La llegada de Emma Rose había llenado la casa de felicidad.
También de desorden.
Y de noches sin dormir.
Sobre todo de noches sin dormir.
Durante los primeros días, Ana y Jack descubrieron que los libros sobre crianza eran mucho más sencillos que la realidad.
Emma parecía tener su propio carácter.
Y era un carácter muy decidido.
Aquella noche, por ejemplo, había decidido que dormir era una actividad completamente innecesaria.
—¿Ya intentaste alimentarla? —preguntó Jack mientras caminaba por la habitación con la bebé en brazos.
—Dos veces.
—¿Y cambiarla?
—Tres.
—Entonces no entiendo.
Emma respondió con un fuerte llanto.
—Creo que ella tampoco entiende —dijo Ana entre risas y agotamiento.
Jack suspiró.
—Pequeña, son las tres de la mañana.
Emma volvió a llorar.
—Eso no parece importarle.
Durante la siguiente hora intentaron todo.
La pasearon por la habitación.
Le cantaron canciones.
Le hablaron suavemente.
Ana incluso intentó leerle uno de los cuentos que había preparado durante el embarazo.
Nada funcionó.
Emma parecía decidida a mantenerse despierta.
Y a mantener despierta a toda la familia.
—¿Creés que está enferma? —preguntó Ana preocupada.
—No lo sé.
—¿Y si llamamos al médico?
—¿A las tres de la mañana?
—Podría ser importante.
—O podría estar enojada porque heredó tu carácter.
Ana le lanzó una almohada.
Jack apenas logró esquivarla.
Unos minutos después escucharon golpes en la puerta.
Ambos se miraron confundidos.
—¿Quién puede ser a esta hora?
Jack bajó rápidamente.
Cuando abrió la puerta encontró a Frank.
Todavía llevaba puesto su abrigo sobre el pijama.
—¿Papá? —preguntó Ana desde la escalera.
—Escuché llorar a Emma desde mi casa.
Jack parpadeó.
—¿Desde su casa?
—Soy abuelo. Tengo habilidades especiales.
Ana no pudo evitar reír.
Frank entró inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—No lo sabemos —admitió Jack.
—¿Ya comió?
—Sí.
—¿Le cambiaron el pañal?
—Sí.
—¿Tiene frío?
—No.
—¿Tiene calor?
—Tampoco.
Los tres miraron a Emma.
Emma continuó llorando.
—Bueno —dijo Frank—. Definitivamente es una Owell.
La pequeña reunión nocturna continuó durante varios minutos.
Jack caminaba con la bebé.
Ana observaba preocupada.
Frank ofrecía consejos que nadie había pedido.
Hasta que de pronto...
Emma dejó de llorar.
Los tres quedaron inmóviles.
La bebé bostezó.
Cerró los ojos.
Y se quedó profundamente dormida.
El silencio fue absoluto.
—¿Eso era todo? —preguntó Ana.
—Parece que sí —respondió Jack.
—¿Lloró dos horas porque no tenía sueño?
—Al parecer.
Frank negó con la cabeza.
—Definitivamente es una Owell.
Agotados, los tres terminaron sentados junto a la cuna observando a la pequeña dormir.
Parecía imposible que aquella criatura tan diminuta hubiera provocado semejante caos.
Jack tomó la mano de Ana.
—¿Sabés algo?
—¿Qué?
—Creo que no tenemos idea de lo que estamos haciendo.
Ana soltó una carcajada.
—Yo también lo creo.
Frank sonrió desde su asiento.
—Nadie sabe lo que hace al principio.
Ambos lo miraron.
—¿Vos tampoco? —preguntó Ana.
—Por supuesto que no.
—Pero siempre parecías seguro.
—Eso es porque los padres fingimos muy bien.
Los tres comenzaron a reír.
Cuando Frank finalmente regresó a su casa y Jack acompañó a Ana nuevamente a la habitación, el amanecer comenzaba a asomarse por las ventanas.
Emma seguía dormida en su cuna.
Jack observó a su hija.
Luego a su esposa.
Y sonrió.
—Fue una noche difícil.
—Sí.
—¿Y sabés qué?
Ana apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Qué?
—No la cambiaría por nada.
Ana miró a la pequeña Emma Rose.
Y comprendió exactamente lo que quería decir.
Porque estaban cansados.
Confundidos.
Y aprendiendo sobre la marcha.
Pero cada día amaban un poco más a aquella pequeña niña.
Y aunque todavía les quedaba mucho por aprender...
Ya estaban aprendiendo juntos.
Como una familia.