Anita

capítulo 52 Después de la Tormenta

Los primeros días tras el nacimiento de Emma Rose transcurrieron en una mezcla de felicidad, cansancio y descubrimientos.

La pequeña dormía en intervalos impredecibles, reclamaba atención a cualquier hora y había logrado algo que nadie creía posible: mantener despiertos a Ana y Jack durante gran parte de la noche.

Sin embargo, ninguno de los dos parecía quejarse.

Cada bostezo era recompensado con una mirada a la cuna.

Y cada mirada bastaba para recordarles que todo había valido la pena.

Aquella mañana, Emma dormía profundamente junto a la ventana mientras una suave luz iluminaba la habitación.

Ana descansaba recostada entre almohadones. Aún se sentía débil.

El parto había quedado atrás, pero su cuerpo todavía se recuperaba del esfuerzo.

Jack permanecía sentado a su lado observando alternativamente a su esposa y a su hija.

Había algo pensativo en su expresión.

—¿En qué pensás? —preguntó Ana.

Jack tardó unos segundos en responder.

—En esa noche.

Ana sonrió suavemente.

—Fue una noche difícil.

—Difícil no es la palabra que usaría.

Ella levantó una ceja.

—¿No?

Jack negó con la cabeza.

—Fue aterradora.

El silencio se instaló entre ambos.

Ana observó a su esposo.

Era raro verlo hablar de sus propios miedos.

—Cuando Frank salió a buscar al médico —continuó él— y las contracciones comenzaron a ser más seguidas... no sabía qué hacer.

Ana tomó su mano.

—Hiciste mucho.

—No sentí que fuera suficiente.

Bajó la mirada.

—Te veía sufrir y no podía ayudarte.

La voz se le quebró ligeramente.

—Pensé que podía perderte.

Ana sintió una punzada en el corazón.

En aquella época, las mujeres conocían historias terribles sobre partos que terminaban mal. Algunas vecinas, algunas amigas lejanas, algunas familiares.

Era un miedo que siempre había existido.

Uno que jamás había mencionado en voz alta.

—Yo también tuve miedo —admitió.

Jack la miró sorprendido.

—¿De verdad?

Ana asintió lentamente.

—Cuando todo comenzó a acelerarse pensé muchas cosas.

Miró hacia la cuna.

—Pensé en Emma.

Después sonrió.

—Y pensé en vos.

Jack llevó su mano a los labios.

—Pero aquí estás.

—Aquí estoy.

—Y ella también.

Ambos miraron a la pequeña.

Emma dormía ajena a aquella conversación.

Más tarde, Frank llegó para visitarlas.

Como hacía prácticamente todos los días.

Entró con una cesta llena de cosas innecesarias que insistía en comprar para su nieta.

—Papá, Emma tiene más ropa que nosotros.

—Eso es imposible.

—No lo es.

—Una dama siempre necesita opciones.

Ana soltó una carcajada.

Pero al acercarse a la cuna, Frank quedó observando a la niña en silencio.

Era una imagen que nunca parecía cansarlo.

Finalmente tomó asiento.

—Anoche estuve pensando.

Ana lo miró.

—¿En qué?

Frank apoyó las manos sobre el bastón.

—En el día que naciste.

La sonrisa de Ana se suavizó.

—¿Sí?

—Tu madre estuvo muchas horas de parto.

Su mirada se volvió distante.

Como si estuviera observando recuerdos muy antiguos.

—Recuerdo que caminaba de un lado a otro exactamente igual que Jack.

Jack sonrió.

—Entonces no fui muy original.

—En absoluto.

Los tres rieron.

Pero la expresión de Frank volvió a ponerse seria.

—Voy a confesar algo.

Ana esperó.

—He enfrentado muchas dificultades en mi vida.

Su voz se volvió más baja.

—Pero nunca me sentí tan asustado como aquella madrugada.

Ana lo observó en silencio.

—Cuando salí a buscar al médico y vi el dolor que estabas soportando... sentí que volvías a ser aquella pequeña niña que necesitaba protección.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Ana.

—Papá...

—Y no podía hacer nada.

La emoción quebró ligeramente su voz.

—Nada.

Ana extendió la mano.

Frank la tomó de inmediato.

—Pero luego regresé —continuó— y vi a Emma en tus brazos.

Miró hacia la cuna.

—Y comprendí que todo había valido la pena.

Un silencio lleno de ternura llenó la habitación.

En ese momento, Emma emitió un pequeño sonido.

Los tres giraron la cabeza al mismo tiempo.

La bebé abrió los ojos por unos segundos.

Y luego volvió a acomodarse entre las mantas.

Frank sonrió.

Jack también.

Y Ana sintió cómo una felicidad inmensa llenaba su pecho.

Porque aquella noche difícil ya había quedado atrás.

El miedo.

La incertidumbre.

La angustia.

Todo eso había dado paso a algo mucho más fuerte.

Una nueva familia.

Y mientras observaba a su hija dormir plácidamente, Ana comprendió que jamás olvidaría el dolor de aquella madrugada.

Pero tampoco olvidaría la recompensa.

Porque al final de la tormenta había encontrado el regalo más hermoso de toda su vida.

Emma Rose.




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