Anita

Capítulo 51 La Llegada de Emma Rose

La noche había transcurrido en calma.

Ana dormía profundamente junto a Jack, envuelta entre mantas suaves, mientras la luna iluminaba tenuemente la habitación.

Todo parecía tranquilo.

Hasta que un dolor la despertó.

Abrió los ojos de golpe.

Llevó una mano a su vientre.

Esperó.

Quizás había sido una molestia pasajera.

Pero minutos después llegó otra.

Más intensa.

Ana se incorporó lentamente en la cama.

—Jack...

Él abrió los ojos adormilado.

—¿Qué sucede?

Antes de que pudiera terminar la pregunta, otra contracción hizo que Ana cerrara los ojos.

Jack se sentó de inmediato.

—Ana...

Ella respiró profundamente.

—Creo... que llegó el momento.

El color desapareció del rostro de Jack.

—¿Ahora?

Ana casi se ríe.

—Generalmente los bebés no avisan con mucha anticipación.

La casa entera despertó en cuestión de minutos.

Las sirvientas encendieron lámparas.

Se preparó agua caliente.

Se trajeron mantas limpias.

Y mientras tanto, Frank bajaba las escaleras prácticamente corriendo.

—¿Qué ocurre?

—¡El bebé! —exclamó Jack.

Frank abrió los ojos.

—¿Ya?

—¡Sí, ya!

Sin perder un segundo, tomó su abrigo.

—Voy por el médico.

Y desapareció por la puerta principal.

Las horas siguientes fueron intensas.

Ana intentaba mantenerse tranquila mientras las contracciones se volvían cada vez más frecuentes.

Jack permanecía a su lado sin apartarse un instante.

Le sostenía la mano.

Le acomodaba el cabello.

Le acercaba agua.

Y repetía constantemente:

—Lo estás haciendo muy bien.

Aunque por dentro estaba tan nervioso que apenas sentía las piernas.

Una de las sirvientas sonrió al verlo caminar de un lado a otro.

—Señor Jack, creo que usted está más asustado que la señora.

—Definitivamente.

Poco antes del amanecer todo se aceleró.

Ana comprendió de inmediato que el bebé no estaba dispuesto a esperar al médico.

—Jack...

Él se acercó enseguida.

—Estoy aquí.

Ana tomó su mano con fuerza.

Y minutos después...

El primer llanto llenó la habitación.

Un llanto pequeño.

Perfecto.

Maravilloso.

El mundo pareció detenerse.

Ana rompió en lágrimas.

Jack quedó completamente inmóvil.

Observando a la pequeña criatura que acababa de llegar al mundo.

—Es... —susurró.

Su voz se quebró.

—Es nuestra hija.

La bebé abrió los ojos unos instantes antes de acomodarse sobre el pecho de Ana.

Pequeña.

Rosada.

Perfecta.

Jack cayó de rodillas junto a la cama.

Y comenzó a llorar.

No intentó ocultarlo.

Ni siquiera pudo hacerlo.

Las lágrimas corrían libremente por su rostro.

Ana sonrió emocionada.

—¿Estás llorando?

—Muchísimo.

Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Yo también.

Jack besó suavemente la frente de su esposa.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por ellas dos.

Ana apoyó la cabeza contra la almohada mientras contemplaba a su hija.

—Hola, Emma Rose.

Apenas unos minutos después se escucharon pasos apresurados en el pasillo.

La puerta se abrió.

Frank apareció acompañado por el médico.

Ambos llegaron agitados por la prisa.

—¿Cómo está Ana? —preguntó Frank.

Entonces escuchó un pequeño sonido.

Un suave llanto.

La habitación quedó en silencio.

Frank se detuvo.

Su mirada encontró a Ana.

Luego a Jack.

Y finalmente a la pequeña bebé envuelta entre mantas.

Por un instante no pudo hablar.

Ni moverse.

Ni respirar.

—¿Ya nació? —preguntó con la voz quebrada.

Jack sonrió.

—Llegó con un poco de prisa.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente en los ojos de Frank.

Se acercó lentamente.

Como si temiera que todo fuera un sueño.

Ana levantó a la pequeña con cuidado.

—Papá...

Frank observó a su nieta.

Su nieta.

Aquella pequeña vida que había esperado con tanta ilusión.

Las lágrimas comenzaron a correr libremente por sus mejillas.

—Es hermosa...

Ana sonrió.

—Lo sé.

Frank acarició suavemente una de las diminutas manitas de Emma.

Y entonces dijo algo que hizo llorar nuevamente a todos en la habitación.

—Hace años sostuve a mi pequeña Ana por primera vez...

Su voz se quebró.

—Y ahora sostengo a la hija de mi pequeña Ana.

La emoción fue demasiado grande.

Jack abrazó a su suegro.

Ana lloraba mientras observaba a los dos hombres más importantes de su vida contemplar a Emma Rose.

El médico, después de comprobar que madre e hija estaban perfectamente, sonrió satisfecho.

—Puedo decir con tranquilidad que esta pequeña decidió elegir su propio momento para llegar.

Cuando el sol finalmente comenzó a iluminar las ventanas, la casa estaba llena de felicidad.

Ana sostenía a Emma Rose entre sus brazos.

Jack permanecía sentado a su lado, incapaz de apartar la vista de su hija.

Y Frank observaba la escena desde un sillón cercano.

Con los ojos húmedos.

Con el corazón completamente lleno.

Porque aquella mañana no solo había nacido una niña.

Había nacido una hija.

Una nieta.

Y una nueva generación de la familia que tanto amaba.




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