Anita

Capitulo 55. Un Sueño que Regresa

Habían pasado algunos meses desde el nacimiento de Emma Rose.

La casa había adquirido un ritmo completamente diferente.

Ya no había noches tan largas como las primeras semanas y Emma comenzaba a mostrar su pequeña personalidad. Sonreía con frecuencia, balbuceaba cuando alguien le hablaba y parecía especialmente feliz cuando escuchaba la voz de su padre.

Ana disfrutaba cada instante.

Pero había algo que comenzaba a echar de menos.

Sus libros.

No los cuentos infantiles que había comenzado a leerle a Emma, sino aquellos libros que durante años habían ocupado un lugar importante en su vida.

Una tarde, mientras Emma dormía tranquilamente en sus brazos, Ana tomó uno de sus antiguos libros de leyes.

Lo abrió.

Pasó los dedos por algunas páginas.

Y se quedó contemplándolo durante unos minutos.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había estudiado seriamente.

Sin embargo, al volver a leer aquellas palabras, sintió algo que creía perdido.

Ilusión.

Aquella noche, después de acostar a Emma, Ana encontró a Jack junto a la chimenea.

—Jack.

Él levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

Ana se sentó frente a él.

Tenía una expresión seria.

—Quiero volver a estudiar.

Jack permaneció unos segundos en silencio.

—¿Estudiar?

—Sí.

Ana respiró profundamente.

—Antes de casarnos quería convertirme en abogada. Después ocurrió todo... nuestra boda, el viaje, el embarazo, Emma...

Sonrió al mencionar a su hija.

—Y no me arrepiento de nada.

Jack tomó su mano.

—Lo sé.

—Pero sigo queriendo hacerlo.

Jack sonrió.

—Entonces hacelo.

Ana parpadeó.

—¿Así de fácil?

—¿Por qué no?

—Porque ahora tenemos a Emma.

—Precisamente.

Ana lo miró confundida.

Jack se acercó un poco más.

—No quiero que pienses que porque sos madre tenés que renunciar a tus sueños.

Ana bajó la mirada.

—No quiero descuidarla.

—No lo vas a hacer.

Jack acarició su mano.

—Y si hace falta, podemos buscar profesores que vengan a casa.

Ana levantó la mirada.

—¿Profesores?

—Sí. Podés estudiar aquí mientras Emma crece.

Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Ana.

—¿De verdad harías eso?

—Claro.

—Pensé que quizás...

—Ana.

Jack la interrumpió suavemente.

—Quiero verte cumplir tus sueños.

Ella se acercó y lo abrazó.

—Gracias.

—Además —añadió él—, me gustaría presumir de tener una esposa abogada.

Ana soltó una carcajada.

—¡Todavía ni siquiera empecé!

—Pero ya estoy orgulloso.

Los preparativos comenzaron pocos días después.

Una habitación cercana a la biblioteca fue transformada en un pequeño estudio.

Se colocó un escritorio junto a la ventana.

Ana ordenó sus libros cuidadosamente.

Cuadernos.

Tinteros.

Plumas.

Tratados jurídicos.

Y varios libros que había conservado desde sus años anteriores.

Emma, mientras tanto, descansaba en una pequeña cuna junto al escritorio.

La primera clase llegó una mañana de primavera.

El profesor era un hombre serio, pero amable, acostumbrado a enseñar a jóvenes que se preparaban para ejercer el derecho.

—Señora Ana, espero que esté preparada.

Ana sonrió.

—Más de lo que imagina.

El profesor comenzó la lección.

Ana tomó su pluma y empezó a escribir.

Durante casi una hora todo marchó perfectamente.

Hasta que Emma despertó.

Un pequeño quejido salió de la cuna.

Ana levantó la cabeza.

—Un momento.

Se levantó inmediatamente y tomó a su hija en brazos.

—Ya está, mi pequeña.

El profesor esperó pacientemente.

Ana consiguió calmarla y regresó al escritorio con Emma en brazos.

—Podemos continuar.

El profesor miró a la niña.

—¿No prefiere que terminemos por hoy?

Ana negó con una sonrisa.

—No. Continúe.

Se acomodó a Emma contra el pecho.

—Mi hija puede escuchar también.

El profesor sonrió.

—Entonces continuemos.

Las semanas comenzaron a adquirir un nuevo ritmo.

Por las mañanas, Ana dedicaba unas horas al estudio.

Después cuidaba de Emma.

Por las tardes, Jack intentaba hacerse cargo de la bebé para que Ana pudiera repasar.

Y por las noches, cuando la casa estaba tranquila, Ana leía junto a la chimenea.

No siempre era fácil.

Había días en los que el cansancio podía más.

Días en los que Emma reclamaba atención justo cuando Ana debía estudiar.

Días en los que una página parecía imposible de comprender.

Pero nunca abandonó.

Una tarde, Frank llegó de visita.

Encontró a Ana sentada en el escritorio, rodeada de libros.

—¿Qué estás haciendo?

Ella levantó la cabeza.

—Estudiando.

Frank sonrió.

—Ya veo.

Se acercó lentamente y tomó uno de los libros.

—Pensé que nunca volvería a verte así.

Ana sonrió.

—Yo también.

Frank dejó el libro sobre el escritorio.

—Siempre supe que regresarías a ellos.

—¿Por qué?

—Porque cuando eras pequeña podía castigarte quitándote casi cualquier cosa.

Ana soltó una carcajada.

—Excepto mis libros.

—Exactamente.

Frank la miró con orgullo.

—Siempre fuiste una niña inteligente.

Ana bajó la mirada.

—A veces siento que debería estar haciendo otra cosa.

—¿Como qué?

—Ser una buena madre.

Frank frunció suavemente el ceño.

—Ana.

Ella levantó la mirada.

—Ser madre no significa dejar de ser vos.

Las palabras la conmovieron.

—Podés ser madre.

Frank señaló los libros.

—Podés ser esposa.

Después sonrió.

—Y también podés ser abogada.

Ana sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿De verdad creés que puedo conseguirlo?




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