Anita

Capitulo 50. Una Noche de Miedos.

La casa estaba en silencio.

Hacía varias horas que el sol se había ocultado y la mayoría de las luces permanecían apagadas. Solo una lámpara junto a la cama proyectaba una tenue claridad dorada sobre la habitación.

Jack dormía profundamente.

Ana, en cambio, tenía los ojos abiertos.

Había intentado dormir.

Varias veces.

Pero algo no la dejaba.

Con cuidado para no despertar a su esposo, se incorporó lentamente y caminó hacia la ventana.

La noche era tranquila.

La luna iluminaba el jardín y la suave brisa movía las ramas de los árboles.

Ana apoyó una mano sobre su vientre.

El bebé se movió levemente.

Una sonrisa apareció en sus labios.

Pero desapareció casi tan rápido como había llegado.

Porque junto con la felicidad había comenzado a crecer otra cosa.

Miedo.

Un miedo silencioso.

Difícil de explicar.

—¿Y si no sé hacerlo bien? —susurró para sí misma.

Bajó la mirada.

—¿Y si no soy una buena madre?

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.

Durante toda su vida había sido hija.

Ahora estaba a punto de convertirse en madre.

Y aquello la aterraba.

Pensó en el parto.

Pensó en el dolor.

Pensó en la responsabilidad.

Y, por primera vez en mucho tiempo, pensó en su madre.

Cuánto habría deseado poder hablar con ella.

Preguntarle cosas.

Escuchar sus consejos.

Sentir que alguien entendía exactamente lo que estaba viviendo.

Una lágrima rodó por su mejilla.

—Mamá... —susurró.

—Ana.

Ella se sobresaltó.

Jack estaba sentado en la cama observándola.

—¿Qué sucede?

Ana intentó sonreír.

—Nada.

Jack levantó una ceja.

—Después de todo este tiempo deberías saber que nunca te creo cuando decís eso.

Ana dejó escapar una pequeña risa entre lágrimas.

Jack se acercó despacio.

—Ven aquí.

La tomó de la mano y ambos se sentaron en el sillón junto a la ventana.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente Ana bajó la mirada.

—Tengo miedo.

Jack no respondió de inmediato.

Simplemente esperó.

—Falta poco para que nazca el bebé.

Él asintió.

—Lo sé.

—Y todos parecen tan felices.

—Porque lo estamos.

—Yo también lo estoy.

Su voz se quebró.

—Pero también tengo miedo.

Jack entrelazó sus dedos con los de ella.

—¿De qué?

Ana respiró hondo.

—De no saber ser madre.

La confesión quedó suspendida entre ambos.

—¿Y si hago algo mal?

Jack la observó con ternura.

—Seguramente hagamos muchas cosas mal.

Ana parpadeó sorprendida.

—¿Qué?

—Somos primerizos.

Ella soltó una pequeña carcajada.

—Eso no ayuda.

—Déjame terminar.

Jack llevó una mano a su mejilla.

—También tengo miedo.

—¿Vos?

—Claro.

—Pero siempre parecés tan seguro.

—Porque cuando te veo preocupada intento ser fuerte por los dos.

Ana lo miró en silencio.

—Nunca fui padre —continuó él—. No tengo idea de cómo será esto.

—Jack...

—Pero sí sé una cosa.

Ella esperó.

—Nuestro hijo o hija no necesita padres perfectos.

Tomó ambas manos de Ana.

—Solo necesita amor.

Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de ella.

—¿Y si no soy suficiente?

Jack sonrió suavemente.

—Ana.

Besó su frente.

—Sos la mujer más cariñosa que conozco.

—Eso no significa que...

—Escuchame.

Ella guardó silencio.

—Cuidaste a Jazmín como si fuera parte de tu familia.

Ana sonrió apenas.

—Ayudás a cualquiera que necesite una mano.

—Eso es diferente.

—No lo es.

Jack acarició suavemente su cabello.

—Sos amable, inteligente, paciente y tenés un corazón enorme.

Los ojos de Ana comenzaron a humedecerse nuevamente.

—Además —añadió él—, vi cómo cuidás a las personas que amás.

La joven apoyó lentamente la cabeza sobre su hombro.

—Extraño a mi mamá.

Jack cerró los ojos.

Ahora entendía parte de aquella angustia.

—Lo sé.

—Me gustaría preguntarle tantas cosas.

—Y estoy seguro de que ella estaría muy orgullosa de vos.

Ana no pudo contener las lágrimas.

Jack la abrazó.

Permanecieron así durante varios minutos.

Sin prisas.

Sin necesidad de decir nada más.

Cuando finalmente se separaron, Ana se sentía mucho más tranquila.

El bebé se movió nuevamente.

Ambos bajaron la mirada al mismo tiempo.

Jack sonrió.

—Creo que alguien quiere participar en la conversación.

Ana soltó una pequeña risa.

—Tal vez nos está escuchando.

—Entonces será mejor que sepa algo.

Ella levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

Jack apoyó una mano sobre su vientre.

—Que tiene a la mejor mamá del mundo.

Ana sintió que el corazón se le encogía de emoción.

—Y al mejor papá.

—Eso está por verse.

—No.

Ana tomó su mano.

—Eso ya lo sé.

Jack la besó con dulzura.

Un beso suave.

Lleno de promesas.

Lleno de amor.

Y mientras la noche seguía su curso detrás de la ventana, Ana comprendió algo importante.

El miedo no había desaparecido.

Probablemente nunca desaparecería del todo.

Pero ya no estaba sola para enfrentarlo.

Porque Jack estaría a su lado.

Y muy pronto...

También estaría su hijo.

O su pequeña Emma Rose.

Y por primera vez aquella noche, Ana sonrió antes de regresar a la cama.

Lista para descansar.

Lista para esperar.

Lista para convertirse en madre.




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