vez el peso de su lanza parecía más ligero. Aveline, mientras tanto, practicaba hechizos de luz suave en las horas muertas de la noche, y cuando el humo del caldero le devolvía la sonrisa de él como un eco cálido, sentía que el corazón le latía un poco más rápido. El mundo brillaba más para los dos: las estrellas parecían más cercanas, la noche menos fría, y cada día que pasaba traía una ilusión dulce que los hacía caminar más ligeros.
Llegó el día.
Aldric llegó a la estación con el corazón golpeándole el pecho como un tambor. Las manos le sudaban, se las secó en los pantalones tres veces, pero no podía borrar la sonrisa tonta que le tiraba de la boca. El aire se sentía eléctrico, como si la magia de ella ya estuviera llegando antes que su cuerpo.
Y allí estaba.
No era muy alta, pero su presencia llenaba todo el andén. Piel morena como canela recién molida, ojos almendra profundos que brillaban con una mezcla de nervios e ilusión, cabello rojo carmesí que se movía como llamas vivas con cada paso. Cuando lo vio, su sonrisa se abrió enorme, genuina, y el mundo entero pareció encenderse un poco más: el sol gris de la tarde se volvió dorado, el ruido de la estación se suavizó, y por un segundo todo fue solo ellos dos. Su risa, al acercarse, fue luz pura que le calentó el pecho al instante.
Se abrazaron torpemente, pero con tanta emoción que temblaban. Sus manos suaves rozaron las de él, y algo dentro de Aldric explotó en color: el mundo tenía más brillo, más vida, más esperanza. Era como si todo lo gris que había acumulado durante años —las marchas, las guardias, el sueño lejano— se estuviera desvaneciendo bajo esa sonrisa.
Dentro de su pecho empezaron a alzarse torres de cristal y oro donde antes solo había muros fríos. Campos de flores carmesí brotaron y se mecían con su respiración acelerada. Un río de luz plateada corría por sus venas llevando el nombre de ella. Banderas rojas ondeaban en lo alto. Jardines de vainilla y canela perfumaban cada rincón. Y en el centro, un sol dorado iluminaba todo lo oscuro. Cada palabra suya era un ladrillo nuevo. Cada risa, una bandera victoriosa. Cada mirada que se sostenía un segundo de más, un juramento callado: “Aquí puedes quedarte. Aquí estás a salvo. Aquí puedes soñar en grande”.
Al subir al tren la conversación fluyó sin esfuerzo, como si nunca hubieran estado separados. Rieron hasta que les dolió el estómago, se miraron hasta que el mundo se borró a su alrededor. El beso flotó entre ellos, tan cerca que casi se podía tocar, cargado de toda esa emoción acumulada… pero no llegó. Y esa espera lo hacía más dulce, más vivo.
Comieron tacos en un puesto callejero —sabían a gloria porque los compartían, y reían como niños con la salsa en los dedos—. Fueron a jugar videojuegos: codazos juguetones, gritos de victoria fingida, otra mirada intensa frente a la pantalla. Otra vez el beso suspendido en el aire. Otra vez nada, pero la promesa seguía creciendo.