Anillos de Saturno

Capitulo 4: Frio

Aldric y Quiinar alzaron la vista al mismo tiempo. Bengalas blancas rasgaban el cielo rojo eterno de Cinnabar, estelas luminosas que caían lentas como nieve invertida. Solo podían significar una cosa: intento de invasión o conflicto inminente.

El aire tibio que siempre envolvía la ciudad —cargado de azufre, humo de forjas y calor volcánico— empezó a decaer de golpe. El frío llego como un invitado no deseado: primero sutil, luego cortante. El vapor salía de las bocas de los soldados como pequeñas nubes; las armaduras crujían al cubrirse de una fina capa de escarcha que nacía en las juntas y se extendía como venas pálidas.

El cuartel se transformó en un torbellino de metal y voces urgentes: soldados saliendo de barracones a medio vestir, oficiales gritando órdenes , el clangor metálico de lanzas siendo arrancadas de los soportes. Aldric corrió junto a Quiinar hacia el muro noreste, el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar

Desde la muralla se divisaba ya al enemigo. Un grupo de capas azules con bordados blancos avanzaba por la ladera exterior. No eran una horda desorganizada: unos ciento cincuenta hombres, pero su presencia llenaba con furgór el horizonte.

Marchaban en formación perfecta, escudos alzados en rombo, lanzas cortas y relucientes como hielo forjado. En el centro ondeaba su estandarte: un oso blanco rampante sobre un copo de nieve estilizado, bordado en hilo plateado que captaba la luz rojiza y la devolvía fría. Ese emblema solo podía significar una cosa: el Reino de Alba Blanca.

Y entre ellos destacaban los magos. Figuras envueltas en túnicas del mismo azul gélido, capuchas bajas que ocultaban los rostros. No eran soldados comunes; su sola presencia hacía que el aire se condensara en copos diminutos a su alrededor.

Los Arqueros del Crisol ya se posicionaban en las troneras y matacanes de la muralla, cargando arcos con flechas encantadas que chisporroteaban fuego azul y naranja. Los de Vanguardia formaban en la base, escudos trabados en muro de lanzas listas, rostros tensos bajo los yelmos empañados por su propio calor

Aldric y Quiinar subieron las escaleras de piedra volcánica de dos en dos y se asomaron por una almena. Lo que vieron heló la sangre más que cualquier viento del norte.
Los invasores avanzaban sin prisa, sin gritos de guerra, con una precisión quirúrgica. A pesar de que eran muchos, se movían como una sola entidad.

El primer hechizo llegó sin aviso: un círculo de escarcha se extendió desde el suelo frente al muro, trepando por la piedra como venas. El frío se volvió cortante; las armaduras crujieron, el frío se intensificó. Aldric sintió como su aliento le congelába la garganta. Un soldado de Vanguardia a su lado soltó la espada; su mano se quebró como vidrio roto.
Gritos de alarma subieron desde abajo. Los de Vanguardia retrocedieron instintivamente, escudos alzados contra el frío que quemaba como fuego. Aldric apretó la lanza, pero no había objetivo claro: los invasores se mantenían a distancia segura, fuera del alcance de las flechas comunes.

Entonces, entre el ruido y el crujir de la escarcha, las figuras de túnicas azules elevaron las manos al cielo al unísono. Sus voces se unieron en un murmullo bajo, armónico, que cortó el aire como un filo helado:

—Calamidad Blanca.

El cielo perdió sus colores rojos, se tornó gris plomizo en un instante, como si alguien hubiera apagado el incendio eterno de Cinnabar. Todos los ojos se alzaron: una masa blanca, densa y giratoria, emergía de las nubes bajas. Parecía un meteorito de nieve y hielo, enorme, descendiendo lento pero inexorable hacia el muro noreste.

Aldric solo pudo apretar la lanza con más fuerza, sintiéndose un insecto bajo esa sombra blanca. ¿Cómo detener algo así? Antes de que pudiera pensar una respuesta, un segundo impacto resonó en la puerta principal. Una tormenta de escarcha golpeó el muro como un martillo invisible: el hielo se expandió en grietas que trepaban por la piedra volcánica, haciendo crujir la estructura. La puerta aún se mantenía en pie, pero las runas de protección chisporroteaban y se apagaban una a una. Si seguía así, pronto cedería.

Poco a poco la esfera de nieve se acercaba, girando con un rugido bajo que hacía vibrar los dientes. El capitán de Vanguardia, voz ronca por el frío, gritó:
—¡Mantengan posiciones! Si cae la puerta norte, no podremos no tendremos tiempo de repeler. ¡Escudos arriba, no retrocedan!
El comandante de los Arqueros del Crisol, desde una tronera cercana, alzó la mano:
—¡No disparen hasta mi señal! ¡Prioricen el muro! ¡No tenemos magia para contraatacar… solo nos queda resistir!

La Calamidad Blanca seguía descendiendo, cada vez más cerca, su luz blanca reflejándose en miles de copos que caían como ceniza helada. El frío se hacía insoportable; la escarcha ya cubría yelmos, pestañas, puntas de lanzas. Aldric miró a Quiinar, que tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en la esfera.
—¿Qué quieren? ¿Por qué no atacan de una vez?

Quiinar miró el estandarte del oso y el copo de nieve, ondeando impasible.

—Quieren algo. No la ciudad… algo que tenemos. Y nos lo van a quitar a la fuerza si no lo entregamos.

La Calamidad Blanca seguía bajando, girando con rugido bajo que vibraba en los dientes. Copos gruesos caían ahora como nieve sucia, cubriendo yelmos, pestañas, puntas de lanzas. El frío quemaba la piel expuesta.
Un arquero murmuró cerca:
—Dioses… si eso cae, no quedará nada.

Aldric sintió el frío meterse en los huesos, en los pensamientos. Se sintió pequeño, insignificante.
Y la esfera blanca siguió descendiendo, cada vez más cerca, su sombra cubriendo ya la mitad del muro.
Nadie sabía si se detendría… o si simplemente caería y lo congelaría todo



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En el texto hay: romance, drama, magia

Editado: 24.03.2026

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