Animal Warfare.

Operación: Corriente Ámbar.

Año 0 d.h. (después de los humanos).
Alberta, Canadá.

Entre los interminables bosques boreales de Alberta, donde los abedules pálidos y las coníferas negras se alzaban como columnas silenciosas en la noche, una pequeña fogata rompía la oscuridad. La madera húmeda crepitaba con chasquidos irregulares, lanzando chispas que se elevaban unos segundos antes de desaparecer en la inmensidad del cielo nocturno. El aire era frío, pero no gélido; el río cercano corría libre, murmurando entre piedras redondeadas y raíces sumergidas. De vez en cuando, el agua salpicaba suavemente, como si algún pez curioso hubiese saltado a comprobar qué ocurría en la orilla.

Alrededor del fuego se encontraban dos delegaciones.

Por un lado, tres castores de pelaje oscuro y espeso, con sus colas anchas descansando sobre la tierra húmeda. Entre ellos se erguía su líder, Bob, un castor robusto con cicatrices antiguas en el hocico y los incisivos amarillentos ligeramente visibles cuando fruncía el ceño. Su postura era rígida, casi pétrea, y sus pequeños ojos negros no abandonaban nunca el centro de la reunión.

Frente a ellos, tres nutrias de cuerpo esbelto y movimientos inquietos. Sus bigotes temblaban con cada chispa del fuego, y sus colas delgadas se agitaban suavemente sobre la hierba aplastada. En medio de ellas estaba su líder espiritual: Nartzio II.

A diferencia de los demás, Nartzio llevaba colgando del cuello una pequeña tira de corteza trenzada con fibras vegetales. De ella pendía un fragmento pulido de madera oscura, claramente venerado por su pueblo. Sus ojos eran brillantes y calculadores, pero su porte estaba cargado de solemnidad.

Entre ambos grupos, extendido sobre el suelo y sostenido por pequeñas piedras, había un mapa viejo y amarillento de Alberta. Los bordes estaban rasgados, y algunas zonas habían sido marcadas con símbolos improvisados: círculos de barro seco, raspaduras hechas con uñas y pequeños trozos de corteza señalando puntos clave.

Uno de esos puntos estaba rodeado por varias marcas: el Río Ámbar.

Nartzio II dio un paso adelante hacia la luz de la fogata. El fuego iluminó su rostro alargado mientras deslizaba una hoja de corteza bajo una de sus patas delanteras. La desenrolló con cuidado reverencial.

La superficie estaba cubierta de pequeñas marcas talladas con una espina, una escritura rudimentaria pero clara.

El teólogo aclaró la garganta.

-Yo y las nutrias... -comenzó, con voz grave y pausada- obedecemos al dios Fapa.

Las demás nutrias inclinaron ligeramente la cabeza al escuchar el nombre.

Nartzio levantó una pata y señaló hacia la oscuridad del bosque, hacia algún lugar invisible entre los árboles.

-Fapa se manifiesta a través de nuestro Árbol Sagrado, que crece en el corazón de nuestro campamento. En su corteza vive la memoria del agua, del bosque... y del equilibrio.

Hizo una breve pausa, como si permitiera que la fogata y el río mismo confirmaran sus palabras.

Luego volvió la mirada hacia el mapa.

-Por voluntad de Fapa -continuó- proponemos que el Río Ámbar sea compartido entre nuestros pueblos.

Una de sus garras trazó lentamente el curso del río dibujado en el mapa.

-Cada dos meses, el control de sus aguas pasará de castores a nutrias... y de nutrias a castores. Así el río alimentará a ambos pueblos sin provocar guerras innecesarias.

Sus ojos brillaron a la luz del fuego.

-Los peces migrarán. El agua seguirá su curso. Y el equilibrio será respetado.

Enrolló la hoja con solemnidad y la presionó contra el suelo.

Luego inclinó la cabeza levemente.

-Faysen.

Las nutrias detrás de él repitieron en un murmullo bajo:

-Faysen.

El fuego crepitó.
El río siguió murmurando en la oscuridad.

Y Bob no dijo una sola palabra.
Pero sus ojos permanecieron fijos en el mapa.
Especialmente en el Río Ámbar.

El silencio posterior al "Faysen" quedó suspendido sobre la fogata como una brasa que se resiste a apagarse.

Bob finalmente se movió.

Su pesada cola se deslizó sobre la tierra húmeda mientras avanzaba medio paso hacia el mapa. La luz anaranjada del fuego iluminó su hocico ancho y las cicatrices que cruzaban su pelaje. Bajó la cabeza, observó el dibujo del río durante un momento... y luego levantó una pata gruesa.

-¿Su dios? -dijo al fin, con una voz áspera y grave.

La palabra dios salió de su boca con un peso de evidente desprecio.

La pata de Bob descendió sobre el mapa con un golpe seco. Su garra señaló el largo trazo serpenteante que representaba el Río Ámbar.

-Ustedes llegaron aquí -continuó- y se asentaron sin nuestro permiso.

El fuego chisporroteó.

Los castores detrás de él permanecían quietos como troncos enterrados en la tierra, pero sus ojos estaban atentos.

Bob arrastró lentamente su garra siguiendo el curso del río dibujado en el papel viejo.

-Antes de la extinción humana... nosotros teníamos el control de estas aguas.

Su cola golpeó el suelo una vez. No lo suficiente para provocar un temblor, pero sí lo suficiente para hacer vibrar la tierra bajo el mapa.

-Siempre fue de los castores.

Al otro lado de la fogata, Nartzio II observó la escena con una calma que rozaba la burla. Sus bigotes se movieron ligeramente mientras una sonrisa fina se dibujaba en su rostro.

Una sonrisa paciente.

Una sonrisa de teólogo que cree tener la razón escrita en la corteza del universo.

-Tu mismo lo dijiste -respondió suavemente-: antes de la extinción humana.

La nutria inclinó la cabeza hacia un lado, como si examinara a Bob con curiosidad.

-Ahora... nosotros mandamos.

Sus ojos brillaron con la luz de la fogata.

-Y nos dividimos el nuevo mundo.

Una de las nutrias detrás de él, más joven, levantó una pata con entusiasmo casi académico.

-De hecho -intervino-, técnicamente estamos en una nueva era, señor.



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En el texto hay: caos, batalla, relato guerra

Editado: 11.03.2026

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