A lo lejos, una luz dorada y brillante estalló desde una de las colinas de Cinnabar.
—¡Luz Solar! —rugió una voz poderosa.
Un arco inmenso, conjurado completamente de magia ardiente, se materializó en el aire. Una flecha gigantesca de fuego puro surcó el cielo gris, dejando una estela dorada y naranja que cortó la noche como un cometa. La flecha impactó de lleno contra la Calamidad Blanca con un estruendo ensordecedor. El choque térmico fue brutal: un enorme géiser de vapor explotó en todas direcciones, convirtiendo la gran esfera de hielo en un denso mar de escombros fríos.
Sin embargo, la victoria no fue completa. Aunque la esfera principal se había destrozado, cientos de fragmentos de hielo afilados como lanzas seguían cayendo del cielo, silbando con fuerza mortal. Algunos impactaron contra el muro, abriendo nuevas grietas y derribando trozos de piedra. Otros cayeron sobre los soldados. Un grito de dolor resonó cuando un trozo grande atravesó el escudo de un hombre de Vanguardia, clavándolo contra el suelo. El frío era tan intenso que las heridas se congelaban al instante.
La luna iluminó parte de la colina, revelando a la rectora Seraphina D'rummet. Se erguía imponente en lo alto de la torre principal de la Academia de Sizigia, su largo cabello recogido en una cola de caballo del que escapaban mechones dorados rebeldes, su túnica roja bordada con hilos dorados brillando bajo la luz plateada. Sus ojos ámbar ardían con determinación. Alzó una mano y lanzó una pequeña estela de luz dorada al cielo, clara y brillante.
Un capitán de magos, apostado en una torre cercana del muro, observaba atentamente. Al ver la señal, respondió de inmediato con una estela morada que subió como un rayo.
La Academia de Sizigia se iluminó por completo. Luces ámbar y doradas brillaron con fuerza, y largas telas rojas con bordados dorados ondearon al viento como llamas vivas contra la noche gris.
Como si se tratara de un coro respondiendo a una llamada divina, decenas de voces de magos y guardianes arcanos se unieron en perfecta armonía y exclamaron:
—¡Lluvia de Estrellas!
Miles de chispas doradas y carmesíes surgieron de la academia, volando hacia el muro como un enjambre furioso de estrellas ardientes.
Abajo, en la ladera, los soldados de capas azules reaccionaron con rapidez. Formaron un muro compacto de escudos y alzaron las manos. Los magos de escarcha invocaron barreras protectoras de hielo grueso y translúcido que brillaban bajo la luz de la luna.
—¡Escudos arriba! ¡Barrera de escarcha! —gritó su comandante, voz firme a pesar de la situación.
Las barreras de hielo se alzaron justo a tiempo, la Lluvia de Estrellas impactó contra ellas con miles de pequeñas explosiones. Algunas barreras resistieron, otras se agrietaron y se rompieron, dejando a varios soldados expuestos. Gritos de dolor y órdenes desesperadas llenaron el aire mientras las chispas quemaban capas azules y carne por igual.
El capitán de los Arqueros del Crisol sonrió con esperanza y levantó el brazo.
—¡Esa es la señal! ¡Todos activen el hechizo de distancia! ¡Fortalezcanlo con fuego!
Un rugido colectivo respondió desde las troneras. Los arqueros entonaron el cántico al unísono. Sus flechas se encendieron con llamas más profundas, más rojas, más ardientes.
El cielo se llenó de proyectiles ardientes que volaron hacia las filas enemigas como una tormenta
Los de Alba Blanca resistieron con disciplina férrea. Volvieron a alzar sus barreras de escarcha, reforzándolas con magia pero el fuego era demasiado potente. Muchas barreras se derritieron, y las flechas encontraron carne. Soldados de capas azules empezaron a caer, algunos quemados, otros atravesados. Aun así, no rompieron la formación. Retrocedieron con orden, manteniendo los escudos altos y los magos en el centro, pero era claro que habían sufrido pérdidas significativas
Entonces, el comandante de las capas azules levantó su lanza y con la punta envuelta en hielo y lanzó una orden:
—¡RETIRADA!
Los invasores comenzaron a retroceder con precisión militar, manteniendo los escudos altos y protegiendo a sus magos heridos.
Invocaron nuevamente la niebla que había sumido a Cinnabar en la duda.
Antes de desaparecer en la niebla, el comandante clavó su lanza en el suelo y activó una señal. Una columna de luz azul gélida se elevó hacia el cielo, brillando intensamente durante varios segundos.
Aldric entrecerró los ojos, intentando ver más allá de la niebla.
—¿Qué es eso? —preguntó con duda
Quiinar señaló hacia el horizonte
—Mira…
A lo lejos, en la cresta de las montañas nevadas que rodeaban Cinnabar, nuevas siluetas empezaron a hacerse visibles bajo la luz de la luna. Filas de paladines invernales con armaduras plateadas y capas blancas como la nieve, una columna de arqueros, portando arcos largos que parecían tallados en hielo, por encima de ellos, una figura mucho más imponente: un dragón de escarcha, cuyas escamas brillaban como cristal tallado, con alas que parecían hechas de hielo translúcido y ojos que emitían un resplandor azul profundo.
El dragón soltó un rugido grave que retumbó en el valle, un sonido que hizo vibrar la piedra del muro.
Los invasores terminaron de retirarse bajo la protección de la niebla, dejando atrás solo sus muertos y el frío que aún se resistía a abandonar el muro.
Aldric sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—No era un ataque… —murmuró—. Era solo una advertencia.
Quiinar asintió con gravedad.
—Y acaban de mostrarnos que tienen mucho más donde elegir.
El cielo de Cinnabar, aún teñido de gris y rojo, parecía ahora más pequeño y amenazado que nunca.