La luna de miel había avanzado entre ciudades luminosas, caminos interminables y días que parecían sacados de un sueño. Ana y Jack habían aprendido a vivir el uno junto al otro sin interrupciones, disfrutando de una tranquilidad que jamás habían tenido.
Aquella tarde paseaban por una plaza rodeada de flores y pequeñas cafeterías. Ana caminaba tomada del brazo de Jack mientras él le hablaba sobre un músico callejero que insistía en desafinar todas las canciones románticas.
Ella intentó reír… pero de pronto el mundo comenzó a girar lentamente.
Su paso se volvió inseguro.
—Ana… —dijo Jack enseguida, sujetándola de la cintura—. ¿Qué pasa?
Ella llevó una mano a su frente.
—No… no sé… me mareé.
Jack la observó preocupado. El color había desaparecido del rostro de Ana y sus ojos parecían cansados.
—Vamos a volver ahora mismo.
Ana quiso protestar, pero una oleada de náuseas le revolvió el estómago. Terminó asintiendo en silencio.
Al regresar al lugar donde se hospedaban, Ana se sentó sobre la cama intentando recuperar el aire. Jack caminaba de un lado a otro claramente nervioso.
—Te sentís mal desde hace días —dijo él—. ¿Por qué no me dijiste nada?
Ana no respondió enseguida. Su mente acababa de unir piezas que había ignorado durante semanas.
El cansancio.
Las náuseas.
Los mareos.
Y entonces lo recordó.
Su respiración se detuvo.
La fecha.
Contó mentalmente una vez. Después otra.
Quince días.
Quince días de retraso.
Sintió un vacío en el estómago, una mezcla de miedo y sorpresa tan intensa que le humedeció los ojos.
—Jack… —susurró.
Él se acercó de inmediato.
—¿Qué sucede?
Ana bajó la mirada, nerviosa.
—¿Podemos… ir a tomar el té? Necesito hablar con vos.
Jack frunció el ceño, confundido por la petición, pero aceptó.
Minutos después estaban sentados en un pequeño salón de té del hospedaje. El ambiente era tranquilo, cálido, pero Ana sentía las manos heladas.
Jack la miraba sin dejar de preocuparse.
—Ana, me estás asustando.
Ella respiró hondo.
—Jack… creo que debemos ver a un médico.
Él se puso de pie casi de inmediato.
—¿Qué? Entonces vamos ahora mismo. Voy a pedir que contacten a uno enseguida.
Ana tomó su mano para detenerlo.
—No, Jack… escuchame primero.
Él volvió a sentarse lentamente.
Ana tragó saliva.
—Creo… que estoy embarazada.
El silencio cayó entre ambos.
Jack quedó completamente inmóvil.
—¿Qué…? —tartamudeó apenas—. ¿Embarazada?
Ana asintió despacio.
—No tengo la regla… tengo un retraso de quince días.
Jack palideció por un instante, como si el mundo acabara de cambiar frente a él. Sus labios se entreabrieron, incapaces de formar una idea completa.
Ana sintió miedo al ver su reacción.
—Yo sé que es mucho… y que tal vez no era el momento y—
Pero Jack se levantó abruptamente, rodeó la mesa y la abrazó con tanta fuerza que Ana quedó sin palabras.
—Soy el hombre más feliz del mundo —susurró contra su cabello, todavía aturdido—. Creo… creo que sí.
Ana dejó escapar una pequeña risa nerviosa entre lágrimas.
Jack apoyó una mano temblorosa sobre el vientre de ella.
—Dios mío…
Luego la miró directamente a los ojos.
—Creo que ya este mes de viaje es suficiente. Necesitamos volver a Aria y que te vea un médico.
Ana bajó la mirada.
—Pero yo no quiero arruinar nuestro viaje…
—Ana —dijo él con dulzura—. Vos jamás podrías arruinar nada. Ahora lo más importante sos vos… y quizás nuestro bebé.
Aquellas palabras le estremecieron el alma.
Esa noche Ana apenas pudo dormir. Una parte de ella estaba emocionada; otra, aterrada. Y había alguien con quien necesitaba hablar.
Su padre.
A la mañana siguiente, Jack organizó la comunicación con Aria. Cuando finalmente lograron contactarse con la casa, Frank atendió del otro lado.
—¿Ana? —preguntó enseguida—. ¿Todo está bien?
Ella sonrió apenas al escuchar su voz.
—Hola, papá…
Frank notó inmediatamente algo extraño en el tono de su hija.
—¿Qué sucede?
Ana miró a Jack antes de responder.
—Oye, papá… el viaje terminó. En un tiempo estaremos allí.
Del otro lado hubo un breve silencio.
—¿Terminó? ¿Por qué? ¿Pasó algo? ¿Están enfermos?
Ana sintió un nudo en la garganta.
—No exactamente… papá… creo que vas a ser abuelo.
El silencio se volvió absoluto.
Tan absoluto que Ana llegó a pensar que la llamada se había cortado.
—¿Papá…?
Del otro lado, Frank no podía hablar. Las lágrimas caían silenciosamente por su rostro mientras intentaba recomponerse.
—¿De verdad…? —preguntó finalmente, con la voz quebrada.
Ana sonrió entre lágrimas.
—Sí.
Frank dejó escapar una pequeña risa emocionada.
—Mi niña… mi niña va a ser mamá.
Jack observó a Ana mientras hablaba con su padre y comprendió algo por primera vez con total claridad:
El viaje no estaba terminando.
En realidad… acababa de comenzar otro completamente distinto. Si