Anillos de Saturno

Capítulo 2: El humo que se enfría

Aldric regresó al cuartel con el pecho tan lleno de alegría que le costaba respirar, el camino de vuelta, siempre un trecho polvoriento y monótono bajo el sol del atardecer, se le hizo corto, casi ligero

Cada paso resonaba con recuerdos recientes: la forma en que el cabello rojo de Aveline captaba la luz filtrada por las hojas del sauce en el jardín trasero de la academia, cómo su risa bajita había hecho que las flores a su alrededor cambiaran sutilmente de tono —de blanco pálido a un rosa suave, como si la magia respondiera a su humor sin que ella tuviera que invocarla—. Ella le había mostrado sus colores, no solo los visibles, sino esa calidez interna que salía de sus ojos almendra cuando bajaba la guardia

Fue un instante pequeño, casi cotidiano en medio de la magia, pero para Aldric fue como si alguien hubiera encendido una antorcha en una habitación que llevaba años en penumbra
En sus tiempos libres —esas horas robadas entre guardias, marchas y el agotamiento que se acumulaba en los músculos—, Aldric tenía un talento que pocos conocían y que él mismo consideraba casi un secreto vergonzoso: el dibujo

Con trozos de carbón que guardaba en una bolsita de cuero y pergaminos que “tomaba prestados” del almacén del cuartel, capturaba rostros que lo marcaban profundamente, paisajes que lo calmaban en la noche, sueños que no se atrevía a pronunciar en voz alta por miedo a que se deshicieran al decirlos. Antes de despedirse en el café de la ciudad, se lo había prometido en un susurro casi tímido:

“En la próxima cita te traigo uno exclusivo de ti. Solo tuyo. Quiero que veas cómo te veo yo”

Ella lo miró un segundo más de lo necesario, con esa sonrisa suave que parecía curar sin esfuerzo, y respondió:

“Lo esperaré. Pero no me hagas esperar demasiado, mi Comandante”

La promesa quedó suspendida entre ellos como una voluta de humo que se niega a disiparse, cálida y frágil a la vez.
Al llegar al barracón, el olor familiar a cuero viejo, sudor seco y metal caliente lo envolvió como un abrazo áspero

Quiinar ya estaba allí, sentado en un banco improvisado de tablones, afilando su lanza con movimientos precisos, casi meditativos. Quiinar era un lancero hábil, de los que destacaban en formación sin necesidad de alardear: cabello rizado color café que siempre parecía rebelde contra cualquier viento, pecas salpicadas en la cara como constelaciones diminutas sobre piel clara que el sol del cuartel había curtido sin piedad

Sus ojos café claros captaban detalles que otros pasaban por alto: un temblor en la mano de un compañero, una nube que anunciaba tormenta, o —como ahora— la expresión extraña de su amigo

Habían sido inseparables desde el primer día. En la fila de alistamiento, bajo un sol que quemaba sin misericordia, Quiinar le había preguntado algo sobre los requisitos de ingreso. Aldric, nervioso y con la mente en mil lugares, respondió “¿Soy qué?”. La carcajada que siguió fue tan genuina, tan liberadora en medio del miedo compartido, que rompió el hielo de inmediato. Desde entonces, la amistad era de las que resisten: marchas interminables donde uno cubría al otro, moretones compartidos en entrenamientos brutales, noches de guardia en que hablaban en voz baja de sueños que no se atrevían a confesar a nadie más

Aldric se dejó caer a su lado, todavía con esa sonrisa tonta que no podía borrar.

—Quiinar, tienes que oír esto. De verdad

Le contó todo, sin filtros: la espera ansiosa en la estación, el abrazo torpe que tembló en ambos como si sus cuerpos supieran algo que sus palabras aún no decían, el jardín donde las flores respondieron a la risa de ella, el olor del grano del café en la taza, el roce de sus manos que dejó una corriente cálida en la piel, cómo el mundo entero pareció más nítido, más vivo, desde ese momento

Cuando llegó a la promesa del dibujo exclusivo, Quiinar dejó de afilar la lanza y lo miró con una mezcla de diversión y preocupación genuina.

—Un retrato solo para ella… una idea bella, hermano. ¿Y si le sale mal? ¿Y si no le gusta cómo la ves?

Aldric negó con la cabeza, convencido hasta los huesos

—No va a salir mal. Es para ella. Quiero que vea lo que yo veo: no solo la bruja talentosa, sino a la persona que hace que todo esto —señaló vagamente el barracón, las lanzas, el polvo— valga la pena

Quiinar sonrió de lado, pero no bromeó más. Sabía reconocer cuando algo era importante, cuando valía la pena protegerlo

Los días siguieron pasando y el mes de Venus llegaba a su fin. Ese mes siempre traía un aire de promesas suaves, de cosas que florecen sin prisa, de magia que se siente cercana y benigna. Aldric y Aveline conversaban sin parar por el caldero

Los mensajes llegaban a cualquier hora: de madrugada, cuando él terminaba la guardia y ella aún estudiaba bajo la luz de una vela encantada que nunca se consumía; al mediodía, cuando él descansaba cinco minutos entre marchas y ella practicaba un hechizo que salió mal y llenó su habitación de mariposas de papel que revoloteaban confundidas

El lazo se había vuelto más profundo, más íntimo: confidencias que se escapaban en el humo como secretos compartidos, silencios cómodos que ya no necesitaban llenarse con palabras, risas que se compartían aunque estuvieran separados por murallas

Ella le hablaba de hechizos que sanaban no solo heridas físicas, sino las que nadie ve —las que se quedan en el alma después de una ruptura tóxica—; él le contaba de entrenamientos donde su lanza parecía más ligera cuando pensaba en su voz, en cómo su sueño de convertirse en caballero de élite ya no se sentía tan imposible

Cada voluta plateada era un hilo que los unía un poco más. Cada mensaje era una promesa silenciosa de que esto —lo que fuera que estaban construyendo— podía durar

La primera mañana del mes de Marte —el mes del acero, del fuego que quema en serio, de la guerra que no perdona ni a los soñadores—, Aldric encendió su caldero con la misma ilusión de siempre



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En el texto hay: romance, drama, magia

Editado: 01.03.2026

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