Anita

Capítulo 42. Caminos que se Cruzan.

La mañana de la partida llegó más rápido de lo que Ana hubiera querido. El carruaje esperaba frente a la gran entrada de la casa, mientras algunos trabajadores acomodaban cuidadosamente el equipaje. El aire fresco de la mañana movía suavemente las hojas de los árboles y todo parecía extrañamente tranquilo.
Jack conversaba con uno de los conductores cuando Ana bajó las escalinatas buscando con la mirada a su padre.
Frank estaba de pie junto a la entrada principal, observándola en silencio.
Apenas lo vio, Ana corrió hacia él como cuando era niña y se arrojó a sus brazos. Frank la sostuvo con fuerza, cerrando los ojos por un instante, como si quisiera guardar aquel momento dentro de sí.
—Mi niña… —susurró.
Ana se aferró a él unos segundos más antes de separarse lentamente. Frank la observó con ternura. Luego levantó una mano y acomodó con delicadeza un mechón de cabello detrás de su oreja.
—Mi flor se convirtió en una bella rosa —dijo con una sonrisa suave.
Los ojos de Ana brillaron de emoción.
—Papá… —murmuró.
Ella tomó sus manos entre las suyas.
—Te prometo que pronto vuelvo de viaje. Nos veremos muy pronto… y voy a estar contigo siempre.
Frank sonrió, aunque la emoción le humedecía los ojos.
—Lo sé, hija. Y eso me alcanza.
Jack se acercó lentamente, respetando aquel momento.
—Prometo cuidarla —dijo con sinceridad.
Frank asintió y apoyó una mano sobre el hombro de Jack.
—Sé que lo harás.
Ana abrazó una vez más a su padre antes de subir al carruaje junto a Jack. Desde la ventanilla siguió mirándolo mientras el vehículo comenzaba a avanzar lentamente por el camino.
Frank levantó la mano despidiéndose, observando cómo su hija se alejaba hacia una nueva etapa de su vida.
La luna de miel comenzó lejos de los relojes y de las voces conocidas. Ana y Jack viajaban solos, sin itinerarios estrictos, dejándose llevar por el ritmo de los caminos. Cada ciudad era un descubrimiento, cada paisaje una excusa para tomarse de la mano y sonreír como si el mundo no existiera más allá de ellos.
Caminaban por mercados llenos de aromas, cruzaban puentes antiguos, se perdían a propósito en calles empedradas. Nadie los conocía, nadie los interrumpía. Eran solo Ana y Jack, disfrutando por fin de un tiempo que les pertenecía.
—Nunca imaginé que la calma se sintiera así —dijo Ana una tarde, apoyada en el balcón de una posada, observando cómo el sol se despedía del día.
—Porque nunca habíamos estado solos de verdad —respondió Jack, abrazándola desde atrás—. Ahora lo estamos.
Las noches se llenaban de conversaciones largas, risas suaves y silencios compartidos. Hablaron de viajes futuros, de una casa propia, de la vida que querían construir sin apuros.
Pero incluso los caminos más serenos guardan encuentros inesperados.
Una de las ciudades en las que se detuvieron era vibrante y luminosa. La gente caminaba sin prisa, músicos tocaban en las esquinas y el aire estaba cargado de vida. Ana y Jack avanzaban entre la multitud, conversando distraídos, cuando una voz conocida interrumpió el momento.
—¿Jack?
Ambos se detuvieron.
Jack giró lentamente. Ana sintió cómo su mano se afirmaba con más fuerza en la de él. Frente a ellos estaba aquella mujer del pasado: segura, elegante, con una sonrisa que parecía ensayada.
—Qué coincidencia —dijo ella—. No esperaba verte aquí.
Jack no dudó. Dio un pequeño paso hacia Ana y la acercó a su lado.
—Hola —respondió con serenidad—. Ella es Ana, mi esposa.
La mujer parpadeó, visiblemente sorprendida. Sus ojos pasaron de Jack a Ana, deteniéndose apenas un segundo más de lo necesario.
—¿Tu esposa? —repitió—. Vaya… los felicito a ambos.
Ana sostuvo la mirada con calma y asintió con una leve sonrisa.
—Gracias.
El silencio fue breve, incómodo, pero contenido. La mujer volvió a hablar:
—Me alegra ver que estás bien, Jack.
—Lo estoy —respondió él, firme—. Muy bien.
Ella sonrió, esta vez sin artificios.
—Que disfruten el viaje.
Se alejó entre la multitud, perdiéndose entre las voces y los colores de la ciudad.
Jack apretó un poco más la mano de Ana, como si con ese gesto cerrara definitivamente una puerta.
Caminaron unos metros en silencio. Ana respiró hondo.
—No me lo esperaba —admitió finalmente.
—Yo tampoco —dijo Jack—. Pero quería que supieras que no dudé ni un segundo en presentarte como lo que sos. Mi esposa. Mi elección.
Ana lo miró, y la tensión que había sentido comenzó a disiparse.
—Lo sé —respondió—. Y confío en vos.
Jack se detuvo y la abrazó en medio de la calle, sin importar las miradas.
—Nada de lo que quedó atrás puede opacar esto —susurró—. Ni este viaje, ni lo que somos.
Ana apoyó la cabeza en su pecho, dejando que el ruido de la ciudad se desdibujara a su alrededor.
Esa noche, de regreso en la posada, hablaron sin prisa. No hubo reproches ni sombras, solo sinceridad. Se durmieron abrazados, más unidos que antes, con la certeza de que el amor verdadero no se quiebra ante el pasado, sino que se fortalece.
La luna de miel continuó.
Los caminos siguieron abriéndose ante ellos.
Y Ana y Jack avanzaron, sabiendo que, aun cuando el pasado aparezca sin aviso, el presente que habían elegido era más fuerte.




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