La máquina de coser zumbaba sobre la mesa de madera barata con la monotonía de un insecto atrapado en un frasco.
Elena deslizó la tela azul marino bajo la aguja con la precisión involuntaria que siempre la acompañaba. Faltaban veinte minutos para las siete de la tarde. En la silla de la esquina, su bolso de lona guardaba todo lo que le pertenecía: tres mudas de ropa, un par de libros de arqueología con el lomo ajado, sus ahorros en un sobre de papel manila y la carta de renuncia a la biblioteca comunitaria del distrito firmada por su superior, lo cual hacía efectivo su desvinculación con el sitio de ipso facto.
A sus veintiocho años, marcharse a la ciudad de la que se había alejado tras la muerte de sus padres debería haberle provocado miedo o melancolía, tal vez incluso frustración consigo misma por no haber cumplido una meta imaginaria de jamás volver al nido. Sin embargo, solo sentía urgencia. Un impulso soterrado, imperioso, que la arrastraba hacia Boston.
Se levantó para estirar las piernas, luego de pasar la última hora cosiendo un abrigo que le habían regalado sus padres en su último cumpleaños con ellos vivos, se recogió el cabello castaño en un nudo improvisado y se dirigió a recoger las últimas cosas que le faltaban para partir. Al pasar frente al espejo del baño, se detuvo. El calor de la tarde estival hacía que la camiseta se le pegara al cuerpo. Se subió la tela en el costado derecho de la cadera.
Allí estaba. La mancha en la piel.
Una pigmentación más oscura, casi violácea en los bordes, que dibujaba con una exactitud geométrica la forma de una cruz con un lazo en la parte superior. Una marca con la que había nacido, una "anomalía melánica" que los médicos de su infancia jamás supieron explicar. Para Elena, era simplemente la razón por la que nunca usaba trajes de baño de dos piezas. Una rareza que le recordaba que algo en ella no terminaba de encajar.
Miró la dirección anotada en un papel sobre la repisa: Larkin’s Ink & Needle. El pequeño estudio de tatuajes en el callejón previo a la estación. Había decidido cubrirla antes de tomar el autobús de medianoche. Tapar la marca, borrarse todos los episodios de esquizofrenia que decían los doctores que tenía, al decir que se sentía perseguida por algo, o alguien, empezar de cero en Boston como una mujer ordinaria.
El estudio olía a antiséptico, jabón verde y tabaco rancio. Detrás del mostrador, un hombre de hombros anchos y barba canosa limpiaba el cabezal de una dermógrafa pesada.
—Quiero tapar esto —dijo Elena, levantando levemente el dobladillo de la camiseta al borde de la cadera.
El hombre se inclinó. La luz fluorescente del techo parpadeó con un chasquido eléctrico. Elena notó la rigidez instantánea en la espalda del sujeto. Él no tocó la piel; acercó los ojos hasta rozar la marca. Sus dedos, manchados de tinta negra, temblaron apenas un segundo sobre la mesa.
—Es profunda —murmuró el hombre con una voz extrañamente plana, desprovista del tono rudo de hacía un momento—. La pigmentación no parece superficial. Esto viene de más abajo.
—Solo ponga una rosa o algo sencillo encima —pidió ella, incómoda por la fijación del sujeto.
El hombre no respondió. Con un movimiento pausado, sacó un pañuelo del bolsillo, se limpió las manos y caminó hacia la trastienda.
—De acuerdo. Espere un momento. Tengo que cambiar la aguja para la sombra.
Elena esperó. A través del marco de la puerta entreabierta, escuchó el chasquido del disco de un teléfono giratorio. Luego, una conversación en un susurro áspero, un idioma de consonantes duras que no reconoció en la mente, pero que le provocó un escalofrío helado en la nuca.
"La marca dérmica... Sí. En la cadera derecha. La piel es densa... Está viva."
El miedo la atravesó con la velocidad de un rayo. Sin pedir disculpas, Elena tomó su bolso, empujó la puerta de vidrio del estudio y salió a la calle.
El aire de la noche era denso y húmedo. El callejón estaba a oscuras, iluminado solo por el resplandor amarillento de una farola en la esquina. Apretaba el bolso contra el pecho mientras caminaba a paso apresurado hacia la avenida principal en dirección a la estación de autobuses. El sonido de sus propias botas sobre el asfalto retumbaba en sus oídos.
Presa del pánico se acercó a una de las señoras que esperaba junto a su pequeño y unas cuantas maletas más. La mujer la miró de arriba a abajo, pero dada la soledad de la noche, y la apariencia desolada y nerviosa de la chica , no reparó en relajarse un poco, y atribuir el comportamiento de su nueva compañera a la soledad de la noche
—Deberías haberte puesto algo más cómodo para el viaje chica.
—No tengo pensado ir muy lejos, y así estoy cómoda, muhcas gracias.
En ese momento llegó el autobús. Destino a Boston.
—¿Quiere que le ayude con una de las maletas?
—Yo puedo señorita, muchas gracias, soy un hombre fuerte, yo cuido ahora de mi mamá, nadie le hará daño.
Elena sonrió al pequeño, y dirigió la mirada a la madre. No se había percatado, pero la mujer tenía una cicatriz en el labio, y un gran hematoma en la mejilla que se extendía a parte del ojo y se mezclaba con la rojez que tenía su órgano visual en la comisura externa.
—Claro que puedes — dijo, desviando la mirada de la mujer — pero a veces es bueno aceptar la ayuda y trabajar en equipo.
Entonces subieron todos al autobús.
Fue un largo recorrido desde Newport, Rhode Island. Aparentemente tranquilo, pero la zozobra de tener a alguien detrás de sí no la abandonaba. Cuando llegaron a la estación, ella bajó, no antes de haberse despedido de la mujer y el pequeño con los que abordó.
Minutos después, al cruzar la calle, como de la nada, escuchó el motor.
Un sedán oscuro, sin las luces encendidas, dobló la esquina a alta velocidad. Los neumáticos chirriaron contra el pavimento. Elena se giró, cegada de pronto por el destello repentino de los faros largos que se encendieron a escasos metros de ella.