El amanecer llegó sin estruendo, suave, casi respetuoso. La luz se coló lentamente por la ventana, acariciando el rostro de Ana. Abrió los ojos y, durante unos segundos, permaneció inmóvil, escuchando su propia respiración. Entonces lo comprendió.
Era el día.
La casa se llenó pronto de murmullos, pasos apresurados y voces contenidas por la emoción. Ana se dejó vestir con paciencia, como si cada gesto fuera un ritual. El vestido blanco cayó sobre su cuerpo con naturalidad, simple y elegante, reflejo de lo que siempre había sido: auténtica.
Cuando todo estuvo listo, quedó sola unos instantes. Frente al espejo, se observó con detenimiento. No vio solo a la novia que estaba a punto de casarse, sino a la niña, a la joven, a la mujer que había aprendido a amar sin perderse a sí misma.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¿Puedo pasar? —preguntó Frank.
—Sí, papá.
Frank entró despacio. Al verla, se quedó quieto. Sus ojos se humedecieron, aunque intentó mantenerse firme.
—Estás hermosa —dijo finalmente—. Más de lo que imaginé.
Ana sonrió, pero al tomar su brazo, él notó el leve temblor en sus manos.
—Papá… estoy nerviosa —confesó en voz baja—. El corazón me late tan fuerte que siento que no puedo respirar. Contame algo… cualquier cosa. Algo que me calme.
Frank sonrió con ternura, como si esas palabras lo llevaran años atrás.
—¿Te acordás cuando eras pequeña y te escondías bajo la mesa del salón con libros que parecían más grandes que vos?
Ana soltó una risa suave.
—Decía que jugaba… pero estaba leyendo.
—Siempre fuiste así —continuó él—. Inteligente, curiosa. Mientras otros niños corrían, vos observabas, preguntabas. Amabas los libros como si fueran compañeros fieles.
Ana cerró los ojos, escuchándolo.
—Y el ballet… —agregó Frank—. Tan pequeña y ya tan disciplinada. Te caías, te levantabas, una y otra vez. Nunca abandonaste nada que amaras de verdad.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Ana.
—Siempre fuiste mi orgullo —dijo él con la voz apenas quebrada—. No por lo que lograste, sino por quién sos. Y hoy… hoy no pierdo una hija. Hoy acompaño a una mujer valiente que eligió amar.
Ana apoyó la frente en su hombro y respiró hondo.
—Gracias, papá… ya no tengo miedo.
Frank besó su frente con cuidado.
—Entonces es momento.
La iglesia estaba colmada. Flores blancas adornaban cada rincón y un murmullo expectante recorría a los invitados. Jack aguardaba al frente, con el corazón desbordado. Cuando la música comenzó y las puertas se abrieron, el mundo pareció detenerse.
Ana apareció del brazo de Frank.
Jack la miró como si nada más existiera.
Cada paso hacia el altar era una promesa cumplida. Al llegar, Frank besó la frente de su hija y susurró:
—Sé feliz, mi niña.
Jack tomó la mano de Ana con firmeza. Ella lo miró y sonrió, segura.
Las palabras del sacerdote se deslizaban entre ellos, pero Ana solo sentía la mano de Jack, su presencia, la certeza profunda de estar donde debía estar.
—¿Aceptas a Jack como tu esposo…? —Sí, acepto —respondió Ana sin dudar.
—¿Aceptas a Ana como tu esposa…? —Con todo lo que soy —dijo Jack—. Sí, acepto.
Al intercambiar los anillos, Jack se inclinó levemente hacia ella.
—Desde aquel tropiezo en el salón… supe que eras vos.
Ana sonrió entre lágrimas.
—Y yo supe que no iba a soltarte nunca.
—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
El beso fue lento, profundo, cargado de historia. El aplauso estalló a su alrededor, pero para ellos solo existía ese instante.
La celebración fue luminosa. Risas, música, abrazos. Frank observaba a su hija bailar con Jack con orgullo sereno.
En un momento, Ana apoyó la cabeza en el pecho de su esposo.
—Gracias por elegirme todos los días —susurró.
—Gracias por volver a mí —respondió Jack—. Para siempre.
Y así, rodeados de amor y promesas, Ana y Jack comenzaron su vida juntos, sabiendo que el verdadero compromiso no había nacido ese día… sino mucho antes, en cada elección que los llevó hasta allí.