Los días en el cuartel se volvieron una rutina hueca, marchas al amanecer, lanzas que chocaban en entrenamientos que aunque las chispas volvía no le emocionaban a Aldric guardias nocturnas donde el silencio pesaba más que cualquier armadura.
Aldric cumplía con todo, mecánicamente, como si su cuerpo recordara los movimientos pero su mente estuviera en otro lugar, en otro tiempo repitiéndose una y otra vez.....¿Que hice mal?
Extrañaba a Aveline pero no de forma dramática, no como las memorias que se cantan los bardos ebrios en las tabernas. Era un extrañar callado, cotidiano, que se colaba en los momentos más inesperados: al afilar la lanza y recordar cómo ella se manifestaba en el caldero, su voz hacía que su vida pareciera más ligera; al ver una flor carmesí en el camino y pensar en cómo su cabello captaba la luz; al pasar por el jardín de la academia desde lejos y sentir un pinchazo en el pecho; divisar las vías del tren y ver visiones.
Pero luego se detenía y se repetía lo mismo, una y otra vez como un lema que intentaba convencerse a sí mismo:
"Solo fue un mes"
No habían compartido años, ni batallas, ni promesas, no había derecho a que doliera tanto pero, si pensaba así, era porque le dolía , no merecía sentir un vacío por algo que, en el fondo, apenas había empezado. El había creado mucha espectativa en ella, que no eran más que ilusiones que había construido en su pecho y aun así, cada noche, antes de dormir, su mano rozaba el pergamino en blanco en su mochila. El dibujo que nunca llegó a hacer. El retrato exclusivo que ella nunca vería.
Quiinar lo notaba, por supuesto. No decía nada al principio, solo le pasaba un vaso de whisky en las noches de guardia o le daba un codazo cuando Aldric cuando esté se perdía mirando el horizonte. Pero una tarde, mientras limpiaban las armaduras después de una marcha particularmente brutal, decidió romper silencio por el bien de su hermano de armas
—Sigues pensando en ella, ¿verdad?
Aldric suspiró, frotando una mancha de óxido que no existía
—No tanto como crees. Solo....me pregunto qué pudo haber sido. Nada más. Fue corto pero muy lindo, no debería importar tanto.
Quiinar asintió
—A veces lo corto no es que duela, lo que sucede es que quieres respuestas
Aldric no respondió pero su expresión de duda se notaba
Quiinar puso su mano en su hombro, mirando el amarillo de los ojos de Aldric
—Te duele porque creaste muchas ilusiones con ella, entiendo que, es difícil no poder entender realmente que pensaba al tomar esa decisión—los ojos Aldric empezaron a parecer ventanales cristalinos—Eres un gran hombre que está destinado a la grandeza, sin embargo, deja atormentarte con preguntas innecesarias.
Diste lo mejor de ti y eso debe bastar
Mientras tanto, la ciudad bullía con rumores. La Ciudad del Cielo Rojo —Cinnabar— había cambiado. Sus cielos al atardecer siempre habían sido un incendio eterno, teñidos de rojo mercurio por el polvo volcánico que flotaba en el aire y por las forjas que nunca se apagaban
Pero ahora, además del rojo habitual, había un matiz nuevo: banderas negras con soles oscuros bordados en hilo plateado ondeaban en las torres más altas
Los Soles Negros
Un nuevo gremio de caballeros había surgido por órdenes de la corona, sombras de la armada tradicional. No eran solo soldados; eran una fracción que superaba en efectividad a los ya legendarios Caballeros de Élite. Más rápidos, más letales, más… pragmáticos. Su comandante, Valoris, era un hombre cuya reputación llegaba antes que él: alto, de armadura negra pulida que absorbía la luz en lugar de reflejarla, ojos grises como acero frío y una cicatriz que le cruzaba desde mandíbula hasta los labios como si un rayo le hubiera cortado
Su lema se repetía en susurros por toda Cinnabar:
"Cualquier método se acepta para alcanzar la victoria"
No era crueldad gratuita, culpa de una guerra de la cual casi no se habla pero fue un antes y después para el pueblo de Cinnabar ,era justicia impulsiva, sin ataduras.
Si una banda de bandidos amenazaban una aldea, los Soles Negros tenían libre albedrío de actuar inmediatamente, no esperaban juicio: actuaban, masacrando a todo aquel que perteneciera a ellos sin importar edad, sexo o estatus, si un hechicero o brujo renegado confabulada o atentaba contra la corona lo eliminaban sin preguntas. Eficaces. Implacables. Y, según decían algunos, necesarios en tiempos donde la vieja guardia —con sus códigos de honor rígidos y sus protocolos eternos— tardaba demasiado en reaccionar
Hasta la llegada de los Soles Negros, cuando un soldado mostraba potencial real, se le asignaba a una de cuatro clases tradicionales:
°Grupo de Vanguardia: Soldados dedicados a la espada, infantería básica armada con espadas largas, escudos y armadura ligera. En caso de invasión o conflicto abierto, eran la primera línea de defensa
°Caballeros de Élite: los guardianes del honor, entrenados en duelos y formaciones perfectas, símbolo de la armada
°Caballería Berbeñon: jinetes pesados, montados en corceles con armadura de escamas volcánicas, capaces de romper líneas enteras con una carga
°Arqueros del Crisol: tiradores precisos que forjaban sus propias flechas en hornos alquímicos, impregnadas de fuego o veneno según la necesidad
Si bien hay 4 clases militares hay una más pero no sé toma como fuerza militar al servicio del reino.
La Academia de Sizigia, esta institución autónoma que pertenece al reino pero no se rige por la corona, es un bastión de magia alineada con las fuerzas piromantico y el arte del fuego, principalmente influenciada por los astros y estrellas.
Dirigida por la rectora Seraphina D'rummet —una mujer de presencia imponente, con el cabello recogido en una cola de caballo de la que escapaban mechones dorados rebeldes, túnica roja bordada con hilos dorados que brillaban como constelaciones y ojos ámbar que parecían leer el destino en cada mirada—, la academia solo intervenía en conflictos cuando era medianamente necesario. Sus fuerzas militares —guardianes arcanos y magos de alineación— las dirigían y administraban ellos mismos, preservando su independencia y autonomía ellos mismos piensan que no son herramientas del trono