Los días transcurrían con una calma que Ana jamás había conocido. La nueva casa comenzaba a sentirse verdaderamente suya. Los libros ocupaban ya varios estantes de la biblioteca, la habitación del bebé estaba lista y cada rincón parecía llenarse poco a poco de vida.
Aquella tarde el clima era agradable. Una suave brisa entraba por las ventanas abiertas mientras Ana descansaba en el sillón de la sala con un libro entre las manos.
Sin embargo, llevaba varios minutos leyendo la misma página.
Estaba distraída.
Pensativa.
Apoyó una mano sobre su vientre, que comenzaba a notarse ligeramente bajo su vestido.
—Hola, pequeño —susurró sonriendo—. Espero que estés cómodo ahí dentro.
Justo entonces sintió algo.
Muy leve.
Tan leve que pensó que lo había imaginado.
Frunció el ceño.
Volvió a concentrarse.
Y unos segundos después ocurrió otra vez.
Una sensación suave, como un pequeño golpecito desde el interior.
Ana abrió los ojos de golpe.
El libro cayó sobre su falda.
—¿Qué fue eso?
Permaneció inmóvil.
Y entonces sintió un tercer movimiento.
Más claro.
Más real.
Una lágrima apareció en sus ojos antes incluso de que pudiera comprenderlo.
—Oh...
Su mano tembló sobre su vientre.
—Oh, Dios mío...
Sin pensarlo dos veces se levantó.
—¡Jack!
Jack estaba en el jardín revisando unas plantas cuando escuchó la voz de Ana.
Nunca la había oído sonar así.
Corrió hacia el interior de la casa.
—¿Qué pasó?
Ana apareció en la puerta con los ojos brillantes.
—Ven.
—¿Sucede algo?
—Simplemente ven.
Jack la siguió hasta la sala sin entender nada.
Ella tomó ambas manos de su esposo y las colocó cuidadosamente sobre su vientre.
—Esperá.
Jack la observó confundido.
Pasaron unos segundos.
Luego otros.
Y de pronto...
Sintió un pequeño golpe.
Tan suave como el aleteo de una mariposa.
Pero estaba allí.
Sus ojos se abrieron completamente.
—¿Eso fue...?
Ana asintió emocionada.
—Sí.
Jack volvió a sentirlo.
Esta vez más claramente.
Y por primera vez comprendió que aquello era real de una forma completamente distinta.
No era una noticia.
No era una promesa.
No era una habitación preparada.
Era su hijo.
Su hijo moviéndose.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Hola, pequeño —susurró con una sonrisa temblorosa.
Ana lo observó emocionada.
—Creo que te escuchó.
Jack soltó una pequeña risa.
—Si heredó tu curiosidad seguramente ya está escuchando todo.
Esa misma tarde fueron a visitar a Frank.
Ana apenas cruzó la puerta cuando anunció:
—¡Papá!
Frank apareció preocupado.
—¿Qué sucede?
Ana tomó su mano.
—Vení.
Lo llevó hasta una silla y colocó la mano de su padre sobre su vientre.
—Esperá.
Frank no entendía nada.
Hasta que sintió aquel pequeño movimiento.
Por un instante quedó completamente inmóvil.
Después cerró los ojos.
—Dios mío...
Su voz se quebró.
Ana sonrió mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Frank volvió a sentir otro pequeño golpe.
Y entonces comenzó a reír y llorar al mismo tiempo.
—Mi nieto...
Jack sonrió desde un costado.
—O nieta.
—No importa —respondió Frank rápidamente—. Ya lo amo.
Los tres terminaron riendo.
Aquella noche, de regreso en casa, Ana y Jack permanecieron sentados en la habitación del bebé.
La luz de la luna entraba por la ventana iluminando la cuna vacía.
Ana apoyó la cabeza sobre el hombro de su esposo.
—Hoy todo se siente diferente.
Jack tomó su mano.
—Porque hoy dejó de ser una idea.
Ana sonrió.
Era verdad.
Por primera vez habían sentido a aquella pequeña vida manifestarse.
Y mientras permanecían juntos en silencio, esperando un nuevo movimiento, ambos comprendieron algo maravilloso:
El bebé aún no había nacido.
Pero ya estaba llenando sus vidas de felicidad.