Anita

Capítulo 44. Volver a Casa.

El viaje de regreso fue muy distinto al de ida.
La emoción despreocupada de la luna de miel había quedado atrás, reemplazada por un cuidado constante y silencioso alrededor de Ana. El carruaje avanzaba lentamente por los caminos, deteniéndose varias veces al día para que ella pudiera descansar o recuperarse de los mareos que aparecían sin aviso.
Aun así, Ana intentaba mantenerse animada.
Llevaba consigo pequeños recuerdos de cada ciudad visitada: una cajita musical delicada, telas suaves, flores secas guardadas entre páginas y, por supuesto, varios libros que había comprado durante el viaje. Jack incluso había bromeado diciendo que necesitaban otro carruaje solo para la biblioteca de Ana.
—No es mi culpa que los libros me encuentren —respondía ella sonriendo, abrazando uno contra su pecho.
Pero el cansancio era evidente.
Jack la observaba dormir largas horas apoyada entre almohadones y mantas, y cada vez que el carruaje se detenía él era el primero en bajar para ayudarla. Había algo distinto en su manera de mirarla ahora: más suave, más protectora, casi reverencial.
Mientras Ana descansaba, Jack ocupaba parte de las noches escribiendo cartas.
Cartas para su familia.
En ellas contaba la noticia del embarazo con una felicidad que apenas podía contener. Les hablaba de Ana, de cómo sonreía incluso en medio del cansancio, y también de una idea que comenzaba a crecer en su interior.
Quería comprar una casa.
Un hogar propio.
Un lugar donde criar al bebé que venía en camino. Un sitio lleno de calma, lejos del ruido, donde Ana pudiera rodearse de jardines, libros y tranquilidad.
Todavía no había dicho nada.
Quería que fuera una sorpresa.
En una de aquellas cartas escribió:
"Pronto tendremos un hogar al que podrán venir cuando quieran. Quiero construir algo hermoso para ella… y para nuestro hijo."
Y cada vez que terminaba una carta, Jack comprendía que jamás se había sentido tan pleno.
Cuando finalmente las torres de Aria aparecieron a lo lejos, Ana sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Estamos en casa… —susurró.
El carruaje atravesó lentamente las calles conocidas hasta detenerse frente al hogar de Frank.
Antes de que Jack pudiera ayudarla a bajar, Ana ya había abierto la puerta apresuradamente.
—¡Ana! —alcanzó a decir él, preocupado.
Pero ella apenas escuchó.
Descendió del carruaje tan rápido como pudo y corrió hacia la entrada de la casa. Jazmín ladraba emocionada detrás de ella.
—¡Papá! —llamó Ana apenas cruzó el jardín.
Frank apareció en la puerta y, al verla, toda compostura desapareció de su rostro.
Ana prácticamente se lanzó a sus brazos.
Frank la abrazó con fuerza, besó su cabeza una y otra vez y acarició su cabello con emoción contenida.
—Mi bebé va a ser mamá… —repetía sin dejar de sonreír—. Mi niña…
Ana soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Te extrañé muchísimo.
—Y yo a vos, hija. Muchísimo.
Jazmín saltaba alrededor de ambos, completamente feliz por el reencuentro.
Detrás de ellos, Jack observaba la escena con una sonrisa cansada pero sincera. Sentía que, por primera vez en mucho tiempo, todo estaba exactamente donde debía estar.
Los días siguientes transcurrieron con tranquilidad.
Frank prácticamente obligó a Ana a descansar. La servidumbre preparaba comidas suaves, el hogar permanecía en calma y Jack rara vez se alejaba demasiado de ella.
Finalmente, unos días después del regreso, llamaron al médico.
Ana estaba nerviosa. Aunque en el fondo ya lo sabía, necesitaba escuchar aquellas palabras en voz alta.
El doctor la examinó cuidadosamente mientras Jack y Frank esperaban casi sin respirar.
Tras unos minutos, el hombre sonrió levemente y cerró su maletín.
—No hay dudas —dijo con serenidad—. Felicidades. Van a ser padres.
Jack soltó el aire de golpe y llevó una mano a su rostro, todavía incapaz de creerlo del todo.
Frank cerró los ojos emocionado.
Y Ana… Ana simplemente apoyó ambas manos sobre su vientre mientras una sonrisa temblorosa nacía lentamente en sus labios.
Era real.
Completamente real.




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